Radio de los 60s

miércoles, 14 de junio de 2017

Nuestra cita cotidiana

¡Piensa en mí!
Ya he comentado que había tres Isabel en mi vida: la Campo Viejo, la Villalobos y la Mata. Conocí a las dos últimas en Literania 2017, festival que organizó Proust esta primavera.
Pasé cinco días maravillosos, pese a que todo se puso en contra. La lluvia y el frio no son acogedores. Lo peor fue que la humedad afectó a las instalaciones eléctricas y los efectos no solamente se hicieron sentir en actuaciones y presentaciones. También hubo que suprimir actividades gastronómicas. Estábamos en el Parque de la Vaguada.
La Mata pone en práctica eso de “al mal tiempo buena cara”. Estaba de voluntaria en la venta general de libros, al mismo tiempo que promocionaba su obra.
Yo era novato y no había habido tiempo de asignarme voluntariado. Estaba, cuando estaba, en mi mesa compartida con dos escritoras que se escaqueaban más que yo.  Se veían, eso sí, las novelas de los tres.
Pese a todo, se vendía algo, bastante para lo que había. No solamente contábamos con, en mi caso, las compañeras de mesa. A mí me salió un secretario, creo que algo más viejo que yo, que me contaban sus batallas, era un militar jubilado.
Soy pacifista y no escuchaba sus palabras, sentía su humanidad. Mientras yo salía a fumar un cigarrillo, él me vendía libros. Una proeza en las circunstancias.
Había otro viejo que venía todos los días a verme, pese a la lluvia y al frío. La carpa nos protegía de la primera y teníamos que “comernos” el segundo. Apareció el primer día, hacia las cinco de la tarde. Paseaba, como casi todos l@s visitantes sin prestar atención a libros y aún menos a los escritor@s que tratábamos de venderlos.
La gente tiene miedo a verse comprometida y trata de “pasar el rato” sin verse empujada a comprar. Nosotr@s estábamos allí para promocionar nuestra obra y claro, había el gato y el ratón.
Hay que añadir el frío y las carencias; las provocadas por una intemperie hostil, por los  recortes, por los gastos, por las facturas. Mi visitante tenía nombre, que he olvidado.
El encuentro se produjo en la mirada. Era esquiva, como las de los otr@s pero había mucha soledad.
-         La escritura es un acto solitario…
Anuncié mientras acercaba una silla para que pudiera sentarse cómodamente.
-         Muchas gracias. He venido para “airearme”. Dispongo de poco tiempo. Mi mujer depende de mí.
Sus ojos delataban sus ansias por sentarse y por compartir nuestras soledades. También los mismos explicaban sus palabras: el miedo a verse comprometido en compras que no podía permitirse.
Su mirada a la portada de “Catarsis” le delataba. Es la foto de mi primera comunión que mi madre puso en la habitación que ocupaba. Nunca me ha gustado. Era su habitación y tras su muerte la he conservado por respeto.
Ha sido su regalo para la publicación de “Catarsis”. Necesitaba una portada y tenía que encontrarla rápidamente si quería que la obra estuviera editada para Literaria.
No sé por qué entré en la habitación. Sé que vi el cuadro con la foto y que había encontrado la portada que requería mi sexta novela. Con las otras había tenido que resignarme, no era lo que quería, en este caso va como anillo al dedo.
-         Es mi regalo. ¿Cómo se llama?
Tuvo que sentarse para que le dedicara un ejemplar de “Catarsis”. Esta fue su primera visita. Desde entonces venía cada día. Me trajo una cruz igual que la que figura en la portada de “Catarsis”; CDS de obras de teatro, papeles, fotos. Necesitaba pretextos, pero, poco a poco, se fue abriendo y confesó:
-         Mi mujer depende de mí para el aseo, el alimento, el desplazamiento. Yo dependo de ella para relacionarme.
Guardé silencio. No se trataba de obtener más confidencias. Este hombre necesitaba desahogarse.
-         En cuanto llegamos al portal ya está contando sus penas. Ni una palabra de agradecimiento, ¿para qué? Su historia perdería garra.
Cuando se fue sentí la necesidad de fumar. Me dirigía al exterior cuando topé con la Mata.
-         Espera, querido.
Me cantó el “Piensa en mí”. Tenía tanta empatía que hizo visible la lágrima que retenía tras la emoción que desató la historia de mi visitante. No sé llorar y siempre espero que no se note mi debilidad.
Ella no hizo comentarios. Me sentí arropado por su abrazo enternecedor.
Algo parecido me ocurrió con la Villalobos; la última cantaba en catalán y me arropó en una corta entrevista radiofónica.
No, no era tan desgraciado como mi visitante y así quedó claro cuando sufrí un duro golpe, al margen de Literania. Me disgusté y sufrí el regreso de la irritación de colon. Tenía que correr al baño y pese a las prisas, frecuentemente no llegaba. Tenía que dejar fuera a Julen. Este no quedaba solo, no. Alguien, siempre, era sensible a la “movida” y cuidaban a mi compañero, que tiene la mala costumbre de atacar a los perros macho.
Cuando se enteró la Villalobos del incidente vino a mi encuentro y me dio un abrazo de Osa.
-         Para que sientas la presencia de Iris.

Dijo con una complicidad que estoy seguro que Iris compartirá.

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