miércoles, 8 de julio de 2015

Caminitos IX

Tatiana


No esperaba toparme con don Serapio, pero lo buscaba desde que se llevaron a Juanito. Alguien tendrá que hacer algo por nosotros. Ensio me ha prometido intervenir, pero no ha tenido ocasión. Los ricos también lloran y estos dos llevan más de una semana sin verse. Parece ser que doña Ramona hubiera impuesto otra de sus refinadas penitencias y que retine al marido acosada por una más de esas enfermedades imaginarias que padeces.
-¡Qué bueno este encuentro!
Es todo lo que se me ocurre decir. Es muy poco para lo que quiero pedir. Este viejo me intimida y la angustia que carcome mis entrañas no me ayuda  con las palabras, pero sí a transmitir mi mensaje.
-Yo también me alegro de encontrarte. ¡Toma! –Me larga 50 euros- No llevo más encima…
Pobre disculpa. Hay cajeros por doquier.
-Gracias, al menos podré comprar leche para el bebé –descubro un poco la cara de mi niño- Me ha cogido catarro- y quizá para medicinas…
No creo que una mirada de mera cortesía capte lo que quería mostrar. Tengo a mi hijo en una sillita que había encontrado en la basura unos meses antes del parto. Lo demás es igual de miserable. Los estragos de vivir en un piso húmedo y a la deriva saltan a la vista. Eso es lo que quería resolver cuando me puse en búsqueda de este tipo. No necesito los 50 euros para comprar leche y medicinas; con ser más pobre, Ensio me las compra, aunque tengamos que desplazarnos para que acepten la AM, que es, normalmente,  su única tarjeta en la que le queda crédito.
_ ¿Por qué no le das pecho?
-No tengo suficiente leche…
Me mira las tetas con lujuria como si el tamaño contara tanto en sus cálculos. Sé que Ensio la tiene muy grande, me la ha enseñado con orgullo y, por lo que veo, también le gustan estos pechos que Dios me ha dado.
-Dale todo lo que puedas...
Intenta seguir su camino. No estoy dispuesta a permitirlo. Juanito lo está pasando muy mal. Está en celda de castigo y no me dan permiso de visitas. Estoy informada por Dolores, ella puede visitar a su hijo.
-Verá usted, don Serapio…me preocupa Juanito…
-¿Quién es ese Juanito?
De sobra lo sabe el pinche viejo este. ¿Por qué me ha soltado los cincuenta euros? ¿Por qué se acuerda de mí y no de Juanito a quien no quitó su mirada guarra de encima el día que nos presentó Ensio?
-Es mi pareja; le han metido en una celda de castigo…
-¿Qué puedo hacer yo?
-Usted tiene amistades…
-Las justas, señora, las justas… -Se pone grandilocuente, como si lamentara ser un incomprendido-Supongo que el individuo en cuestión habrá hecho algo para merecer tal castigo…
Le corto el paso. Sé que de este tío he sacado todo lo que puedo sacar. Insisto para mortificar y me complazco en observar los efectos. Le va el rollo; Ensio me ha contado que le mete buenas tundas. Me mira como un perro abandonado, pero se pone, de pronto, tan tieso como siempre.
-Discúlpeme, mi esposa necesita los medicamentos que me disponía a ir a comprar.
-¿Podría usted comprarme esto para mi niño?-Le entrego la receta y  los cincuenta euros- y esta leche- le enseño el bote- tiene intolerancia a las que he probado hasta ahora.
Se queda de piedra, pero no se corta un pelo.
-Los pobres no necesitan criados, señora mía. ¡Cómprelo usted misma! .Intenta devolverme todo.  No lo consigue, no, una sabe defenderse.
-Esa leche es muy cara y me hace falta más de un bote. ¡No puedo dejar morir a mi niño por el simple hecho de que su padre está en la cárcel!
-No me cuente usted sandeces; en España hay protección suficiente para todos los ciudadanos y especialmente para los desvalidos…
Lástima que el farmacéutico o las asistentas sociales del Ayuntamiento no piensen así, para ellos soy una simple cubana emparejada con un delincuente. ¿Qué puedo responder a este “prócer”? La culpa es mía. Ya debería haberlo previsto cuando este menda desoyó las súplicas de Ensio para que su despacho de abogados se encargara de la defensa de mi hombre, dado el desinterés del que le había tocado de oficio. No puedo reprimirme; me complazco en hacer una pelotita lo más dura que puedo con los cincuenta euros, apunto y le disparo sus limosnas en plenos morros, lástima no tener tiragomas, pero mi rabia ha tenido que hacer daño. Ahora es él quien retiene la marcha de mi ira.
-¡Señora! Me parece que esto es suyo…
Me devuelve la pelota y yo lo  pienso mejor; cincuenta euros es una pasta. No estoy yo para hacer remilgos. Se va en buena hora y yo me voy al estanco para comprar cigarrillos y a Chez Maud para tomar un vino. ¡Qué asco de vida ésta! No hay sino cuervos carroñeros. No puedo soportar la mirada con la que me crucifica la Rosa Delia de los cojones. Si volviera la Inquisición y ella fuera algo más que una mera auxiliar de juzgado, me llevaría a la hoguera, no me cabe duda alguna. Comparte mesa con otras brujas reprimidas, entre ellas, la asistenta social, quien dice, para que yo lo oiga.
-Luego vendrá a pedirme para comer o para la leche del niño…
Ellas siguen a lo suyo y me imponen el espectáculo de mi lapidación. Yo hago como si no oyera o viera. Ensio está en su mirador. Me hace una seña para que suba. No hay pena que cien años dure…Dejo la terraza con sumo placer, sobre todo porque Ensio me ha dado “bola” y me ha hecho protagonista de un escenario más impactante que el de las gruyas. Me marcho con mi victoria, mientras escucho a Rosa Delia
-¡Dios los crea y ellos se juntan!
Pues eso, las gruyas con las gruyas…Nos dan risa cuando las vemos desde el mirador. No parece que en sus trabajos alguien controle las ausencias; se tiran un buen rato, estoy segura que destrozándonos. Ensio me pone cremas limpiadoras, nutrientes y relajantes ¡Hay que ver la fortuna que gasta en potingues! Antes ha preparado un excelente mojito y hemos esnifado una “rayita” cada uno.
-¿Te encuentras mejor?
Estoy en el paraíso; si no fuera por las toses de mi niño…
-Está mejorando…
No lo veo así, aunque me siento mecida para que acalle mis angustias.
-Me he encontrado con don Serapio…
-¿Le ha dado libertad doña Ramona?
-Iba a la farmacia para ella.
-¡Pobre Serapio! Siempre le ha tenido de recadero, pero ya sabes; sarna con gusto no pica…
-Dice que no sabe quién es Juanito.
-Haberle enseñado la foto esa en que marca bien el paquete. ¡Menuda paliza se llevó por comérselo con la mirada!
-¿Estabas celoso?
-Sí, pero más bien porque me robara a Juanito.
-¡Es mío!
-¡Pero tiene un revolcón!
-¡Que sinvergüenza eres! Sabes que le va más la almeja…
-¿Qué sabes tú de cosas de hombres?
Sé algo más de lo que él cree, pero me hago la tonta, como con las arpías, Juanito nunca me ha ocultado de dónde saca la pasta, cuando la trae, pero es muy capaz de satisfacer a una mulata; muy pocos lo son aquí. Me tiene encoñada, aunque a veces se ponga violento… ¡Dios mío! ¿Por qué diablos tuve que llamar a la pasma?
-Te veo muy pensativa… ¡mírate al espejo! ¡Estás tan guapa!

Es verdad. ¡Este tío hace maravillas con sus dedos!