sábado, 10 de junio de 2017

Nuestra cita cotidiana

La librería Ojanguren

Anoche me llamó Isabel Campo Viejo. Ahora tengo que poner dos apellidos para nombrar a mi vieja amiga, compañera de sueños y fatigas, y personaje de tres de mis obras. Conocí a dos Isabel más en Literania, mi primera experiencia en acciones de la cooperativa de escritores Proust.

Cualquiera de las tres es grande, aunque la primera sea bajita, y ahora tengo que agregar apellidos para evocarlas.

La Campo viejo era cartera de Reinosa cuando me instalé en la villa cántabra para seguir de cerca la cimentación de la Fundación Molino de Cañeda en la propiedad que acababa de comprar, que se encuentra a dos kilómetros.

Ahora es directora de una sucursal de Correos en la capital de la provincia. El ascenso nos ha distanciado. No se trata de reducción de la amistad, no. Es la responsabilidad de gestionar un caos. Hacía una decena de días que no habíamos hablado. Unos cuantos kilómetros separan Santander de Villaviciosa.

Normalmente llama por la mañana, trabaja en el turno de tarde. Ayer me llamó a las 22,30. Me disponía a llamar a Iris por el fijo cuando me entró su llamada por el móvil. No era el momento, pero yo siempre respondo.
-         ¿Ya sabes lo de Ojanguren?
-         Sé que están pensando en cerrar.
-         Ya han cerrado. Acabo de enterarme por la prensa. Me ha dolido mucho.
Isabel es asturiana. Estudió en Oviedo. Evocó las tardes que había pasado en el “disfrute del olor, el tacto y la visión de los libros” que le ofrecía la librería decana de la capital del Principado.

Mis recuerdos no se remontan a tanto. Desde la publicación de mi primera novela, Ojanguren y Canaima, en Las Palmas, son las librerías que venden mis libros, aunque recientemente he descubierto que la librería guatemalteca Sophos tiene gran parte de mis publicaciones.

No puedo quejarme; es un lujo. Una pena que nos separen kilómetros y mares. Hay otras librerías que venden mis obras, ayer mismo descubrí la valenciana Patagonia. Sabía que, en la misma ciudad, Leo también me ha abierto sus puertas.

Soy de los convencidos que la escritura no es un acto solitario. Tenemos que unirnos tod@s l@s que participamos para que la obra llegue a l@s lector@s. El día que lo hagamos seremos más fuerte que los medios poderosos.

Los últimos  no se han tomado la molestia de comprobar la información. Ojanguren sigue abierta hasta septiembre. Lo he comprobado esta mañana con una simple llamada telefónica.

No me ha tomado mucho tiempo. Es difícil comprender que los medios de comunicación no se tomen la molestia. Es más rentable lamentar un cierre que no se ha producido.

Una lástima. Yo me llevé un buen disgusto. No tengo los recuerdos de Isabel. Tengo los míos y Ojanguren siempre ha sido el distribuidor de mis novelas en Oviedo. Es un orgullo. Hoy me siento más tranquilo. Sé que me dejarán en buenas manos.

Cuando llamé a Iris me sentía muy triste, por Ojanguren y por mí. La publicación de “Catarsis” me da malas vibraciones. Han surgido retrasos en la puesta en venta, aún no está en la tienda de Proust o en Amazon. La noticia que me daba Isabel era la gota que colma el vaso.

Hoy las malas vibraciones han sido difuminadas, pero ayer jugaron un papel más grande del que debían en mi conversación telefónica con Iris. No basta con lamentarlo; hay que poner remedio, como hizo ella cuando el gato destruyó su teclado.