miércoles, 5 de agosto de 2015

Caminitos XIII

María Remedios



¡Madre del amor hermoso la que me ha caído encima! Me toca ocuparme de unos líos que no hay quien entienda. La jueza ha tenido una repentina indisposición, la auxiliar ha sido detenida junto a un grupo, en el que se encuentra el forense, por una pelea con destrozos de mobiliario y con algún que otro herido, en una terraza de cafetería. No sé realmente por dónde enfocarlo y gran cosa puedo hacer hasta que llegue el forense que evalúe las heridas.
Es bien triste que para algunos, la justicia sea un cachondeo;  es lamentable que estos se encuentren entre nuestros funcionarios. ¿Qué se puede esperar de gentuza que toma orujo por botellas, desde la mañana…? Lo primero que necesito es un servicio de limpieza ¡Qué guarra esta jueza que me ha tocado sustituir! En el fondo, nadie me ha explicado las razones de su repentina baja, pero lo que me he encontrado en el despacho no me gusta. Alguien debería poner un poco de orden y eliminar estos horribles olores. Si está mal que una jueza se perfume, lo que usa ésta ofende…
La secretaria parece una buena mujer, pero no es la clase de persona que uno espera encontrar en este puesto o en estas circunstancias. No es capaz de responder a una sola de mis preguntas y está acompañada, sin siquiera pedir permiso, de un señor muy arrogante, que ella llama con gran respeto don Serapio.
-Créame que lamento la situación que ha heredado, señora jueza, pero el pequeño incidente de Chez Maude ya ha sido resuelto. La propietaria ha retirado la denuncia. No hay delito.
Me quedo pasmada de la naturalidad con que en este juzgado se usurpan mis competencias. El menda me mira con insolencia, como si quisiera reprocharme mi tardanza en ejecutar sus órdenes.
-Ruego que  salga de mi despacho y que en el futuro se abstenga de entrar en el mismo en ausencia de mi convocatoria.
No se mueve. Me mira como si estuviera viendo algo fuera de su entendimiento. La Secretaria interviene.
-Soy yo quien ha invitado…
-Salgan ambos de mi despacho o me veré obligada a usar de mi autoridad.
No parecen entender. Me miran como si viviéramos en diferentes planetas y lo peor es que así me lo hacen creer. Me siento invasora, aunque yo tenga muy claro que soy la jueza y de que se han colado en mi despacho en contra de mi voluntad. No puedo permitirlo, no.
-¿Y qué piensa usted hacer?- Es el todopoderoso don Serapio
-Recurrir a los agentes del orden
Ambos sonríen con benevolencia, como si disculparan mi extravío y algo de eso debe ser, porque no diviso y siquiera intuyo la presencia de esos agentes. La Secretaria me aclara mi confusión.
-Hay otra denuncia referente a nuestros agentes, por su presencia, uniformados y armados en el interior de la cafetería en cuya terraza se han producido los hechos.
-¿Estaban en acto de servicio?
No sé por qué lo he preguntado, me vuelven a mirar como si fuera extraterrestre.
-¿Por qué no se me ha notificado esta denuncia?
-No ha lugar. No nos han enviado aún reemplazo para la auxiliar…
Es la Secretaria. No aguanto su arrogancia con mi persona y su sumisión a don Serapio. Éste se crece tanto que parece sermonearme desde el púlpito.
-Aquí, como le he indicado, no ha pasado nada y es mucho mejor así, para todos.
-Hay un forense y una auxiliar implicados en una pelea en una terraza y agentes del orden en el interior de la cafetería, en horas de servicio. ¿No ha pasado nada?
Mejor me habría cayado porque doy pena a mis interlocutores y no dan un paso para salir de mi despacho. Desde luego, en la Facultad o en la academia en la que preparé mis oposiciones no me han enseñado procedimientos para salir de esta situación.
-Si no hay denuncia no hay caso.
Es el sabelotodo de don Serapio. Está convencido de que él aprendió en mejores escuelas y yo me siento atrapada en su tela de araña. Estos no saldrán de mi despacho hasta no conseguir sus objetivos y yo no soporto su presencia, pero no puedo echarlos. Tampoco puedo irme, sería una falta grave…
-¿Me da su permiso la señora jueza? – Aquí entra todo el mundo como si fuera su propia casa. La nueva intrusa me cae bien, pero…- Soy Maude, la propietaria de la cafetería donde ha tenido lugar el incidente. He venido a retirar la denuncia y, en ausencia de la auxiliar, me he permitido acercarme a su despacho. Puesto que la puerta estaba abierta…
No respondo; al fin de cuentas su incorporación me relaja; me siento protegida de la carroña que me tenía atrapada y lo que no podía esperarme, no me engaño; con una simple sonrisa hace salir a sus predecesores.
-Supongo que su visita a la señora jueza formaba parte del protocolo de cortesía, dadas las circunstancias, creo que la mía tiene prioridad ¿No es así señora jueza?
Respondo afirmativamente. Me habría agarrado a un clavo ardiente para defender mi dignidad, pero esta mujer es tan persuasiva que con una simple mirada hace salir a los intrusos que  me mortificaban. Después se dirige a mí  como si nos conociéramos de toda la vida.
-Verá usted; necesita a sus auxiliar, forense y agentes del orden si quiere que funcione su juzgado…
-¡Están implicados en faltas graves!
-No se ejerce justicia por el mero hecho de ir de justiciero…
-Tampoco se puede permitir que la justicia sea un cachondeo…
-¿Y no lo es?
Me mira con la seguridad de que no puedo contradecir, pero lo hago.
-No
-No debe tener mucha experiencia como jueza…
No la tengo y el tono que utiliza Maude para anunciarlo no me molesta; me arropa. Intento responder, pero es ella quien habla.
-Esto es un cachondeo y no se resuelve con recetas; su juzgado y mi cafetería están apresados por una burocracia de la que solamente usted puede mover los hilos. Está sola para tomar las decisiones y debe darse prisa si quiere evitar que el espectáculo gane mayores proporciones que nos perjudicarán a todos, incluida usted misma…
Es cierto que estoy muy asustada. Si me voy seré expedientada por una causa muy grave: abandono de funciones en una situación de emergencia, si me quedo… Estoy a punto de echarme a llorar. Hay algo de  maternal en ella.
-La cosa es muy simple: si quiere ejercer de jueza tendrá que liberar a sus instrumentos, de momento en manos de la policía, por el follón que han montado en mi cafetería; los unos por activa, los otros por pasiva; estaban dentro y no hicieron nada. De acuerdo… -Debe de ser la respuesta a mi cara, según dicen, el espejo del alma – No es edificante que los instrumentos de la justicia estén implicados en escándalos. ¿Le parece mejor pregonarlo a los cuatro vientos y mancillar su carrera para nada, porque sabe que con usted o sin usted, no habrá causa?
Sé que tiene razón y ella sabe que carezco de respuesta. No saca partido, no; se limita a presentarme la retirada de su denuncia y su NIF acompañado de fotocopia, para que compruebe y tramite.
No tiene por qué hacerlo, pero está claro que quiere que terminemos como amigas.
-Ese par de payasos –Deja muy claro que se refiere a don Serapio y a la Secretaria- mandan más allá de lo que el sentido común recomendaría, pero eso es lo que tenemos. No se puede, como han hecho, secuestrar a una jueza, pero tampoco podemos quitárnoslos de encima de un plumazo sin morir en el intento. Dejémoslos que se desgarren entre ellos. Los secretos de bar son como los de confesión, pero, créeme, yo he visto mucho… Reconozco que me quedé pasmada ante la impasividad de tus “agentes del orden ante la pelea de la terraza. Después les comprendí. Se suponía que no estaban allí. Luego creo que todos fuimos cómplices al disfrutar...
-¿De la pelea? –me atrevo a interrumpir.
-Sí de la pelea y estoy segura de que nuestros respectivos roles impidieron que nos metiéramos. Me costó quedarme con las ganas, pero nadie esperábamos la deriva…
-La que denunció. ¿Por qué retira ahora la denuncia?
-Don Serapio pagará los desperfectos
-Y ¿Ya está?
-¡Le queda explicar el dispendio a doña Ramona!
Se ríe con tal complicidad que, aunque no sepa por qué, participo, de buena gana, en su carcajada.