Radio de los 60s

martes, 18 de septiembre de 2018

CARLOS III: EL INESPERADO - La Guerra de la devolución-




La Guerra de la devolución

A la muerte de Felipe IV (1665), Carlos II tenía cuatro años.

Las intrigas que se traían en Roma la princesa de los Ursinos y el cardenal Portocarrero eran muy complejas.
Un rey niño y debilucho.

Una regente, Mariana de Austria, que tenía sus propios proyectos e intereses.
Un bastardo reconocido y con poder, Juan José de Austria, que quería imponer los suyos.
La guerra proclamada por Luis XIV  en defensa de los derechos de su esposa sobre  Flandes, alegando que ésta era hija del primer matrimonio del difunto rey, mientras que el rey niño era hijo de un segundo, fue un duro golpe.

El Rey Sol recurrió a interpretaciones de justicia flamenca y madre insistía en atribuir un papel importante en la defensa de las mismas, en Roma, a la Ursinos.

Portocarrero no tuvo tan mal destino, los poderosos enviaban sus mejores embajadores al foro más visible de la política internacional.
No parece que el gobierno de Juan José de Austria anduviera desacertado.

La guerra que desencadenó Luis XIV duró un año (1667/1668) Gracias a la Tripe Alianza  (Holanda, Inglaterra y Suecia), el monarca francés tuvo que ser más benévolo en el Tratado de Aquisgrán (1668) que marcó el principio del fin de la potencia española.

—Pese a todos los esfuerzos que hizo por parir un sucesor, María Luisa de Orléans murió sin dejar descendencia.
La expresión que utilizaba madre era emblemática.
Bien sabía yo que la cuñada del REY SOL no era ajena a los tejemanejes.

—¿Y el matrimonio de Carlos II con Mariana de Neoburgo?

Madre buscó un rato la respuesta, para soltarme el discurso más largo que he escuchado de su boca en toda mi vida.
Parecía incomodarle mi corta edad.
En realidad, yo creo que la cosa venía más del agobio que sentía ante la urgencia de dejarme bien armado antes de un fallecimiento que preveía pronto.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Carlos III: EL INESPERADO - La Princesa de los Ursinos




 La princesa de los Ursinos.

María Ana de la Trémouille nació en una familia intrigante; desde niña  estuvo integrada en la Fronde;  insurrección de la alta nobleza que hizo de la infancia de Luis XIV una horrorosa pesadilla que perfiló el “REY SOL”

Ana de Austria, su madre, tuvo que llevarle de castillo en castillo, para salvarle de una insurrección cada vez más preparada para atizar un buen zarpazo a una regenta obstinada en mantener una soberanía que el niño rey no tuviera que compartir con la alta nobleza.
En 1648, el Parlamento, compuesto por la última, se atribuyó el derecho de descalificar al soberano por el mal gobierno que consideraban ejercían  la regenta y su primer Ministro, el cardenal Mazarino. Uno de los argumentos era la subida de impuestos que sufrían para salvar el imperio español.

Ana de Austria estaba terriblemente implicada, por imponer los intereses de su cuna y violar los del reino que ostentaba y por unas murmuraciones sobre las relaciones entre la soberana en funciones y el cardenal
 De hecho, años después, la Palatina pregonaba que la madre de su esposo se había casado, en secreto, con su primer ministro.

Las protestas de la nobleza fueron bien acogidas por el pueblo.

El futuro soberano y los que gobernaban en su nombre carecían de seguridad en París. Lograron librarse de las iras en su refugio en Saint-Germain , pero el gozo no duró mucho, a la nobleza y al pueblo se unió la burguesía, los perseguidos intentaron huir a España, pero fueron atrapados y llevados al Louvre para custodiar allí el niño que reinó con el nombre de Luis XIV.

Todo quedó (en la expulsión de Mazarino, en 1652,  y en un “aviso a navegantes”. Se había puesto fin a cuatro años de huidas desesperadas.
Ana María de la Trémoille, hija del “Frondeur”, duque de Noirmoutier , nacida en 1642 tuvo su participación, pese a su corta edad.

¡Había sido bien educada para ello!
Su padre, el duque, medró bien con la Fronda, pero, cuando el príncipe de Conti se reconcilió con Mazarino y casó con la sobrina del cardenal desterrado, Ana María Martinozzi, el duque de Noirmoutier ya era más absolutista que el papa.

Con matices, claro. Las intenciones del príncipe eran las de un enlace con la hija de la confidente de Ana de Austria, la duquesa de Chevreux.

Este matrimonio fue mal visto por los que fueran rebeldes y así, optaron por la alianza con el ex primer ministro.
La princesa de los Ursinos llegó a la edad adulta  con su matrimonio con el conde de Chalais (1659) , descendiente de Enrique  de Talleyrand Périgord, conde de Chalons, que fue amante de la duquesa de Chevreux y ejecutado por su complicidad con Gaston de Orléans, hermano de Luis XIII,  en la tentativa  para destronar al monarca.

La Ursinos tenía dieisiete años.

 Pese a los graves antecedentes de la pareja, ambos tuvieron acceso a la sociedad de Luis XIV, que reinaba desde 1643.

Curiosamente, el monarca francés obstentó con orgullo el título de Conde de Barcelona, con el nombre de Luis II  desde esta misma fecha hasta que terminara la sublevación de Cataluña (1652)

La buena acogida de los Chalons tuvo un rápido y triste final. El príncipe fue uno de los protagonistas de un duelo que atrajo las iras del monarca y todos los implicados fueron desterrados

Los Chalons fueron bien acogidos como agentes de España.

El marido fue apresado en una misión en Portugal. La esposa siguió en sus funciones tres años.
Aprendió la lengua, la política y las intrigas de su país de acogida.

Ya viuda, se trasladó a Roma, donde conoció a su segundo marido, el rico e influyente duque de Bracciano , con quien contrajo matrimonio en 1675, y de quien tomó, al enviudar, el título de princesa de los Ursinos.
Era una despilfarradora, pero nadie podía disputar a la señora la capacidad de negociar .
España se pulverizaba mientras l@s polític@s de este país se daban zarpazos o usaban venenos…

—Yo creo que el cardenal y la princesa hicieron lo  correcto.
Insistía madre.

Me lo había empezado a decir cuando aún no había cumplido yo los seis. Comprendo su decisión.
Ella ya había adquirido, a esa edad, la destreza para que la cuñada del Rey Sol le confiara misiones.
 No sé muy bien a qué edad empecé a comprender o  si he llegado a hacerlo.

El cardenal Portocarrero fue embajador de España en Roma desde 1670 hasta 1679.En todo este tiempo, la Ursinos  y el cardenal llevaron la política internacional española desde Roma.
Cierto que la princesa era una agente de Luis XIV y que el cardenal defendía los intereses de Carlos II de España.

—En 1678 se firmó la paz de Nimega, Carlos II y el entonces su primer ministro, su hermanastro, bastardo reconocido, Juan José de Austria, salían perdiendo, pero  se pactó el matrimonio del soberano español con María Luisa de Orléans, hijastra y protegida de la Palatina.

Me recordaba, con insinuaciones, madre.

domingo, 16 de septiembre de 2018

CARLOS III: EL INESPERADO - Jacobo Fitz-James Stuart y Churchill -



Jacobo Fitz-James Stuart y Churchill 

Hijo ilegítimo de un duque de York  que reinó, posteriormente,   como  Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia, nació en Francia en 1670 y fue educado en su tierra natal. En realidad se sentía francés, pese a que pasó un corto periodo en Inglaterra (1684)
 Su padre accedió al trono en1685, él ya había regresado a Francia e iniciado su carrera militar al mando del duque de Lorena. Volvió a la corte de su padre hasta que éste fuera destronado (1688) y ambos se refugiaron en Francia.

En 1701 se hizo francés, elección muy valorada en Versalles, hasta el punto en que, en 1704 se le confió el mando del ejército que acudió en apoyo de Felipe V de España.
Tuvo idas y venidas, entre otras cosas por su papel de apagafuegos  de Luis XIV, como fue el caso  de la ocupación de Niza ( 1705) , territorio que pertenecía al padre de la reina de España y de la duquesa de Borgoña, madre de Felipe V ,  o para participar en las negociaciones del Tratado de Utrecht (1712), que hizo que las potencias reconocieran la soberanía de Felipe V.
Tuvo que volver a España, puesto que pese a las batallas que había ganado este hombre; todas las decisivas, quedaba una insurrección de una Barcelona que se negaba a doblegarse pese al tratado de paz.
Fitz-James lo consiguió el 11 de septiembre de 1714 ; decidió que el asunto estaba resuelto y que ya podía disfrutar de un merecido descanso en las tierras que le había concedido el rey al que su arte militar había asegurado el trono, junto con los títulos nobiliarios que incluían la grandeza de España y el Toisson de oro.
Felipe V consideraba  que los súbditos insumisos deben ser sometidos a castigos tan cruentos que su imagen sirva como repulsivo a cualquier intento.
No pensaba así un militar que respetaba a sus enemigos derrotados, como mostró en la Batalla de Almansa  (25 de abril de 1707), con la celebración de un banquete en el que incluyó a los altos oficiales del ejército que había derrotado.
Madre , ya lo he mencionado, me explicaba lo justo.
Pese a los rumores que circularon sobre el papel que jugó este hombre en la caída de la estima de la princesa   en Versalles, no tengo la impresión  que un bastardo tan rápidamente ascendido por sus méritos, jugara un papel tan decisivo en el destronamiento de  la Ursinos.

Isabel Carlota era una criada muy estratégicamente bien situada por la Palatina, duquesa de Orleans y cuñada muy escuchada del rey sol.
No podía ser de otra manera, ésta tuvo el valor de esposar y dar estirpe al hermano homosexual del soberano, cuando se comentaba en todas las cortes la participación de ambos hermanos en el envenenamiento de la predecesora: Enriqueta de Inglaterra.

Isabel Carlota era uno de los agentes que había enviado a España la intrigante cuñada del rey
Pero primero, madre tuvo que atraer la atención de la Maintenon y lograr que la última requiriera sus servicios.

¡Ay las cortes y las cortesanas!
Fritz James era un hombre de confianza para mi madre.
Lo hubiera sido para mí, pero no he tenido el placer de conocerle
Quizá sea un bastardo suyo. No es imposible y es mi sueño.
Madre, como en casi todo, no afirmaba o desmentía:
—“Pó” que si “pó” que no.
Debí darle pena; no tardó mucho en agregar.
—Puedes sentirte orgulloso de haber sido engendrado en acto de servicio.
No me dijo más, pero sus palabras mostraban demasiado la admiración que sentía por el personaje:
—Me consta que Jacobo se limitó a defender su actuación frente a las acusaciones que le había dirigido el rey de España.  Cuando hizo mención a la princesa y a la reina María Luisa de Saboya, lo hizo para mostrar el gran respeto por ambas y hasta aceptó influir en Felipe V, en varias ocasiones, llevándole a los campos de batalla. Todo inútil.
Sabía a lo que se refería mi madre, ¡Me lo había contado tantas veces!
Felipe V era un tesoro de “virtudes”: cargado de miedos, de lujuria, de taras, de pereza,  y sediento de forma patológica  por la sangre. De ahí su pasión por los toros y las masacres que hacían otros para su gozo y el ensañamiento con el reino de Aragón y especialmente con Cataluña.
Su odio y ceguera le llevó a suprimir el condado de Barcelona, pese a que:

Él lo había heredado como rey de Aragón.
El condado había creado dicho reino
Al papel que había jugado en la historia un condado creado por el hijo de Carlomagno, Ludovico Pio (801).
Este último monarca supo, en este caso, administrar sus conquistas: creó la Marca Hispánica, compuesta de condados que impedirían el paso de la invasión islámica a su imperio. ¿Cómo? Simplemente porque compartía intereses con los condes, su forma de designar a los representantes elegidos en sus respectivos territorios.

El rey de España se dejaba atrapar por su perversidad y no veía la riqueza que necesitaba en unas arcas vacías.

Sus gobiernos si lo vieron, no creo que comprenderían a Ludovico Pio, .pero sí tomaron las medidas necesarias para proteger y aumentar la producción de las tierras castigadas.
Estoy convencido de que la princesa de los Ursinos jugó un papel importante, tanto en la toma de decisión de estas medidas como en la reparación de los errores del soberano.

sábado, 15 de septiembre de 2018

CARLOS III; EL INISPERADO- Las políticas y los venenos-


Las políticas y los venenos

Nunca sabré lo que hubo; no puedo pasar más allá de las meras sospechas que me inspiran hechos:
Felipe V pasó su vida devorado por los miedos.
Nada de extrañar en un caso como el suyo: segundo hijo de un Delfín con descendencia;  tenía pocas probabilidades de acceder al trono francés.

Pero, una serie de muertes precedieron a la de Luis XIV: el Delfín, en 1711; el primogénito del mismo, 1712 , los dos primeros hijos del último ,en 1705 y en 1712.
 El único superviviente gobernó con el título de Luis XV: un niño muy frágil.

El soberano español ocupaba el primer lugar en la línea de sucesión al trono francés.
Odiaba gobernar España; abdicó en su hijo Luis I  en1724.

Buscaba un Versalles en el que sedimentaron sus miedos. 

Los escándalos de venenos, ya aludidos,  implicaron a la entonces amante de Luis XIV, la marquesa de Montespan ,  a quien se acusaba, entre otras cosas, de suministrar brebajes al soberano, al objeto de tenerle dominado por la pasión amorosa.
Rumores que jugaban gran papel  en una corte marcada por “muertes sospechosas”, como fue el caso de la primera duquesa de Orleans, Enriqueta de Navarra , en 1670 o la de la madre del primer Borbón que se sentó en el trono francés, la reina Juana de Navarra , en1572. En ambos casos se adujo razón de Estado.

La argucia cayó por su propio peso: el asesinato de Juana de Navarra por la reina Catalina de Médici no impidió que el hijo de la envenenada, el jefe de los rebeldes protestantes, fuera coronado, aunque, el nuevo soberano abrazara el catolicismo. “París bien vale una misa”, dijo el nuevo rey de la dinastía Borbón, en Francia, Enrique IV.

También la Delfina, María Ana  Victoria de Baviera  metió todo tipo de temores a sus hijos.
Razones no faltaban a la dama.

 Llegó a Francia ilusionada; Luis XIV la necesitaba para ejercer un papel de primera dama que venía largo a la reina María Teresa de Austria,  y que era usurpado por las amantes del soberano.
 La vida licenciosa del último  estaba implicada en las historias de los envenenamientos y el propio Luis XIV tenía interés en la desaparición de su amante y cuñada, Enriqueta de Inglaterra.

 María Ana  defraudó a su suegro cuando éste más la necesitaba; fue acusada de hipocondría, injustamente, puesto que  la autopsia que se realizó tras su muerte (1690),  reveló que eran ciertas las dolencias que la difunta alegaba para recluirse en sus apartamentos, en los que se comunicaba en alemán para tratar de aliviar los miedos que le inspiraba Versalles.
La difunta fue sustituida por la duquesa de Borgoña, María Adelaida de Saboya,la hermana de María Luisa Gabriela de Saboya, primera esposa de Felipe V.

María Adelaida iluminó y legitimó Versalles solamente un año; murió en 1712, supuestamente del sarampión. La autopsia no mostró síntomas de esta enfermedad y se volvió a pensar en el veneno puesto que se encontró sangre abrasada.

Así nos vino Felipe V; cargado de miedos y de taras.
Hay otra cosa que marcó a este personaje siniestro y a sus herederos: la atracción por la sangre derramada por sus víctimas.

Le bastaron las corridas de toros para hacerse español; su ensañamiento con Cataluña le llevaba al orgasmo. La caza siempre estaba a su alcance.
Pues sí, Felipe V nos impuso sus taras  al futuro Carlos III y a mí.

¿Por qué pensé que madre hubiera podido actuar contra María Luisa Gabriela de Saboya?
Esa pobre mujer sufría de tuberculosis y al mismo tiempo sabía que tenía que dar placer al rey en la cama, y  engendrar hijos.  Ya había cumplido, con creces esta última  misión, pero le quedaba la de calmar la lujuria de su real marido.
Había dos formas de  atacar a la reina:
Actuar sobre  su delicada salud
Cargar más la fogosidad del marido.
¿Lo hizo madre?
¿Por qué me asalta la duda?

Quizá sea por el ambiente que creaba Felipe V en el entorno en que nos tocaba vivir.
 Quizá, también fuera  por  las disputas de la princesa de los Ursinos y de la Maintenon a las que tan a menudo aludía madre.

Se me ocurre otra explicación, aunque nadie me la haya evocado.

El padre de la difunta, Víctor Amadeo  II de Saboya, desde el inicio de su reinado, 14 de mayo de 1684, se mostró recalcitrante en seguir la alianza con Francia inculcada por la regencia de su madre, pese a su reciente alianza con Ana María de Orleans, hija de la envenenada  Enriqueta de Inglaterra, y por tanto, sobrina de Luis VIV.

Poco duró la alianza, el saboyano decidió adherir a la Liga de Augsburgo (1688), opuesta al predominio francés.

Pero, sus intenciones fueron descubiertas a tiempo por el “amigo” al que se disponía a traicionar, y pagó su traición,  pese a  una efímera victoria de as fuerzas hispano saboyanas  en Cuneo (1691). La derrota llegó pronto (1693) y el buen Amadeo volvió a sus amistades con los franceses y en prueba de ello casó a su hija María Adelaida, que fue madre de Felipe V de España,  con el duque de Borgoña y Delfín  (1697)
o surgió la GUERRA DE SUCCESIÓN A LA CORONA ESPAÑOLA  (1702), Luis XIV desconfiaba de Saboya  y esa fue una de las razones de concertar el matrimonio de Felipe V con María Luisa, Gabriela de Saboya.

No sirvió de gran cosa esta alianza, puesto que en 1703, el ingrato padre se unió a la Gran Alianza.

Francia y España tenían a toda Europa en contra y las pérdidas eran considerables.

La princesa de los Ursinos no estaba dispuesta a dejar su hueso, pese a las magulladuras que sufrió de todas partes.

La Maintenon y Luis XIV consideraron que tenían mucho que perder: las arcas estaban vacías, la población hambrienta  y, lo peor, cada vez había más riesgo de que se produjera una invasión, Lille cayó en 1708.

—¡El matrimonio de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya  no había sido, definitivamente, una buena idea!
Dije sin aspavientos
—Estás hablando con Isabel Carlota, la agente de la Palatina, madrasta de María Ana de Orleans, a quien defendió como si  la hubiera parido, y  madre de María Adelaida y  de María Luisa.
 Madre nunca disponía de tiempo para explicaciones.
Por algo  se molestó en darlas en aquel momento:
—Mira…
Se interrumpió mientras dejaba asomar una ternura que nunca había descubierto en ella.

—Tenía tu edad cuando entré de fregona en los apartamentos de Madame, título honorífico que ostentaba la cuñada de un Luis XIV , alejado de ella por la entrometida Maintenon. Era una historia de viej@s. Yo era una niña…
No se abandonó mucho tiempo a la emoción.

—Simplemente porque sí, me puse, desde un principio,  del lado de la Palatina. ¡Me caía bien la vieja!

Pausa apaciguada.
—Ella no tardó en hacerme comprender que la simpatía era recíproca. Dejé de ser criada, a los seis añitos, para crecer como hacen los capullos de los gusanos de seda.
¿Dejaba salir una lagrimita?
Espero que lo hiciera aunque tengo mis dudas: sus maquillaje, peinado y actitud me inclinaban  a pensar lo contrario.

Me dio un beso que me dejó con las mismas dudas.
—Verás...
¿Carraspeaba?
Siquiera me dio tiempo a preguntármelo.
—No da de sí la miseria y la corte es nauseabunda, pero da mendrugos. Mi familia tuvo que luchar para conseguirme el empleo de fregona y yo tenía que reembolsar los esfuerzos y mi crianza. ¿Eran mejores que las cortesanas intrigantes a las que servíamos?
Me miró fijamente mientras me decía, sin muestra alguna de propósito de enmienda.
—Aprendí: me costó años, pero no soy una criada y disfruto del confort de una señora. He hecho de ti un señor que no ha necesitado perder tantos años en el aprendizaje.
—¿Por qué estorbaba María Luisa Gabriela a la duquesa de Orléans?
No sé de dónde me vinieron las fuerzas, pero sentí que había dado en el clavo.
—Estorbaba a la Maintenon. Francia acumulaba derrota tras derrota y a unas arcas vacías se unieron las furias del invierno  francés de 1709. La situación amenazaba explosión y la diplomacia de Luis XIV se puso a buscar una paz que terminara con la sangría…
—Ya, y la Ursinos y la Saboya se obstinaban en preservar el reino de España. Una historia de mujeres ¿Cuáles son nuestros intereses, quiero decir, los de la Palatina?

—Tendrás que desintoxicarte de los miedos a los venenos que impone este rey enfermo.
Ciertamente; el ambiente estaba muy cargado por los miedos del rey y por la desmesurada ambición de Isabel de Farnesio.

Recuerdo que el príncipe Carlos y yo temíamos  que la reina cometía brujería con unos hijastros que mantenía aislados y siquiera nos dejaba nombrar.
Decididamente, era una bruja y, desde luego, yo lo pasaba muy mal cuando acompañaba al primogénito a sus visitas al laboratorio que se había hecho montar la reina.

Allí había potingues, cachivaches,  telescopios, alambiques…
Estábamos tan alejados de miradas como los intrusos hijastros. Tenía que disimular mis temores con la sonrisa que tanto esmero había puesto en inculcarme mi progenitora.
El príncipe parecía disfrutar. Temo que se aferraba al único alivio que se le otorgaba a la lejanía de un padre que vivía en su mundo, y de una madre atrapada por la ambición y por el desgarro que suponía llevar las riendas de caballos desbocados.

—Muy pronto reinarás sobre el territorio que gobernaba Víctor Amadeo de Saboya, el pusilánime padre de la finada madre de tus hermanastros.

Me quedé de piedra cuando escuché eso de la reina.