Radio de los 60s

lunes, 18 de julio de 2016

Nuestra cita cotidiana

El cardenal Fernández de Porto Carrero

Palacio del arzobispado de Toledo, 4 de octubre de 1700

Como   la Palatina me llevó a Versalles, el 21 de julio de 1682, la misma me anuncio, el 6 de febrero  de  1699, que debía trasladarme a Toledo.
Yo no lloré o me eché a los pies de mi madrina como lo hiciera su hijastra ante Luis XIV, cuando se la desterraba para reinar, en Madrid.
Mi silencio y siquiera el reflejo de contrariedad debió impresionar a mi interlocutora, porque se apresuro en tranquilizarme.
-Seguirás gozando de mi protección y de los privilegios, serás acogida como sobrina del poderoso Cardenal Porto Carrero y dispondrás de apartamentos en el palacio arzobispal.
No cambió mi actitud. No hacía falta que me explicara nada, ya sabía que el tiempo de mi educación había superado ya con creces el de cualquiera de las princesas. Tenía  diecinueve años y había muchos frentes abiertos fuera.
 La Maintenon ya no podía hacer más daño a mi madrina en la corte y la última, solita, se bastaba y se sobraba para defenderse. Su relación con el rey había resistido todas las tormentas.  Nada que ver con la complicidad de antes, pero quien tuvo retuvo y la Palatina seguía siendo escuchada y respetada por el monarca.
El rey católico se estaba muriendo sin dejar descendencia y desde hacía unos meses, la duquesa intercambiaba correspondencia, que ella creía privada, con el cardenal.
No soy tonta. El anuncio tenía que producirse de un momento a otro…
Había leído las cartas antes que la destinataria. Esta no había sabido valorar mi sangre y la formación que recibí de mi abuelo, Fernando Saloppe, estaba demasiado ocupada en escapar a la censura a la que se sometía su correspondencia oficial.
Escribo estos detalles porque se me quedaron grabados en las entrañas. Algo así ocurrió con el mensaje que escribí y destruí el 4 de octubre de 1700 y que quemé de inmediato, pero que guardo en mi memoria letra a letra, como ya había ocurrido con el “Vivo Sin Vivir en mí.” Las circunstancias lo explican mejor.
El cardenal me había hecho llegar el mensaje protocolario, la censura de la corte española es más retorcida que la de Versalles y el retorcimiento del emisario supera al de los censores.
Se limitaba a anunciarme un hecho que cualquiera pudiera considerar de interés para una sobrina que no tiene partido tomado.
No era el caso, el cardenal me anunciaba que los intereses de la Palatina habían sido ejecutados. Carlos II había designado como sucesor al segundón de Luis XIV, Felipe. Se podría pensar que Madame había tenido una visión de las muertes sucesivas que se produjeron  en la línea de sucesión y que llevaron a Felipe de Orleans a la regencia durante la minoría de Luis VV. No sé, algo de bruja sí tenía la Palatina, al menos así lo reiteraba ésta cada vez que mencionábamos su encuentro con mi diamante en bruto.
Ignoro si se trataba de brujería o no; el caso es que acertó. Para empezar el testamento fue un mazazo para el pobre Felipe quien tenía otros proyectos en los que no encajaba el exilio a una corte que detestaba. María Luisa de Orleans era vengada… Nadie pensó en mí.
Bueno…, fui generosamente pagada y felicitada por el éxito de una misión que antes pintaba a bastos. Cuando llegué a Toledo, en agosto de 1699, había una batalla a muerte entre dos bandos encabezados, respectivamente por la reina Madre, Mariana de Austria y por la reina consorte, Mariana de Neoburgo. La sucesión era el problema prioritario de Estado. Aunque la suegra había muerto en 1696, el partido bávaro, su obra había logrado, que el rey, como homenaje póstumo a su madre, nombrara  sucesor a José Fernando de Baviera. El partido alemán había sido derrotado. El cardenal Porto Carrero y el conde de Monterrey que encabezaban el partido bávaro a la muerte de la reina madre habían logrado descabezar el gobierno de la reina consorte y ocupar el puesto vacante; Mariana de Neoburgo estaba maniatada.
El sucesor nombrado era una opción que tenía más contentos que descontentos, entre los últimos  estaban Luis XIV  y el emperador de Austria, ambos hijos y nietos de infantas españolas y, por supuesto, la Neoburgo. Salieron los cañones en Europa y en la propia España. Se armó una buena; los austriacos invadieron Cataluña y la consorte pretendió montar un golpe de Estado. El cardenal supo imponerse, pero José Fernando, el candidato del partido bávaro,  murió el 3 de febrero de 1699. Tenía siete años…
La Palatina tenía cómplices en la corte española, uno de ellos  era Juan José de Austria, por muy bastardo que éste fuera, hijo legitimado de Felipe IV y por tanto, hermanastro de Carlos II.

El sacrificio de Isabel de Borbón, en su matrimonio con el rey de España, en 1615,  para asegurar un sucesor al trono español fue vano, cuando la infortunada murió, en 1644, dejó un heredero, Baltasar Carlos, quien la sobrevivió solamente dos años, murió el 16 de octubre de 1617.
Para eso había parido  cuatro hijas de las que no sobrevivió más que María Teresa, la esposa de Luis XIV. En ese mismo periodo, el marido engendró al robusto Juan José de Austria. La madre era una actriz, la Calderona, amiga de la Lujan, la que me enseñó a interpretar el “Vivo sin vivir en mí”, ¿será pura casualidad? No lo creo, Madame no dejaba nada suelto.
No he llegado a enterarme muy bien de  los negocios que se traía la Palatina con el bastardo de España. Sé con certeza que este despertó el amor de su hermanastro el “Hechizado” por María Luisa de Orleans, la hijastra de la Palatina. Los esfuerzos de esta por dar un heredero fueron aún más inútiles que los de la desdichada Isabel. Juan José de Austria murió en1679 y la Palatina se quedó sin su principal aliado para proteger a su hijastra. Ignoro cómo logró mi madrina  entrar en relación con el poderoso cardenal. En todo caso este tenía poder y compartía con ella el odio a la sucesora de la desgraciada María Luisa, Mariana de Neoburgo, que defendía la candidatura de su sobrino, hijo del emperador Leopoldo I de Austria, quien consideraba tener los mismos derechos sucesorios al trono español que Luis XIV...
No me fue fácil conseguir el cambio de testamento que requería mi misión. Era previsible que la designación del segundón de Luis XIV como sucesor de un rey que estaba con una pata en la tumba,  provocara un estallido en toda Europa y en España, que acabaría con una potencia que empezaba a declinar. Pese a todo, logré convencer al cardenal y este al rey, pese a la potente y tenaz oposición de la Neoburgo.
Mi relación con mi supuesto tío el cardenal terminó pronto, porque Felipe V de España no tuvo en cuenta los servicios prestados por quien había logrado que sucediera a Carlos II. La cuñada de Luis XIV se había quitado del medio a un sobrino demasiado incómodo.


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