miércoles, 1 de julio de 2015

Caminitos VIII

Serapio



No hubiera podido siquiera  imaginar  que Ensio tuviera el mal gusto de invitar a una cotilla tan repugnante como Matilde, y desde luego, aún soporto peor lo que tengo delante: la susodicha se ha presentado en mi casa para traerme el gemelo que había perdido hace un mes. Forma parte del par que me había regalado Ramona con ocasión de nuestras bodas de oro. Afirma haberlo encontrado tirado en la calle y venido a traérnoslo con la velocidad del rayo. Así se lo suelta, a grito pelado, a la chica, en cuanto ésta abre la puerta. Lo he escuchado desde mi despacho, la dependencia más alejada de la entrada.

Ramona ha sido la primera en llegar al vocerío y en mostrar agradecimiento ante el hallazgo. Yo no tengo más que seguir el protocolo y que reprimir mis ganas de metérselo en el chocho. Yo sé dónde lo perdí y no puedo imaginar cómo lo ha encontrado esta arpía. Me temo que sí lo puedo, porque la apariencia y los olores de la prójima delatan intervenciones de Ensio.
No puedo creer que éste la hubiera enviado. No necesita chantajearme y estoy seguro de que no lo haría. Tampoco puedo imaginar que la llevara a la cama… ¿Cómo se ha hecho la puta vieja con un gemelo que yo había perdido en un revolcón? Todo va muy rápido, Ramona ha invitado a tomar un aperitivo a la cotilla y me deja solo con la menda  mientras ella va a colocar el hallazgo junto a su pareja.
Tengo que reprimir una carcajada cuando veo en el espejo la imagen de la entrometida. Está patética con su peinado de pingajos, con mi panamá ridículamente deformado y con una especie de velo ligero que no reconozco, pero que, con toda probabilidad es otro regalo de Ensio.
Temo que la habría asesinado si la chica no hubiera estado entrando y saliendo para preparar la mesa de los aperitivos y si Ramona no hubiera ejercido sus funciones de “matrona”.
No necesito intervenir en la conversación; me sería difícil. Esta zorra pretende haberlo encontrado, así porque sí, tirado en la calle. Ninguna de las dos expresa  sorpresa ante el hecho, sobre todo cuando Matilde le echa morro y pretende que el hallazgo fue un milagro, como si Dios se hubiera servido de ella para premiar las oraciones de Ramona.
Mi señora es a la vez muy devota y supersticiosa, para ella esa pérdida es  un mal presagio y ha rezado centenas de rosarios para encontrarlo. Lo estamos celebrando con montilla y jabugo. Demasiado para una prójima cuya simple presencia me amargaría una fiesta celestial.
Felizmente cuento con Ramona, la esposa y la madre ejemplares, con quien me encuentro felizmente casado. Estoy seguro que es recíproco, aunque cada uno de nosotros mantenemos nuestra privacidad y nuestros papeles. Ramona es muy competente para atender a este esperpento y hasta para librarme de mi penitencia.
-Perdona, Serapio, sabes que a la una y media cierra la tienda de los marcos…
La noticia carece de interés para mí. Comprendo que me da una excusa para librarme de mi tortura. Lo que ya no sé es si lo que propone a su visita es fruto de su devoción desmesurada o del deseo de castigar a la arpía.
-Así nos sentiremos más tranquilas para recitar los quince misterios en latín en agradecimiento al hallazgo por esta querida amiga.
No me parece que doña tilde, como la llama Laura aprecie la propuesta con agrado incluso me ha parecido que se disponía a fugarse conmigo, pero ya; con Ramona ha tocado y con su devoción o lo que sea, yo solamente he visto a la mujer que está dispuesta a defender lo suyo. En otro contexto hubiera aplicado lo de “de puta a puta, taconazo. ¡Qué cosas se me ocurren! ¿Si se enterara Ramona? Bueno…, por si acaso ya me he esforzado para dejárselo muy claro a esa zorra, antes de salir mientras ellas se arrodillaban para rezar.
Creo que Ramona ha reconocido mi sombrero. No ha dicho nada. Nunca dice nada que no le convenga decir y por mucha santidad que se proclame, cree en un Dios justiciero. Confieso que aprecio sus silencios, pero también los pago, ya lo creo que lo sé, como lo sabrá en el futuro la tilde.
La peluquería está desierta y Laura disfruta de un cigarrillo a la puerta.
-¿Dónde vas con ese cuerpo?
-A fumar un pito con mi peluquera preferida…
-¿Tienes otra?
-No, pero tú tienes clientas y clientes.
-Ha estado la tilde esta mañana ¡Qué juerga! ¡Si la hubieras visto!
-La he visto. -Me la imagino como la dejé y ambos estallamos en una carcajada. La mía es mayor, puesto que la imagen que la provoca incluye la penitencia.
-¿Dónde la has visto?
-En mi casa. Ha venido a traerme un gemelo que había perdido.
-¿Qué?
No dice más y yo siento que pasan muchas cosas por su mente y que las callará para siempre. No seré yo quien pregunte, pero si puedo dar respuestas.
Se ha presentado con mi panamá y un ridículo velo. Había pasado por casa de Ensio.
-Se fueron juntos de aquí, no te lo hubiera dicho sin saber que estás informado.
Nos hemos reído aún más con la descripción del tormento de la penitenta. Ramona es mucha Ramona, aunque no viene a esta peluquería. Ella y yo estamos juntos pero no revueltos. Laura me deja sin esperar a que termine el pitillo.
Tengo 69 años y mi vida sería diferente si no hubiera conocido a Ensio. Recuerdo aquél día con nostalgia. Fue en Colonia. Del Sacramento, su ciudad natal. Él estaba ayudando a sus padres en lo que ellos llaman un “colmado”. Yo disfrutaba de un “finde” de mi misión en Buenos Aires. Tengo preciosos recuerdos de aquella etapa de mi vida, pero ahora me cuesta asimilar mi implicación en la Secretaría de Movimiento Nacional ¡Qué tiempos aquellos! Cuando terminé Derecho no tenía otra opción que opositar, mi familia carecía de dineros o de relaciones para instalar un despacho o para trabajar en el de otro. Apenas salían oposiciones y las que se convocaban sacaban plazas a cuentagotas; había demasiados burros y muy pocos pesebres. Ramona y yo llevábamos ya tres años de noviazgo. Nos queríamos tanto como lo hacemos ahora, pero había que esperar una fuente de ingresos.
El padre de mi amada no lo veía así; le preocupaba la virginidad de su hija o que “se le pasara el arroz y recurrió a sus amistades y a su poder para colocarme. Al principio yo tenía mis reparos, que no sirvieron de argumentos para convencer a mi futuro suegro,
Fue algo así como llegar y besar el santo. Mi suegro me había preparado el terreno para una carrera fulgurante, yo creo que algo puse de mi parte… El resto fue la suerte y sobre todo, el nombramiento de Suárez como ministro Secretario General del Movimiento, en 1975.
Hasta entonces mi carrera había sido propulsada por mi suegro. No me iba muy mal; en tres años había medrado suficiente para mantener a mi familia, tenía tres hijos, con la dignidad que requiere el abolengo de mi esposa, pero yo me sentía un don nadie y un “mantenido”.
Fue todo como un cuento de hadas; el nuevo ministro Secretario, desde su llegada, puso empeño en arreglar la casa; había muerto el Caudillo… No sé cómo me captó Suarez; supongo que a través de un minucioso rastreo. La cuestión es que fui seleccionado para formar parte del equipo que trabajábamos su proyecto.
Suarez tenía un proyecto que, como ahora sabe todo el mundo, desbordaba y mucho, el ámbito de su mandato y yo formaba parte de su equipo. Mi carrera ascendió como un cohete, pero lo que más me importaba era empezar a volar sin el impulso de mi suegro.
Conocí a Ensio en esta época, en un merecido finde en el que me prometí olvidarme de mi tarea de escribir un informe sobre la crisis del peronismo de María Estela Martínez Cartas de Perón. Era mi primer gran encargo y tenía un gran empeño en satisfacer las expectativas de mi patrón.
No sé muy bien las razones por las que simpatizamos desde el primer momento, Ensio y yo, el entonces era regordete y nada favorecido por un vestuario de “quiero y no puedo”. Pero, el colmado de su familia y todos ellos, me hacían vivir en una película de esas del “Oeste”. Él  estaba empeñado en vendérmelo todo y a mí me divertía…
 Después, todo fue muy rápido y terminó en el revolcón, no en el colmado, claro, allí estaba la prometida de Ensio; fue en un maizal y me supo tan a poco, que mis visitas a Colonia se multiplicaron pese a mi empeño en el informe.
¿Por qué salgo ahora con esta historia?