Radio de los 60s

miércoles, 10 de febrero de 2016

Nuestra cita de los miércoles

La puta y el negro



Me da fatiga ver a José tan agobiado, pero tengo que defender lo nuestro y siquiera recuerda que hoy hace 25 años que vivimos juntos. No somos de celebraciones, es cierto y nunca ha sido cuestión entre nosotros de eso de “hasta que la muerte nos separe”, vivimos el momento.
No me lo puedo creer yo misma, pero he caído en el rollo de la celebración de las Bodas de Plata, cuando nunca ha habido boda o el mínimo compromiso y no soy de celebraciones. Esperaba algo, al menos un gracias por el esfuerzo que he hecho, para estar guapa y para preparar la cena. Me han entrado ganas de llorar. No se ha dado por enterado y ha continuado en su proyecto, como si nada…
Soy consciente de la presión que  sufre, ¿Cómo no serlo cuando me la impone a todas horas? Fuimos muy felices mientras vivimos en mi apartamento. No era tan cómodo y caro como éste, pero teníamos más tiempo para nosotros, que es, al fin de cuentas, lo que buscábamos y lo que nos unía. No somos pijos, ¿para qué este gasto?
Es verdad que las cosas han cambiado mucho para mí desde que cerraron el puticlub regentado por  Brigitte, en 2004. Fue muy duro. Tuve que empezar de cero. Felizmente me quedaba el agente, que me permitió salir del paso, a trompicones, pero ya nada era igual; mis ingresos mermaban; me amoldé, pero no permití que las circunstancias disminuyeran mis tres semanas mensuales de vacaciones.
José lo ha vivido de otra manera. El concejal que pagaba sus proyectos fue  salpicado por el escándalo que causó el cierre del puticlub, era uno de los titulares que pagaban los servicios con tarjetas sospechosas de “blanqueo”.
Todos estábamos al corriente de los trapicheos de Brigitte: cargaba el doble y a cambio daba 15% en catch. Siempre ha sido un poco ingenua y nos lo contaba tan fresca. En el fondo es buena gente, otra u otro se lo hubiera cayado y ella nos daba una pequeña parte de lo que obtenía por los sobrecostes. Yo no le hacía ascos a la pasta, pero siempre repetía que el jueguecito era muy peligroso y lo fue.
La última vez que me encontré con Brigitte, allá por 2006, sentí mucha pena. Había encontrado un trabajo, de momento y cargaba con una pareja, un obrero de la construcción que conoció como cliente al que estrujaba, en aquellos tiempos de la fiebre de la construcción y que ahora, como el puticlub, se había esfumado.
Yo siempre he mantenido que una profesional no debe “encoñarse” con los clientes y aún menos si este es drogadicto. No me escuchó y aunque me dio mucha pena el verla en el pozo sin fondo en el que se encontraba: unos ingresos que apenas cubrían sus gastos tenían que cubrir los de la droga y el alcohol de un compañero que ya no sirve para ganarse la vida. Gracias a la ingenuidad o la osadía de la víctima, no se hace mala sangre por la intervención de todas sus cuentas por el Banco de España. No he vuelto a saber nada de Brigitte desde aquel encuentro. Una pena; me hubiera gustado hacerlo, pero he perdido su pista.
¿Por qué ha venido a mi memoria esta mujer en este momento? Quizá porque por ella tuve las últimas noticias del concejal. Había sido cesado, pero sigue en el partido y jura y perjura que Brigitte no tiene que preocuparse. Yo, en el lugar de ésta me preocuparía mucho más. El asunto es que José perdió su curro. No lo pasamos tan mal para salir. Teníamos para tirar unos meses y antes de terminar el primero, mi agente me encontró curro. No era como entonces sacaba menos al día y no podía reunir mis ingresos en una semana. Tenía que contentarme con las fechas en que la empresa ofrecía fiestas en las que se me pagaba para servir y alternar y si había polvo, se me retenía un 30%.
Me divertía el curro y sacaba pasta cuando salía, pero no podía decidir yo mi tiempo libre. No estaba dispuesta a renunciar y no paré hasta que me he conseguido clientes para trabajar los lunes y martes que me permiten mantener mi tren de vida, reducido pero suficiente para mí.
José no lo ha vivido así; hubiera dicho que pronunció, ante Dios, el juramento de Skarlett O’Hara,  de nunca volver a ser pobre. No sé muy bien cuándo tomó tal decisión. Yo estaba demasiado ocupada con lo mío. Llevaba años viviendo muy bien y mi trabajo se realizaba lo suficientemente lejos de mi domicilio para garantizarme el anonimato. No era fácil encontrar un chollo así y hasta incluso nada era evidente. Cada vez hay más competencia y cierran más clubs, tenía que buscarme la vida de otra manera…
Hace tiempo que lo veía venir, desde que me di cuenta de que Brigitte estaba encoñada con el tipo este que arrastra ahora. Lo del blanqueo vino después y no hacía sino aumentar mi inquietud; por las circunstancias y porque siempre he tenido muy claro que pese a lo que quiere aparentar y lo que cuenta, es una niña que tenía entonces algo más de cincuenta tacos, pero que tenía polvo.
Siempre sale Brigitte, ella es de las que ha puesto a Dios por testigo, en cada crisis que ha sufrido, de su juramento de no volver  a ser pobre. No impide que, a juzgar por lo que contaba, cada vez era más pobre. No ha sido así en el caso de José. Lo pasó mal unos meses, quizá un año. No tuvimos ocasión de celebrar su nuevo curro. No le deja tiempo y tiene demasiado miedo de perderlo. Así nos va.


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