Radio de los 60s

jueves, 15 de junio de 2017

Nuestra cita cotidiana

La Peregrinación  de Santo Cristo de la Grita y mi tía Tecla Ivanoska

A  mediados de febrero de 2017 Carlos,  en Alicante, comienza  a escribir  “Catarsis”. Cito:
Terraza del 98 de Apartamentos Concorde de la alicantina playa de San Juan, 16 de febrero de 2017. Algo me ha traído aquí para hacer mi catarsis. No soy deísta. Me siento cómodo en el “magara”, esa energía cósmica que nos hizo nacer para algo, que siempre está ahí, pero que perdemos a raudales o, más grave aún, nos metemos en el búnker de nuestra burbuja. Aquí me trajo mi “magara” y aquí estoy arropado. El encuentro de las olas con la playa ensordece los ruidos. Todo es suave, no hay confrontación. Simplemente cada mochuelo ocupa su nido.

La simpatía con  la  que  trazó el primer capítulo, “Magara”,  me hizo asidua de la cita  cotidiana del blog de  mi reciente amigo de twitter.
Cada día, a las tres de la tarde,  encendía el ordenador de mi despacho,  y como si  de  un  rito  se  tratara,  con esmero  y curiosidad,  leía  su  cita. Carlos,   a través de  una  escritura afectuosa  y sutil,   día a día,   emprendió con gallardía la tarea de derribar “las piedras   mal puestas de un muro enclenque que construyó durante más de 70 años” .En ese  periplo catártico Carlos  y yo nos sujetamos  fuerte de las  manos, pero  aún no lo sabíamos. Catarsis comenzaba a confrontarme.
Lunes  12 y martes 13 de junio de 2017
He estado muy fastidiada, con fuertes dolores bucales.  Hoy  la odontóloga me  ha informado que se ha producido un rechazo de los implantes dentales que me costaron un pastón, y que había que extraerlos con urgencia. He regresado a casa de madre con mi rostro muy dormido, con puntos quirúrgicos y dos antiestéticos huecos en los  laterales.

Julio  de 2015 
Mis estudiantes de turismo, en una salida de campo:
-         Profesora ¿vamos a participar en la peregrinación de Santo Cristo de la Grita?
-         Si  así lo desean sí
-         Profesora ¿nos va premiar con nota?
Con sorna  les respondí:
-          No, lo vamos hacer solo por espiritualidad.
Los estudiantes respondieron a una:
-         No, profesora, no somos tan espirituales.
Sonreí  y  confirmé que tendrían, al final  de curso, una  importante bonificación en  nota.
En la  primera  semana de  agosto acuden a   la peregrinación  del  Santo Cristo de la Grita más de un  millón de  visitantes de    distintos  lugares de Venezuela y Latinoamérica, considerado por los creyentes   un Cristo muy milagrero. El recorrido es de 94 km pero es  por carretera de montaña a 2600 metros sobre el  nivel del mar. Hay que  estar en muy buenas condiciones físicas y mentales para aguantar el tirón.  Mis estudiantes  partieron en la mitad del tramo, en el Páramo el Zumbador y yo, desde San Cristóbal. En el  trayecto  coincidí con mi primo Franklin, un reconocido músico venezolano residente en  EE.UU. No nos habíamos visto desde hacía dieciocho años. Es hijo de otro músico, el tío Ramón, hermano de mi padre.  
A sus cincuenta años, mi padre decidió someterse a cirugía para reparar las secuelas en sus piernas, provenientes del incidente ya aludido que se produjo cuando venía al mundo. Optó por el hospital San Juan de Dios,  administrado por sacerdotes españoles Su  recuperación duró más de un año. El abuelo  Abrahán, un hombre austero, no le visitó en su convalecencia, ni le ofreció ayuda económica. El tío Ramón había heredado la  belleza  y la humanidad de mi abuela  Antonia. La última  era la dueña de un restaurante  prospero en el pueblo de Seboruco. Siempre brindó el almuerzo a los más pobres. Mi tío Ramón se hizo cargo de mi  padre, de sus gastos médicos y de sus estudios de contabilidad.
Franklin me miró fijamente 
-         Iris,  ¡te pareces a nuestra tía abuela Tecla!
-         Ay primo, eso decía mi padre, ni por una foto la conocí.
-         Qué te comentó mi tío Fidel de Tecla
-         Nada primo, cuando se enojaba conmigo me comparaba con ella “igualita a mi tía Tecla”; la tierra  y la  altanería se la tragaron.
Seguimos avanzando en  la travesía peregrina  hasta un módulo de atención, en el Cobre, un pueblo de montaña y de labradores a 25 km del  moderno Santuario de Santo Cristo de la Grita y nuestro destino final.
Decidimos descansar. Flaqueaban mis fuerzas y sufría de terrible dolor de pies.  Un médico me dio un analgésico, y un paramédico masajeó con crema  hidratante mis pies cubiertos de las llagas causadas por el roce con el calzado deportivo. Descansamos 2 horas, comenté a Franklin
-         No puedo más, hasta aquí te acompaño.
-         No Iris, nosotros venimos de la estirpe de nuestra tía Tecla, carajo un Pérez no se rinde, vamos, vamos, podemos llegar ¿Qué  ejemplo darás a tus estudiantes? Una profesora que abandona…
Sus palabras fueron un chute de adrenalina
Pregunté:
-         Ahora me vas a contar  ¿Quién carajo fue mi tía Tecla?
-         Caminemos y te narraré. Te contaré un secreto;  mi  padre  y mi tía se escribieron hasta la muerte de él.
Al morir mi tío Ramón, mi primo  descubrió  los escritos y las fotos. Franklin posteriormente me regaló una carta  y una  foto que conservo como un tesoro.


Mediados de  los años  treinta 
Seboruco, un pueblo con población mayoritariamente de inmigrantes: españoles, italianos, rusos, alemanes…,  y algún habitante local con rasgos  de indio andino.
Los días transcurrían entre los cotilleos de las damas  y señoritas de sociedad,       con trajes  anticuados, acartonados de largas    e incomodas faldas conocidas como enaguas. Comentaban  las cosechas de los hacendados y el sermón diario del sacerdote en  misa. El último era un cura  español, Manolo.
A las mujeres se les  asignaba roles rígidos: madres, esposas, amas de casa y cuidadoras de la iglesia.
Mi tía Tecla, una joven y bonita adolescente de 17 años no encajaba. Entre otras razones para no hacerlo está el impacto que sufrió en su tierna infancia. Sorprendió en plena faena de cama al cura y a su madre, mi bisabuela; una bellísima inmigrante rusa. Tecla  se lo guardó para ella, pero el silencio germinó su odio a la Iglesia y a la hipocresía de la sociedad en la que le había tocado vivir.
 Un francés  que visitaba el pueblo en busca de “El dorado”, le habló de Lenin, de la revolución  rusa  y  le comentó que las francesas, gracias  a Cocó Chane, usaban pantalones y se cortaban el cabello. Le regaló una revista gala de variedades.
Mi tía Tecla conocía el oficio de la  costura. Rebelde e indómita,  transformó sus vestidos en  cómodos pantalones y  camisas. Cogió las tijeras, se cortó el cabello, imitando una foto de una modelo de la revista francesa.
El pueblo entero  comenzó a murmurar
-         Esa niña está loca. Es un mal ejemplo

El cura Manolo, en misa,  exclamó
-         En sueños, Dios me reveló que es una bruja y tiene metido el demonio. Debo exorcizarla, necesito vuestra ayuda.
La enardecida  turba  de mujeres fanáticas del sacerdote, capturó a Tecla Ivanoska    en la plaza del pueblo. Estaba  sentada en un banco frente a la iglesia.  La ataron a un joven samán (árbol tropical),  rasgaron su indumentaria “demoniaca”. Manolo  le  echaba  agua bendita  y agua con sal, vociferaba  frases en latín, otros lazaban piedras. Mi tío Ramón  con 7 años de edad gritó 
-         Paren. No  maten a mi tía. Ella no es una bruja
Se presentó mi  abuela  Antonia con un madero de trancar la puerta 
-         ¡Manada de ignorantes! ¿Qué le han hecho a mi cuñada menor?
 El francés que se tomaba unos vinos en el bar del frente, acudió  a socorrerla, cortó las sogas, con su chaqueta protegió el bello y herido cuerpo semidesnudo de la víctima.
Una semana  después,  la enérgica Tecla, se recuperaba muy bien   del linchamiento que había propiciado el hombre en nombre de Dios.
Tecla se dirigió a la iglesia,  llevaba un botijo muy bien tapado, la  muy granuja 
-Padre estoy arrepentida de mis pecados,  usted  me sacó el demonio.
Dicho y hecho. Destapó el cantarillo y  arrojó su  contenido  sobre  el rostro del cura. Su agua bendita y con sal, se transformó en  orines
-¿Ves como soy una bruja?
Esa misma noche Tecla  escapó del pueblo  dejó   una nota a mi abuela  Antonia “adorada cuñada, siento hurtar  su dinero 200 Bs. Pagaré  cuando la  buena  fortuna me sonría, ahora lo necesito para sobrevivir”.
En la época,  ese dinero era una fortuna; con la suma se podían comprar dos buenas fincas.  
Al año, un mensajero colombiano, entregó a mi abuela un sobre con 250 Bs
Tecla Ivanoska  se había residenciado en Bogotá y se casó con un intelectual ruso de izquierdas 20 años mayor
En  1947 su esposo aceptó un cargo diplomático en Moscú. Allí, la tía  Tecla estudió abogacía, se doctoró en ciencias políticas  y hablaba seis  idiomas. No procreo y falleció  en Lion, Francia,  en   el 2008.           
Tecla  no regresó jamás al pueblo, la familia la desterró,  hasta el 2002 mantuvo contacto oculto con mi tío Ramón, quien  falleció de un  infarto.
Mi primo  y yo  llegamos  al santuario, mis alumnos se quejaban:
-          Nos duelen hasta las pestañas   
Levantaron   una pancarta “profe, te amamos somos un equipo invencible”.
Nos abrazamos grupalmente  e informé con orgullo
-          He llegado hasta aquí gracias a Franklin  y al espíritu decidido  de mí tía Tecla; estuve a punto de defraudaros.

Gracias a l@s 650 que habéis descargado: https://freeditorial.com/es/books/catarsis
Continuamos puesto 16.

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