Radio de los 60s

miércoles, 20 de julio de 2016

Nuestra cita cotidiana

El hambre y el crujir de dientes

Ensio nunca me reveló la identidad de su amante y protector, pero yo tenía mis intuiciones. No se trataba del finado, lo sabía porque cuando se enteró de mi embarazo, me aseguró y le creí, su voluntad de reconocer a ese hijo fruto de amoríos locos y peligrosos para su seguridad y que ésta se lo impedía. ¿Qué le hubiera importado al muerto?
Había detalles que me inclinaban a pensar que su pareja beneficiaba de los poderes del cardenal. Ensio conocía al dedillo Palma de Río, en cuyo castillo había vivido temporadas. El último era el lugar de nacimiento del cardenal. Se trataba de meros detalles; todos apuntaban en la misma dirección y mi amante de una noche tenía razones que nunca me contó para compartir mi estallido tras la visión de la lápida.
No era tema que me preocupara, ese caballero desconocido para mí carecía de razones para sentir celos. Tampoco yo las tenía. Mi  concepción era fruto la pasión de una noche loca más explicable por la rabia y el horror que me producía el “Aquí yacen cenizas, polvo y nada”. Nunca podré perdonarme que estas horribles palabras fueran la razón del nacimiento de mi hijo.
Un hijo, por otra parte, criado y educado a mí manera. No tendría que escribir semejante epitafio, porque, aunque yo no sabía o sé aún para qué me han traído a este mundo mi empeño y el de un padre que no podía reconocer su participación haríamos  que dejara su huella.
Madrid ya olía a miseria a mi llegada, las arcas estaban vacías y los cortesanos vivían con estrecheces. La Guerra de Sucesión no mejoró las cosas. La llegada del nuevo rey se retrasó hasta el 17 de febrero de 1701, pero la villa estaba lejos de recuperar la calma pese a que el entusiasmo popular ante la llegada del nuevo soberano causó centenares de muertes por aplastamiento y asfixia en la Puerta de Alcalá. Siempre he tenido la certeza que la causa no fue solamente el entusiasmo. El espacio es amplio y los partidarios del Borbón no eran tan numerosos. Así lo probaron los hechos que nos mantuvieron en vilo durante años.
Pese a la miseria a la que estábamos sometidos, el nuevo gobierno nos castigó con un impuesto suplementario para sufragar los gastos de guerra. Una guerra que teníamos a nuestras puertas y que hacía difícil la entrada de víveres. A parte de la aventura ya mencionada de la entrada del candidato austriaco en Toledo, el 29 de junio de 1706, una columna de caballería tomó Madrid  en nombre del archiduque de Austria.
Felizmente, Felipe V se había adelantado para evacuarnos y aconsejar que no opusiéramos resistencia. Se evitó una sangría, pero, el candidato austriaco fue proclamado rey de las Españas desde el balcón de la Casa de la Panadería, el seis de julio.
Los madrileños reaccionaron con emboscadas muy bien orquestadas, a favor de un rey que no sabía defenderlos. Este regresó a la villa el cuatro de agosto para volver a abandonar su capital, tras la derrota que sufrió en la batalla de Zaragoza en agosto de 1710. El austriaco fue ganando terreno con las sucesivas conquistas de Villaverde, Cienpozuelos,  el Pardo y Canillejas. Entró en la Villa el 28 de septiembre de 1710, ante el rechazo de los madrileños y la invasión duró hasta el 3 de diciembre, cuando entró, esta vez para quedarse, Felipe V.
Vivimos el hambre y el crujir de dientes. Faltaba de todo y los horrores de las guerras se habían incrementado con las traiciones, los robos y los impuestos. Había hombres, mujeres y niños cuyo único sustento eran las ratas, un animal al que cada vez nos parecíamos más los que lográbamos sobrevivir. Llegué a pagar fortunas para que no faltara nada a mi niño.
Mis problemas aumentaron desde que había logrado con éxito la expulsión de la princesa de los Ursinos. Había sido muy bien pagada, pero, desde entonces, los Orleans se olvidaron de mí, harto tenían con sus intrigas en un Versalles de un Luis XIV que caminaba, día tras día,  hacia la tumba y los delfines iban cayendo como si se propusieran confirmar la profecía de la Palatina
Yo ignoraba estos sucesos y me sentía abandonada y ofendida; todo me empujaba a pensar que había dejado de ser el diamante de mi madrina. Pese a la amargura, a las dificultades de una subsistencia que cada vez se me hacía más difícil, a medida de que se agotaban mis dineros, resistí como un soldado al que no se había ordenado la retirada. ¿Por qué? No creo que yo misma lo supiese; estaba atrapada porque solamente sabía hacer bien lo que se me había entrenado para que hiciera. Desde luego mi rencor no dejaba entrada a la fidelidad. Quizá mi raza jugó un papel más importante, los Saloppe, hasta donde yo sé, siempre han estado al servicio de los señores del Palacio Real y sus servicios habían sido siempre bien pagados.
¿Cómo mi padre había olvidado la red que había montado en España o a mí misma? No lo sé y temo que nunca lo sabré. Tengo y tenía asuntos más urgentes de qué ocuparme. Me quedé en Madrid sin medios para mantener el tinglado. Me dolió porque llevo la intriga en la sangre y en el sello.
Ensio se fue a Cádiz, pero no me abandonó u olvidó. Entre nosotros no había amor o pasión, solamente sentíamos, el uno por el otro amistad respeto y quizá, ¿Por qué no reconocerlo?, compasión, mucha compasión.
No,  nos faltaba de nada a mi hijo, a mí y a María. Los caudales víveres y ropas nos llegaban de Cádiz. No se trataba de mera caridad no, Ensio se había montado un tinglado basado en el contrabando ultramarino, cuyas bases principales eran Cádiz y Colonia de Sacramento, ciudad con una larga historia de cambio de Metrópoli, pasando de manos de los portugueses a la de los españoles o viceversa y con un enclave tan estratégico en el Río de la Plata. Nosotras ganábamos con creces nuestro sustento y, de hecho tuvimos que recurrir a agentes que en el periodo de las vacas flacas habíamos tenido que despedir. Volvíamos a la alta intriga.
Las cartas que recibía de Ensio me hacían soñar con el París que dejé sin dejar escapar una lágrima, pero con el alma en pena. ¿Cómo es posible que en este reino de miseria y sustos existiera un oasis tan frondoso como el que las cartas de Ensio describían? No recibí solamente cartas sino libros y hasta Le Mercure galan, Le Mercure historique et politique y Nouvelles de la république des Lettres. No me lo podía creer, pero mi aislamiento no era tal; estaba tan informada de la escena francesa y europea como cuando estaba en Versalles y aún más, porque allí mi madrina tenía muchas dificultades para recibir la última revista, que se editaba en Ámsterdam, entre otras cosas para huir de la censura que imponía Luis XIV, especialmente desde que tomó el puente de mando la Maintenon.
Pese a estos refuerzos, se me habían agotado los resquicios para educar a mi hijo; era y es muy guapo y muy listo. Por muy pulido que estaba mi diamante en bruto, el suyo era mucho más valioso y las lecturas que me llegaban de Cádiz me hacían ver que me quedaba muy corta para tallar la joya que había llevado en mi vientre.
Se me partió el corazón, pero sabía que hacía lo que tenía que hacer y lo hice. Ensio vino con un convoy bien blindado para llevarse a un hijo que engendró en una noche de desvarío; no para hacerlo suyo o siquiera como tutor. Tenía el encargo de velar por darle la educación que ambos queríamos darle, incluso en el trapicheo del contrabando.
Seguía con detalle las intrigas de Versalles y no me pilló de sorpresa  la encomienda de la regencia de Francia a Felipe de Orleans, el 2 de septiembre de 1715, ya estaba al corriente de la lucha a muerte que habían llevado la Palatina ante un Luis XIV que se moría y que dejaba un heredero menor de edad tras las muertes de los sucesivos delfines que se habían producido en los últimos años de vida del monarca. Felipe VI de España ya no contaba. Los tratados de paz que le aseguraban el mantenimiento de la Corona le impedían contar en la sucesión a la francesa. 
La Maintenon había logrado, el 14 de abril de 1714, que dos de los bastardos que ella protegía, el duque de Maine y el conde de Toulouse fueran reconocidos príncipes de sangre y por tanto habilitados para entrar en la línea de sucesión. El primero de ellos era el designado por el testamento del soberano para asumir la regencia desde su fallecimiento, que se produjo el primero de septiembre de 2015 hasta la mayoría de edad de su sucesor, Luis XV.
El duque de Orleans figuraba de una forma tan vaga que no permitiera esperanzas pero sí acallara los rumores de que se estaba dejando atrás a los príncipes de sangre en beneficio de los bastardos.
A esto se agarró como un clavo ardiente el duque de Orleans; obtuvo la regencia con la proclamación del Parlamento de París. ¿Cómo no comprender que quienes viven estas zozobras se olvidaran de mí? Después de todo soy una Saloppe y en 1718, el Regente tuvo que confrontar una conspiración encabezada por los duques de Maine, que estuvo a punto de acabar con su encomienda.
Fue poco después cuando recibí un mensaje del duque. Gracias a Ensio y a Cádiz, estaba bien informada; no me sorprendió cuando recibí el encargo de hacer de pies y manos para que se realizaran los matrimonios de Luisa Isabel y de Filipina Isabel de Orleans, hijas de la Palatina, respectivamente con el príncipe de Asturias y con el infante Carlos y el compromiso de la infanta María Ana Victoria con Luis XV.
Lo último era un caramelo para   Isabel de Farnesio, aunque su hija contara apenas tres años. No era el caso para Felipe V a quien no agradaba  emparentar con el duque de Orleans, aún más depravado que su padre, puesto que tomaba a sus hijas como amantes. Además el rey de España tenía toda su carne en el asador de Versalles. Dirigía en la sombra el partido devoto  al que pertenecían la Maintenon y sus protegidos los bastardos. Tuve que esforzarme mucho; el monarca español estaba más interesado por la batalla que encabezaba en Francia que en los intereses de España, pero, al final, el 22 de noviembre de 1722,  se firmó el Tratado de París que estipulaba estas alianzas.

No tardé en convertirme en Isabel Charlotte du Salove, el regente había ennoblecido mi malsonante apellido y en la corte española se reconoció mi dignidad y mi valía, se acabó de un plumazo el periodo de mis vacas flacas.                

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