miércoles, 18 de mayo de 2016

Nuestra cita de los miércoles


Tengo que contarte tantas cosas que no sé por dónde empezar. Ya estoy en Villaviciosa, llegué  anoche tras un largo y complicado  viaje, pero maravilloso. Había un tren “de cercanías” que me llevaba a Sevilla a tiempo para coger un Ave que me llevara a Madrid Atocha, con tiempo suficiente para embarcar en Madrid/Chamartín, en dirección Gijón. Es un combinado y no acepta la emisión de billete para Julen. La opción era el Alvia, que emitía el billete de mascota, pero tenía salida a las 13,30 y me dejaba solamente 40 minutos de margen para cambiar de estación y embarcar para Gijón. Había  optado por esta última, pese al riego de perder el enlace. Tenía demasiado miedo que no me dajaran subir al tren sin el billete de Julen. Me presenté en la taquilla, en Cádiz,  unos minutos antes de que saliera el “combinado” el señor que me atendió me dijo que 40 minutos  no era tiempo suficiente para cambiar de estación y embarcar. Se dispuso a encontrarme plaza en el Combinado  y a cancelar mi billete, antes pidió mi consentimiento.
-¿Y el perro?- pregunté.
-¿Aún no confías en los gaditanos?
Buena pregunta, su mirada me dio seguridad y me culpabilizó; no solamente no hubo problemas con Julen sino que me encontré un amigo en el interventor del trayecto Cádiz Sevilla, que me facilito la resolución del problema en el Ave.
Conocí y hablé con unas gaditanas que iban a visitar Córdoba, iban a tratar de hacerlo en el día o si no, encontrarían una pensión… Había calor, ganas de conocer. A mí me gustó mucho Córdoba.
El Ave siempre es más impersonal, había un grupo que gritaba y acumulaba lastas bacías de cerveza;  un turre, pero no parecían mala gente, de hecho me echaron una mano en Atocha. Tuve la suerte de tener como compañera de viaje más próxima a una señora que utiliza los viajes para avanzar en su trabajo. Eso no impedía que intercambiáramos impresiones. Fue bonito. Llegué a Chamartín con tiempo suficiente; eran las cinco de la tarde, mi tren salía a las seis y media. Almorcé muy a gusto en una cafetería, de cuyo nombre no me acuerdo, junto a la salida central de la estación.  Una terracita, buena comidita y sobre todo, excelente acogida.
El bajón empezó cuando inicié la tramitación para la última etapa del viaje: Madrid-Gijón. Etapa en que no había obstáculos de billetes. Volvía a mi tierra de acogida. Me apetecía, sí, pero tenía que pasar por el túnel del silencio, hasta que llegué a Gijón, en un viaje que se hace interminable a partir de León, con una infraestructura ferroviaria del siglo XIX.
Hoy está nublado, pero hay algo de sol. Me siento débil. Contento de volver y muy bien recibido, pero me asaltan los miedos de que lo que he dejado atrás se quede en un hermoso sueño y tengo que luchar para que nuestra Santa Siesta no se lleve el proyecto que concebimos, unos cuantos, en Medina Sidonia.
Me siento débil, pero, sin saber de dónde,  sacaré las fuerzas, estoy convencido de que pondré las tripas y tengo esperanzas de que salga adelante. Esto es lo que te quería contar en nuestra cita de los miércoles; Épsilon en Medina Sidonia y yo en Villaviciosa, nos hemos comprometido en sacar en un mes la edición virtual de “Siempre nos quedará Paris” y lo vamos a hacer.
No estoy deprimido, solamente cansado. Julen y yo seguimos comiendo salmorejo, estoy aprendiendo y experimentando.