domingo, 26 de febrero de 2017

Nuestra cita cotidiana

De regreso
La movida de los 60s iba haciendo mella en un franquismo cada vez menos grato a l@s español@s. En Francia cayó de Gaulle, pero la derecha subió en las urnas. Joan no vendría para instalarnos en París y tampoco veía cómo.
Ya había resuelto la peliaguda cuestión de reconocimiento español de mis estudios franceses. La primera etapa consistía en presentarlos con traducción jurada y sellados por los ministerios de Asuntos Exteriores francés y español; no recuerdo bien por todas las instancias que tuvieron que pasar hasta que recibí la respuesta unos cuantos meses después. El ministerio de Educación español reconocía que los documentos presentados eran una prueba de que reunía los conocimientos necesarios  para obtener el título de licenciado en Filología Francesa, pero… para ejercerla necesitaba un título español que solamente podría ser acordado por un universidad española.
Era rizar el rizo; pronto lo comprobé en el peregrinaje que tuve que hacer hasta que llegué a Barcelona. Hasta entonces me habían dicho de todo; no les bastaba con la negativa. Tenían que menospreciar.
No fue así en Barcelona. Me dieron un temario y un tiempo para prepararlo, cuando lo superara se me acordaría el título. No tenía problema para los temas de literatura; no así para los de lengua. Había cursado my bachillerato superior por ciencias y en Francia había evitado en lo posible lengua y lingüística. No me gustaban nada.
Una amiga de mi hermana que era catedrática de francés e hija de Santiago Brouard, que fue una de las primeras víctimas de los GAL. Me hizo un resumen de los temas a los que yo no llegaba.
_   Solo tienes que memorizarlos, incluidos los ejemplos. En las universidades españolas lo que importa es la gramática histórica  y la historia de la lengua, como si fuera lo que tenemos que enseñar a nuestros alumnos. Prepárate “La evolución de las semiconsonantes latinas en la lengua francesa”_ Me dijo acompañando sus palabras de una mirada cargada de ánimo para mí y de pena por la que nos tocaba vivir.
Los Brouard eran muy buena gente, por eso estorbaban en la Transición.
Acertó, me tocó el tema, funcionó mi memoria y en Literatura me tocó “La Illustration”. Ya tenía doble titulación y podía ejercer.
Tuve mucha suerte, encontré un puesto como investigador, a media jornada en el Instituto de Ciencias de la Educación (ICE). En la época se acababan de crear los Institutos Piloto, con un régimen muy abierto; en el caso del objeto de nuestro estudio, las decisiones se tomaban en asamblea.
Nuestra omisión era comparar los resultados de este centro con los que seguían métodos  tradicionales. Yo me ocupaba de creatividad. Aprendí mucho gracias a que había cursado Sicología Social y a haber tenido un profesor cuyo nombre no recuerdo, que había despertado mi interés por Piaget y por la “Taxonomía” de éste.
El sueldo era ridículo; apenas cubría mis gastos. Encontré una plaza en el horario nocturno del Instituto Masculino de Txurdínaga, mixto en el nocturno. Los horarios eran compatibles, el del ICE era de mañana.
Tampoco había impedimento legal: el contrato del instituto era de jornada plena, no cobraba el extra de exclusividad, el grueso del salario, cuando tenía carga lectiva de 23 horas lectivas  semanales, que superaba las diecinueve de la exclusiva.
Otro problema que tenía que resolver era la dispersión de las asignaturas. En la España de la época, con la excepción de los catedrátic@s, el resto del profesorado teníamos que cubrir las asignaturas de nuestra rama. Había dos: ciencias y letras.
Me tocó Lengua española e inglés, de COU, un latín, filosofía de tercero de BUP. Vamos, los restos, puesto que era el último llegado. Tuve suerte y alguien me cambió el latín por francés.
Me hubiera sentido ridículo ante alumn@s que sabían más que yo de la asignatura que me tocaba impartir. Son anécdotas que cuento porque tuvieron sus repercusiones.
Pero lo que más tuvo es que volví a caer en el pecado que me reprochaban de distinta manera Baudelot y Marie Christine. El instituto era un hervidero de asambleas que algun@s de nosotr@s no solamente no impedíamos, sino que participábamos activamente.
Nos sacaban a fuerza de empujones y de insultos, las fuerzas del “orden “era difícil, para mí, comprender que se nos prohibía lo que se permitía en el Instituto Piloto.
Fue aún más difícil decidir dejar el ICE; con lo que cobraba en esta institución, desde luego, siquiera cubría mis gastos. Por otra parte no podía cubrir los dos trabajos con un mínimo de dignidad. Era indigno ocupar, mal dos puestos de trabajo cuando había tant@s licenciad@s en paro.
Me quedé cinco años en el nocturno deTxurdínaga; mis escrúpulos que justificaron mi renuncia al ICE carecieron de sentido; todo el periodo estuvo salpicado de huelgas que hacíamos l@s profesor@s no numerarios (PNN) en protesta por la escasez y modelo de oposiciones para obtener la titularidad, entonces l@s privilegiad@s no alcanzaban el 4%.
Fue un lustro de lucha y gratificante y sobre todo, no había perdido contacto con mi labor del ICE, que era lo que me gustaba. Cuando tenía allí mi plaza recibí una invitación para acudir a un congreso de Problem-Solvig en la Universidad Politécnica a Valencia.
Allí estaban todos los popes de la materia de la Universidad de Buffalo.
No logró convencerme la teoría, sobre todo cuando supe que esta había germinado en el equipo que seleccionaba personal estratégico para el ejército USA de la II Guerra Mundial
Pese a mi rechazo, uno de los “hacedores” del método, Torrance, me inspiraba mucha simpatía. Era mutua, a juzgar por nuestras largas conversaciones. No fue una sorpresa recibir una invitación para ser uno de los que probara una semana de inmersión en el programa que tendría lugar el próximo verano.
Tenía muy buenas relaciones con la directora y no carecía de seducción mi proyecto de pasar tres meses en la Costa Este. Ya tenía puestas las notas de junio y volvería para los exámenes de septiembre.
Mis críticas al Problem-solving no impidieron que sacara provecho de mi participación en las sesiones. Me abría a un mundo que aún solamente intuía. Mis compañer@s me invitaban a pasar unos días en sus casas y Guerry que era responsable de los servicios informáticos, me sacaba la bibliografía y las fotocopias que necesitaba. Era otro mundo. Cualquiera de estas cosas que conseguía, gratis, en minutos, era impensable en los mundos latinos.
Me enamoré de Nueva-York, aunque visité la Norteamérica profunda. Tomé la decisión de seguir explorando en los veranos sucesivos, a sabiendas de que mientras cumpliera con mis tareas, la directora no pondría obstáculos.
La competencia estaba en la Costa Oeste, la sicología humanística. Empecé por Essalen Instutut, una antigua residencia india en el norte de California. Practiqué Gestalt, Lomi y esos masajes relajantes, frente al océano. Nadie imponía la desnudez, pero lo adoptábamos invitados por un entorno que las pedía a gritos.
Me enamoré de San Francisco sin menospreciar a Nueva-York, pero no era lo mismo. Pensé en presentarme en Berkeley para cursar mi doctorado en Sicología. Un amigo había conseguido clases de español que le permitían, casi, cursar su doctorado; completaba lo que le faltaba con lo que obtenía por otros trabajos.
No lo intenté. Me daba miedo. En las dos semanas que pasé probé de todos los frutos prohibidos. Me parecía la única manera de vivir la vida que quería vivir. Sabía que no tenía que hacerlo.
Al tercer año de mis reiteradas visitas a USA caí en Sandiego, una ciudad que más que miedo me inspiraba tedio. Fui seducido por el rector de la “Universidad Humanística”, quien apreció tanto mi currículo que me ofreció una excelente convalidación que me facilitaba el acceso al doctorado y una plaza de profesor de español y de francés cuyo sueldo me permitiría cubrir los gastos, incluida la costosa matrícula cuyo pago se me fraccionaría  por descuentos mensuales de mi nómina. Quedamos para finales del curso que debía empezar ese octubre.
Quedamos en que me enviaría el papeleo para que el siguiente junio entrara en USA con visado de estudiante que me permitiera trabajar en la universidad.
Nada recibí; llamé al rector y este me anunció que me esperaba. Que nada había cambiado, pero que un pequeño problema administrativo le impedía enviarme los impresos necesarios para mi visa.
_   No hay problema-añadió consciente de su seducción_ Entra como turista. Así lo has hecho hasta hora. Tenemos tiempo sobrado de arreglarlo todo una vez que estés aquí.
Me fui, no sin antes presentar mi dimisión a mi directora. Llegué, fui recibido por el rector y me anunció su salida inmediata para Hawái donde tenía otra universidad que necesitaba urgentemente de su presencia.
No volvimos a vernos. Sí había dejado, el señor rector, una lista de cursos que debía seguir y cuyas matriculas debía  pagar hasta que se arreglara todo a su regreso. Pasaban los días, las semanas y los meses. Consulté con un abogado quien me descubrió que había sido objeto de engaño. La Universidad Humanística de San Diego no podía facilitarme los impresos para obtener el visado de estudiante. Se le había retirado el derecho por utilizarlos para vender a alto precio  y abusivamente  esta forma de entrada a USA. Además, el centro tenía pendientes varias causas graves.
Yo estaba decidido a quedarme y seguir con mi proyecto en otra universidad; mientras tanto, tenía que ganar tiempo, puesto que quedaban unos meses para que expirara ni visado de estudiante.
El abogado me descubrió un mundo que me asustó. Todo podía resolverse en los USA de la época en la que la existencia de uno se mostraba por el simple número de Seguridad Social. Se me podía conseguir uno de un difunto o desaparecido, mantenido activo por error administrativo y que no podía reclamar cuando se le reclamaran los impuestos generados por mi uso.
Me constaba aceptar que alguien que representaba la justicia pudiera hacerme semejante proposición. Además no me cuadraba…
_   Hacienda no tardará en detectar que no recibe la recaudación.
_   Sería el primer caso que llegara a mis oídos, tengo cientos de clientes utilizando el método. Las alarmas de esa gente están conectadas a otros menesteres…
_   Pero yo no puedo pasarme la vida así…
_   Tampoco es aconsejable hacerlo, cuando encuentres tu empleo, insisto “tu empleo”, tendrás un contrato con un número tuyo. Lo otro dejará de existir para ti. Nadie podrá relacionarte con un uso fraudulento.
Dicen que la cara es el espejo del alma y la mía debía expresar mi zozobra. El abogado se apresuró en tranquilizarme.
_   Obviamente, hay una alternativa mejor; el matrimonio con una ciudadana USA, pero estamos hablando de otros precios.
Di por terminada la consulta por miedo a qué como ocurre en las casas de prostitución, se me cargara el coste de un servicio por sobrepasar el tiempo del precedente. Además sentía unas ganas locas de huir de algo cuya incidencia desgarraba todos mis referentes.
¿Este era el funcionamiento de los amos del mundo? Me temo que así era y que así lo sigue siendo. No quería irme. Esta repulsión era polvorizada por mi sueño americano. Desde niño me he sentido más atraído por “Bohemia” que por Superman o Seleccione s del Reader Digest, no olvidemos que mi familia, como era el caso de muchas otras de Santurzi no estaba solamente relacionada con la familia de Sabino Arana, sino también con el contrabando. Mi sueño americano era otro; era Dylan, era Berkeley, era que te creyeran sin tener que mostrar con papeleos cuya tramitación se eternizaba en los países latinos, que no mentías. En las entrevistas de trabajo te preguntaban qué querías hacer cuando eras pequeño y cómo podías aplicarlo en el puesto al que optabas. Valoraban mis experiencias y podía obtener en segundos bibliografías que en Europa me tomaba meses. Lo que más apreciaba es que desde el principio la gente te decía lo que le gustaba y lo que no, que, a mi juicio facilita las relaciones.
Encontré trabajo compatible con los estudios y cuyos sueldo cubrían los gastos de los mismos, los honorarios del abogado, los míos propios y el alquiler durante seis meses de mi vecina de apartamento, quien se prestaba, a cambio a seis meses de matrimonio, suficientes para tener derecho a la residencia. Todo estaba bien preparado; si la policía se presentaba para comprobar la cohabitación, antes de abrir, la portera avisaría  a mi querida esposa para que se instalara en nuestro nido.
Lo preparé todo, pero al final me ocurrió como a Joan. El miedo se apoderó de mí y decidí volver a Santurzi. Al día siguiente de mi llegada recibí la llamada telefónica de la que ya consideraba  mi ex directora de institutito.
_   Ven cuanto antes. No había presentado tu dimisión hasta que me viera obligada a hacerlo.

Yo no quería volver
El entonces ministro de Educación, Mayor Oreja terminó con las huelgas de profesores de un plumazo. Bastó con la promesa de crear una plaza de numerari@ para cada un@ de nosotr@s y un sistema de oposición que nos asegurara el acceso a las mismas.
Me recordaba el aprobado general del 68 francés y el afianzamiento de la derecha que siguió. Ahora, los licenciad@s en paro o l@s estudiantes que fueran terminando la licenciatura lo tendrían peor que nosotr@s, sin oposiciones o plazas de no numerario que cubrir.
Pienso que Mayor Zaragoza había pensado en la creación de nuevos puestos de trabajo proveniente de la construcción de institutos que se producía a ritmo acelerado en la época y en que el sistema de oposiciones tenía que cambiar.
Lo creo así, porque la trayectoria del entonces ministro, especialmente desde que fue Director General de UNESCO, ha dejado claros sus méritos.
El franquismo no había muerto. Seguíamos teniendo un dictador que seguía dando zarpazos cuando menos lo esperábamos, a la Plataforma, a la Junta y a la Platajunta, clandestinas, que se reunían en Estoril con el heredero de los derechos monárquicos del último rey destronado, Alfonso XIII o la ley Fraga, que encomendaba la censura a los directores de los diarios revistas y otros medios de comunicación.
Gozábamos, sin duda, de algunos cambios y algunos apreciables como es el caso de “Triunfo”, semanario que apreciaba y añoro.
Seguía siendo activista. No estaba afiliado a partido alguno desde que fui expulsado del Partido Marxista Leninista. Esta circunstancia me hacía más frágil. Me sabía fichado y carecía de estructura que me defendiera, llegado el caso.
No viene al caso ese tema. La cuestión es que a mi padre le iban entonces bien las cosas, había terminado la construcción de su segundo grupo de viviendas y le pedí un local para instalar un café teatro.
Me lo concedió. Dejé el instituto por un bello sueño. Se llamaba Amezketak. En euskera la terminación en K tiene función de genitivo sajón. Así, la traducción sería “l@s de Coscojales, también tiene el término connotaciones de colina, de fuego y alguien ve, incluso brujería.
De todo hay, está en una colina que cobijaba a forjadores. La calle de Santa Eulalia pertenecía a este barrio y cuando niño eran campas que limitaban con los muros de los jardines de los palacetes de los aristócratas, cuyas propiedades llegaban hasta la playa.
Pasaba por allí todos los días, en mis trayectos de ida y vuelta al colegio. El mundo de los ricos carecía de interés, veía a los forjadores que habían dejado de existir, veía el fuego, los martillazos, el milagro y una cierta brujería.
Algo que quería ayudar a crear. Dos de mis alumnos eran muy buenos forjadores; se encargaron de mesas, sillas y de una lámpara que ocupaba una gran parte del alto techo, el local tenía tres alturas; el escenario, espacio para espectadores y barra y un precioso palco al que se accedía por escalera de caracol.
Yo era el pinche de José, el carpintero de Soncillo, ya jubilado. Hizo su obra maestra, me lo confesó él mismo, cuando terminamos, quizá para hacerse perdonar por las broncas que sufrí.
Sigo sintiéndome orgulloso del Amezketak, aunque de pena verlo ahora, transformado en bodega. Tuve mucha ayuda; mi padre, José, ex alumnos como los forjadores y tapiceros…Eso sí, todo es artesano para abrir el alma de l@s visitantes al arte que llevan dentro.
Encima de las mesas había una flor de temporada y bajo la misma, fotocopias de escritos cuyos autor@s querían compartir. Exponíamos escultura y pintura y manteníamos dos sesiones diarias de actuación.
Todo iba sobre ruedas tuve mucha ayuda de artistas, medios de comunicación y otr@s entre los que se encontraba mi familia y los ya mencionad@s.
Vino el golpe de la crisis: la reconversión que nos imponía la Unión Europea, que carecía y carece de proyecto de reciclaje y que impactó especialmente a la industria bilbaína. Casi toda ella se derrumbó y los fanfarrones que presumían de que el “champagne”, nada del cava español, era lo que tomaban los bilbaínos ahora pedían agua del grifo y un palillo, que no se les podía cobrar.
Las quiebras y la inflación galopante afectaron  mi padre. El contratista que había tomado a su cargo la fontanería del último edificio construido no podía asumir la responsabilidad de una instalación defectuosa. Cuando se descubrió el hecho, la empresa ya había desaparecido como tantas otras. Mi padre tuvo que resolver el problema y el alto coste le endeudó.
Amezketak resistió; no sé cómo, pero fue así. Grave error; aumentaba mi endeudamiento y éste, por desgracia, afectó a mi familia. No les faltaban razones para considerar que ya no formaba parte de una familia unida como una piña. Me quedaba mi padre, también caído en desgracia y mi madre quien pese a que la cosa no iba con ella, tomó, decididamente nuestro bando, sin menospreciar a los otros.
Caí en quiebra, embargado, perseguido por la justicia y declarado en “busca y rebeldía” Lo recuerdo porque tenía cuarenta años, con necesidad urgente de escapar y de encontrar una salida.
La encontré pronto: una academia de inglés que me ofrecía un trabajo  de profesor en Lugo, con bajo salario pero que nos ofrecía un piso a compartir tres profesores.
Lo pasé muy bien. Practicábamos un método de absoluta inmersión lingüística; solamente podíamos hacernos comprender por gestos, teatro, dibujos, objetos.
Éramos pobres, pero lo poco que teníamos nos permitía vivir muy bien. Mis relaciones con Araceli, la inspectora y coordinadora eran excelentes. Incluso compartía con ella mi escritura creativa.
No me podía quedar atascado. Mi padre vio en “El País”, un anuncio que solicitaba profesor de Filología Francesa en el recientemente creado Colegio Universitario de Las Palmas de Gran Canaria.
Ese tipo de publicidad ofrece puestos que ya están dados. Presenté, sin embargo, la solicitud. A mi gran sorpresa fue aceptada. Se me acordaría, excepcionalmente, la venia docente. Tenía que lograr, en un año, pasar con éxito la tesina para alcanzar el Grado de Licenciado, requisito mínimo para ejercer docencia en Facultad.
Lo pasé mal. Nadie me dio los programas, teníamos solamente tres libros franceses o relacionados con Francia y debía impartir tres asignaturas: Lengua de primero, Civilización de segundo  y Literatura de tercero.
Lo conseguí, para junio había presentado con éxito la tesina, ya no necesitaba venia docente alguna. En Civilización y Literatura iba saliendo del paso formándome por medio de fotocopias con las que iba haciéndome.
No estaba orgulloso de mi trabajo de profesor, pero me aferraba al mismo como lo hubiera hecho a un clavo ardiendo. El sueldo de un profesor de universidad era miserable. Me alcanzaba para vivir dignamente y para pasar mis veranos en las bibliotecas de París, especialmente la de Sorbona y la Biblioteca Nacional (BN), para conseguir material para mi tesis y mis clases, felizmente ya no tenía que impartir Lengua.
¿Cómo lo hacía? With a Little help from my friends. Nunca mejor aplicado. Dejaba mi apartamento de Las Palmas en verano, para ahorrar en alquiler, encontraba alojamiento gratis, los empleados de las fotocopias hacían trampas para que me saliera lo más barato posible.
Saqué mi tesis con Cum-Laude y mi plaza de Titular de Civilización Francesa con un voto negativo de los cinco miembros que componían la Comisión.
Fundé el Grupo de Estudios Comparados Euroafricanos y Eurolatinoamericacanos, cuyo objeto era el desarrollo local limpio, solidario e identitario, que agrupaba a profesores de  franceses, de los programas Erasmus-Lingua a la Universidad de Barcelona que era uno de los referentes de los intercambios universitarios de la UE y la que me había dado mis titulaciones españolas.
Gracias al entusiasmo y a la movida de los 90s, nuestro proyecto se perfilaba y mi docencia mejoraba por circunstancias que no vienen al caso, pero que me permitieron obtener una docencia e investigación adecuadas a mi perfil.
Todo iba tan bien que logramos crear un programa de experto en desarrollo local limpio solidario e identitario y un marco de investigación en la materia, como título propio de las universidades cuyos profesores estábamos en la red. La Plataforma por la Paz y la Solidaridad de la Universidad Oberta nos cedió gratuitamente espacio para que pudiéramos impartir la parte teórica. Disponíamos de dos centros para las prácticas, uno en Tejeda, en el centro de Gran Canaria, otro en Zacatlán de las Manzanas.
Yo llevaba años ahorrando para en cuanto pudiera jubilarme, construir la fundación, que sería nuestra sede. Los profesores e investigadores que recibíamos sueldos que nos permitieran vivir con dignidad éramos voluntarios. Solamente los colegas que tenían que trabajar en varias universidades para sobrevivir recibirían una compensación.
Había pocos gastos y estos serían pagados por las instituciones para quien formábamos. Los candidat@s nos hacían llegar un proyecto, lo estudiábamos, asignábamos tutor@ si aceptábamos el proyecto y buscábamos sponsor.
Hacía falta la sede, una agencia me comunicó que me había encontrado el emplazamiento ideal: el molino de Cañeda. Me lo podía conseguir barato porque estaba en estado ruinoso. Respondí que para dar una respuesta necesitaba tener una conversación con el alcalde. Nuestro proyecto necesitaba trabajar con la institución.
_   Nada más fácil_ se apresuró a aclarar el agente_ ya le he mostrado tu proyecto. Está encantado.
Así me lo hizo ver el alcalde de Campóo de En medio, municipio al que pertenece Cañeda.
Apuré el tiempo, tenía que tramitar mi jubilación antes de que empezara el nuevo curso. Tenía derecho a hacerlo, según la legislación española los profesores universitarios teníamos la jubilación a los setenta. Podíamos optar a la misma a partir de los sesenta, siempre que tuviéramos treinta años de vida laboral.
Yo tenía veintisiete de docencia en España y ocho entre Francia y UK. Cumplía los requisitos. Eso sí, cada Estado miembro pagaba su parte. España me decienta trescientos euros por los tres años que me faltan en el territorio y por los ocho años de Francia y UK recibo 120, de los que Hacienda me quita la mitad.
Compré el molino, pagué arquitecto, ingeniero de caminos, topógrafo y diversos gastos para completar el expediente de permiso y esperé más de un año la respuesta.
No fue pérdida de tiempo. Organicé dos congresos, participé en dos Penos del municipio, afinamos el proyecto…
Todo se vino abajo. El alcalde y la técnica sabían que habían firmado un acuerdo con el Organismo de cuenca que decidía que la reconstrucción del molino en ruinas requería la canalización del río a mi cargo. También sabía lo elevado de este conste y la obligación que tenían ambos de comunicarlo en las Comisiones informativas y en los Plenos. También tenía que saber algo tan esencial de derecho, la jueza, pero perdí el juicio y casi todo el capital que tenía.
Todo se me vino abajo; el proyecto, el grupo y la ya menguada estima que me tenían mis hermanos.
He rehecho mi vida, conseguí un crédito hipotecario para completar lo poco que me quedaba y hacerme con un pequeño apartamento en Villaviciosa de Asturias; las condiciones son sibilinas y me tienen amarrado hasta los ochenta.
Primero murió mi padre, después mi hermano, ambos de cáncer de próstata. La última en hacerlo fue mi madre, de vieja. Ella nunca me abandonó, tampoco lo hizo mi padre hasta su muerte.
Nos han dejado una pequeña herencia, Ha sido un gran alivio para mí.
Lleno la soledad con mi escritura y con twitter. Esta es mi séptima obra.

Me he dado demasiado espacio, ahora me toca confrontarme a mis tropezones.