miércoles, 22 de julio de 2015

Caminitos XI

Jaime


En toda mi carrera como forense me he encontrado con un caso como éste. Conocí a Antonio cuando estábamos en primero de Medicina. Nos veíamos poco, pero ambos nos profesábamos un respeto mutuo. Siempre he considerado que era un gran tío, pero que tenía sus rarezas. No esperaba encontrármelo ahorcado, era demasiado coherente y desde luego, nada exhibicionista…
No he tenido, por suerte, muchas experiencias con ahorcados. Siempre me ha helado la sangre esta forma de morir. Es como si viera mis rasgos en el rostro de la víctima. Me siento arrastrado al espanto de esa lengua que se estira hasta mis pupilas.
¡Pobre hombre! Ha sido todo lo que me ha venido a la mente con respecto a mi inesperado encuentro con Antonio. Las miradas que me exigen cumplir con mi trabajo empiezan a parecerme impertinentes. Se imponen los protocolos y agilizar el levantamiento del cadáver. La jueza tiene  prisa, demasiada, a juzgar por signos de nerviosismo que contrasta en una Edurne que siempre asume tan dignamente su papel de voz de la justicia.
Me pone claro que tengo que darme prisa y Antonio pasa a ser meramente el “caso”. No han tenido que esperar mucho los funcionarios implicados en el procedimiento. La víctima está bien muerto, yo diría que desde hace, cuando menos 10 horas. Son las once de la mañana…
Cuando me libro de mis colegas tras las firmas y el traslado del cadáver para proceder a la autopsia, tengo ganas de perderme y el trecho que tengo que caminar no me parece suficiente. Hago una parada en Chez Maude y me casco un buen orujo en la terraza; me gustan las terrazas de los bares y no solamente porque se puede fumar; pero esta vez me he equivocado: tengo al lado esa ralea que gozaba del espectáculo del ahorcado. Son buitres carroñeros que me producen lógica repugnancia. Me levanto para irme, pero me topo con los pechos de una energúmena  que pretende instalarse en mi mesa. Nunca he visto algo tan patético. Es fea como un demonio y para que quede claro se ha llenado de cuernos su cabeza rapada. No puedo evitarla, se me ha puesto delante cuando ha visto que intentaba levantarme. Me he sentido aplastado por unas tetorras apretadas en un sujetador de ñoña.
Habla de Antonio; no entiendo lo que dice, pero entiendo que  alguien pudiera ahorcarse para liberarse de semejante peste, que eso sí, deja muy claro su nombre: Matilde. Me tiene atrapado.
-Sigan ustedes con sus pesquisas, sigan quitándonos el pan de la boca con el despilfarro de nuestros dineros… Ese hombre era un degenerado y la jueza… ¿Hasta cuándo vamos a permitir que la chusma nos mangonee?
-¿Qué me está contando, señora?
A duras penas he logrado tomar distancias. Ella grita para que todo el mundo la escuche, incluido alguien que nos vigila  desde su mirador. Estoy atrapado  en un espectáculo denigrante.
-Ruego encarecidamente, señora, se digne no entorpecer mi retirada…
Me siento ridículo con tal lenguaje, pero no encuentro otro para este espantajo y para la situación en que me ha metido. ¡Que trago!
-¡De aquí no sale usted con el “cuerpo en triunfo”! -Por lo menos ha leído a Lorca, la jodida- Lo que usted trata no es un simple cadáver. Es el producto de la infiltración del mal en la Ciudad de Dios- También presume de haber leído a San Agustín. ¡Que rollo!
-Temo que se equivoca de persona.
Es lo primero que me ha venido a la boca, grave error. He dado cuerda…
-Usted es el forense. Lo sé…
-Y mi trabajo consiste  en investigar las causas de la muerte.
-Desde luego, eso no lo puede hacer mientras pierde el tiempo tomándose un orujo aquí. No me parece decente…
Me guardo mi opinión con la esperanza de que termine la polémica, pero no; esta zorra se anima.
-Ganamos la guerra y por demasiado generosos, hemos dejado que el enemigo se nos meta en casa…
Esta tía tiene cuerda para rato y yo no tengo huevos para escabullirme; Tendría que hacerlo corriendo sobre su cadáver, a juzgar por los aullidos de la garza, resuelta a interponerse en mi camino. Nadie sale en mi ayuda. Me pesa el “silencio de los corderos”.
La homilía de mi verdugo se confunde con la de la Merkel que veo en la pantalla del televisor portátil de mi vecino de mesa. El cabrón está bien protegido por los cascos y yo imagino lo que pueden decir los personajes que veo en la pantalla.
¡Todo es un asco! ¡Estamos torturando al pueblo griego y mandándole al matadero! Somos mucho más crueles que los matarifes… ¿Por qué tengo que permitir que esta golfa me secuestre y me someta a juicio sumarísimo? Simplemente porque me corta el paso y porque suelta alaridos, intercalados con la proclamación que ella habla “alto y claro”. De repente ocurre el milagro. Dos mujeres que se aproximan a la terraza, al ver a  mi interlocutora, se paran en seco, dejan escapar
-¡Coño! ¡La Tilde de los cojones!
En vano tratan de huir, pero mi captora tiene para mí y para sus nuevas víctimas.
-Venís al trapo, chicas. Os presento al señor forense que tiene a su cargo al desgraciado Antonio –hecha una mirada fumigadora a la más vieja de las nuevas cautivas y se dirige a mí- Supongo que le interesará conocer a la concubina…Bueno…, no sé cómo llamarlo…
Pequeñas lágrimas se obstinan en salir de los ojos de la aludida, tiene aspecto de desvalida, de cansada de vivir. Su compañera toma una de sus manos y cambia el escenario.
-Encantadas de conocerle, señor…
-Jaime
-Esta señora de quien doña Matilde no sabe definir su relación con el finado,  se llama Martirio y ambos eran amigos de larga duración. Yo soy Laura, la peluquera de estas seoras.
Me fijo en Martirio. Laura no solamente ha hecho un excelente trabajo de disimulo. Se diría que ha dado esperanza a la miseria. La artista tiene otras cualidades ¡Ya lo creo! De mayor me gustaría ser como ella.
En unos minutos nos ha hecho sentar en una mesa, ha hecho bajar al tipo que nos espiaba desde su mirador y nos ha invitado a todos a tomar un orujo. Para mí un giño, pero para “la tilde de los cojones, una auténtica provocación.
-Yo no tomo esas cosas y aún menos por la mañana. No esperaba de ti esa falta de respeto. Soy una señora y por eso no he utilizado la palabra “puta” cuando hablaba de tu amiga.
Después, todo ha ido mucho más rápido. Ha llegado el cotilla del mirador que Laura me ha presentado.
-Ensio. El forense.
El recién llegado no se corta un pelo ¿Por qué me recuerda al gayo cuando un intruso intenta arrebatarle sus gallinas?
-¿A quién se le ha ocurrido pedir orujo?
-Al señor forense ¡En buenas manos hemos dejado a un desgraciado que ha sucumbido  víctima de la justicia!
La Matilde me señala con rabia incontenida. Laura disipa el “anatema”, de un plumazo. Es una mujer de las que rompe y rasga. Se bebe de un trago la copa que ha rehusado la petarda y suelta.
-Yo me tomaría otro, ¿alguien más?
Matilde se queda sola en sus impúdicas repugnancias frente al entusiasmo plebiscitario, y lo que nadie había previsto; se agrega el de la tele portátil y los cascos.
_Supongo que se podrá pedir la botella, invito yo…