Radio de los 60s

domingo, 30 de septiembre de 2018

Mi artículo de hoy




 
Un mensaje para ti

Ayer me enteré de que la inyección semestral que tomo contra el cáncer te cuesta casi 600 euros.  Suma y sigue.: la sangría de la Seguridad Social; las razones que invocan quienes proclaman que el Estado Solidario no es sostenible.  No me culpes, me utilizan en una violación de la economía de mercado imperante.
Cada vez hay más cánceres y las subidas de los medicamentos, como el de la energía, es mayor.
No se trata de funcionamiento sano de una “economía de mercado”, en ambos casos hay dopaje .¿Violación de dogmas?
Veamos en el caso de la terapia del cáncer:
Miguel Jara lo explica muy bien en su artículo: “Traficantes de cáncer: farmacéuticas que especulan con los fármacos para esa enfermedad”: http://www.migueljara.com/2018/04/18/traficantes-de-cancer-farmaceuticas-que-especulan-con-los-farmacos-para-esa-enfermedad/
Algunas frases significativas:
En España, algunas de las terapias más empleadas para tratar tumores alcanzan los 100.000 euros por enfermo al año”
“Las cifras de muerte por cáncer no decrecen y cada vez es mayor el número de casos diagnosticados”
“Los tratamientos para el cáncer son uno de los grupos de medicamentos con precios más altos y que más ingresos generan para la industria farmacéutica”
Estamos pagando dos veces estos medicamentos. Primero, al financiar con nuestros impuestos su investigación y luego, cuando están a la venta, pagando con nuestros impuestos su financiación”.
Pues mira, hoy en  mi recorrido matutino,  he intentado explicarlo  en mi entorno  y se me ha respondido que hoy tiene demasiados problemas en su cabeza. Vamos, “Lárgate con viento fresco”.
Por eso me dirijo a ti. !!!No estamos sol@s¡¡¡

CARLOS III: EL INESPERADO María Amalia de Sajonia



María Amalia de Sajonia

En efecto la que llevaba el timón del reino durante nuestra la ausencia del rey, su esposo, me había felicitado, con entusiasmo, por la inmediata y eficaz respuesta de los Lazzaroni a la amenaza de los cañones ingleses.

“Ahora comprendo tu apuesta”, escribía una reina que sabía apreciar la eficacia de lo que se le había presentado como chusma.
En efecto, Su Majestad Católica la había aleccionado para que alejase del rey Carlos esa “tara” que consideraba la Farnesio, la “excesiva escucha de su hijo a un populacho nauseabundo”.

La madre que había escogido con lupa a la María Amalia Walburga, hija primogénita de Augusto III de Polonia y elector de Sajonia, se equivocó una vez más.
La desposada tenía 13 años, el marido 21.
La boda por poderes se celebró en el palacio sajón de Dresde, el 9 de mayo de 1738.

El encuentro de la nueva pareja se produjo  el 19 de junio.

Esa misma noche consumaron el sacramento.
Seguían al pie de la letra las órdenes de la Farnesio.
No hubo fruto hasta que la reina cumplió 15 años, en 1740.

Como consecuencia de no haber esperado a la pubertad de la desposada, la niña, María Isabel Antonia  nació muy débil y su salud agravó alarmantemente en aquel fatídico agosto de 1742, en que la Armada inglesa amenazaba con bombardear Nápoles.

 Marianina y María Amalia  tenían una gran intimidad en su correspondencia, pese a la férrea censura impuesta por la Farnesio.

Una sirvienta de las intimidades de la reina de Nápoles  supo encontrar el momento y el lugar para que Su Majestad leyera y respondiera.
Estas mujeres compartían mucho.

Ambas amaban a unos maridos que les habían sido impuestos. No se planteaban el uso que la política hacía de ellas. Lo aceptaban como un destino.
Otra cosa es el mal uso que sufrieron.

Ninguna de ellas tenía un proyecto político. No les gustaba el que padecíamos.

Puedo opinar sobre esta correspondencia, porque tenía que leerla para dar fe ante tod@s l@s afectados para hacer posible que estas mujeres sacaran sus entrañas.

Habíamos hecho un buen trabajo, posible, claro, porque estas criaturas eran muy sensibles y porque los maridos que les había dado el “destino” tenían madera para tomar sus propias decisiones en el gobierno.

En efecto, el rey de las Dos Sicilias estaba a punto de tomar las riendas. Así lo haría después, el rey Pedro I de Portugal.

Pese a la inquietud de la reina María Amalia por el empeoramiento de la salud de su primogénita, en el mensaje que ésta había enviado a su real esposo le indicaba su confianza en la Piazza, que había sido activada por los Lazzaroni.

La familia real estaba bien protegida.
Se limitó a explicar que su padre, el rey de Polonia  se disponía a firmar un tratado de paz con la reina de Hungría María Antonia de Hugría, porque el soberano consideraba que la guerra proclamada por Francia contra la última y los aliados de la misma, Inglaterra y Holanda, el 3 de julio de 1742, se había hecho sin consultar con los aliados.

—Y por tanto, el rey de Nápoles, víctima no consultada…
El rey esperaba mi conclusión.

No se la di, tanto él, como yo, sabíamos que la Farnesio se había metido en ese lio y que el rey de Cerdeña  había firmado una alianza con la reina de Hungría, para obtener el apoyo de ésta en la conquista de los territorios italianos que estaban en manos de los Borbón.

Ya estaba acercándose a los ducados de Parma y Plasencia, gobernados entonces por su hermano, desde junio.

El hermano de sangre imploraba una respuesta.
—Su Majestad la reina de las Dos Sicilias os ha expresado su confianza en vuestros súbditos. Tenéis que contar más con ellos que con un juego político que augura grandes cambios que afectan a las potencias; Nápoles tiene que encontrar su espacio y para ello necesita dejar clara su neutralidad.
El rey parecía dudar.

Mi respuesta no podía hacerse esperar.
—El rey de las Dos Sicilias nada puede hacer contra la invasión inglesa.
—Has afirmado que el pueblo resiste…
—Lo hace. ¿Cuánto tiempo podrá resistir al bloqueo?
El hermano de sangre me vomitó sus miedos.
—¿Quién nos defenderá frente al avance del sardo?
—El pueblo, ese que está comprobando que les estáis liberando del imperio extranjero, el de las potencias que están perdiendo su poderío.
—Si, como afirma la reina, su padre,  el rey de Polonia y elector de Sajonia va a salirse de esta guerra…

El rey y yo no hicimos mención a la ausencia de noticias sobre la salud de la princesita.
Yo había leído el mensaje enviado por un padre angustiado,  a nuestra Marianina”…
—¿Y el Regimiento de Infantería de Palermo?
Se inquietó el rey
Nada más fácil de tranquilizar.
—¿Puede caber la menor duda sobre la respuesta del  coronel  Giovanni Battista?

sábado, 29 de septiembre de 2018

CARLOS III: EL INESPERADO La princesa de Brasil II




La princesa de Brasil II

Marianina y yo tuvimos correspondencia privada y sin censuras desde un mes después de su llegada a París.
La Palatina estaba de por medio y el Regente, su hijo, necesitaba mantener el entusiasmo en una niña a la que imponía  una dura agenda; era el espectáculo que necesitaba para hacer olvidar la quiebra económico que había creado su gobierno con el desastre del sistema Law, un economista que se había traído de Escocia.

Este hombre llenó unas arcas que las guerras de Luis XIV habían dejado vacías, hacer de la Bolsa de París el centro mundial de la especulación y enriquecer a ricos y no tan ricos, en Francia corría a chorros, un papel moneda avalado por acciones de la Compañía  francesa de las Indias Orientales  que subían vertiginosamente de precio; un chollo.

Todo se vino abajo cuando la fiebre de ventas hizo caer el precio de las acciones por los suelos.

Law huyó protegiéndose  vestido de mujer.

Francia volvía a estar en bancarrota, pero el regente y la “supuesta” dama habían hecho su agosto.

No faltó nada a la alegre princesita, excepto el tiempo para una educación que ella siempre rechazaba; su escritura fue toda su vida la de una niña que se agarra a esa infancia arrebatada.

Claro que conocía de memoria el mensaje que había recibido el rey Carlos de nuestra “Marianina”.
Ésta estaba en su primer embarazo y temía que la gestación no llegara a buen término; los médicos aconsejaban reposo y aire fresco y limpio, sus suegros, los reyes se oponían a que abandonase el palacio real.
La princesa de Brasil tenía letra y ortografía que causaban escándalo, pero ¡tenía una lucidez!
En muy pocas y llanas palabras explicaba a su hermano la necesidad de liberarse del yugo de una madre incompetente y con delirios de grandeza. Su suegra así se lo había hecho comprender: “No es sano que una mujer tenga relaciones sexuales antes de la pubertad”

Había anunciado María Ana de Austria, la reina de Portugal, el mismo día en que se produjo la entrega de las princesas , enero de 1726: Marianina por parte española y María Bárbara de Braganza por parte portuguesa.

Ambas estaban destinadas a reinar por sus matrimonios con los príncipes herederos, respectivamente, Pedro, y el hermanastro de la princesa, Felipe.

Nuestra “Marianina” tenía 11 años y su suegra decretó que no tendría relaciones sexuales hasta que tuviera la prueba de que la futura madre de sus
nietos había tenido su primera menstruación.

La Farnesio tenía mucha prisa en que su hija diera un heredero al “reino amigo” de Portugal y acosaba a la princesa. La última, aún resignada a la obediencia como única supervivencia, imploraba el permiso de su suegra. Esta, al final cedió  y concedió el permiso cuando su nuera cumplió los 15 años, Era impúber, pero los argumentos y amenazas de la Farnesio, le hicieron ceder.

El mensaje era muy claro. La princesa de Brasil expresaba sus temores de que el fruto de su vientre pagara por no haber sido ella misma capaz de liberarse de las órdenes de una madre estúpida y voraz.

“Yo sufro en mis carnes el castigo de un embarazo precoz”, venía a decir la pobre niña aterrada, “espero que la criatura no pague por mis debilidades”, concluía con su escritura defectuosa, que tanto el rey como yo traducíamos a nuestro lenguaje de “adultos”.

—Ahora quemaremos los papeles aquí.
Dijo el rey de Las Dos Sicilias mientras señalaba la chimenea.
—Supongo que no pondrás obstáculo.
Añadió el amigo casi ya sin voz por el abrazo que nos trasportaba a aquellos felices años que nos regaló nuestra Marianina.

viernes, 28 de septiembre de 2018

CARLOS III: INSPERADO La princesa de Brasil I





La princesa de Brasil

—¿Cómo has conseguido burlar las censuras para que me llegue esto?

Su majestad tenía en la mano una carta escrita por la propia Marianina, a escondidas, yo había intervenido para que le llegara sin dejar rastro.

No pude reprimir un gesto de desaprobación. Una vez llegado el mensaje a su destinatario, debía ser destruido, por nuestra seguridad y por la de Su Alteza Real la Princesa de Brasil y Duquesa de Braganza, nuestra entrañable Marianina.

—He querido que lo quememos juntos…
El soberano se sintió obligado a justificarse.
—Nada que temer; desde que me lo hiciste llegar lo llevo encima. Aún nadie ha tenido acceso a mi persona y también Marianina  ¿Recuerdas que se enteró de lo nuestro y fue la primera que se hizo la herida para hermanarse en nuestra sangre?

¿Cómo no recordar aquel gesto que cuya ocultación causó tantos dolores de cabeza a madre?
Acababan de anunciar a la infanta su compromiso con Luis XV. No sé cómo se las arregló la chiquilla para burlar a sus niñeras y a la férrea vigilancia que la Farnesio imponía a su primogénito.
Encontrarme a mí era más fácil; yo estaba allí para que me descubrieran.

—Me pregunto cómo logró enterarse de nuestro hermanamiento de sangre.
Dijo el amigo que ha aprendido de su hermana a bajarse del pedestal cuando hace falta.

—Recordad que esa niña cautivó a Francia.
Yo mismo le había hecho llegar la descripción del entusiasmo que provocaban en París las frecuentes apariciones de la niña futura reina que nos hacía llegar la Palatina.

Sus Majestades Católicas no habían tenido tiempo de consolar a un hermano atormentado.
El saboreo del triunfo de la infanta y los sueños de gloria ocupaban el escaso tiempo que dejaban las intrigas, la lujuria, los miedos y las ambiciones a los monarcas.

—Memoricé esa correspondencia, como indicaste y soplé  bien fuerte para dispersar las cenizas de un documento que podría delatarte. Esta vez lo haremos juntos mientras traemos con nuestra mente, a Marianina.

jueves, 27 de septiembre de 2018

CARLOS III: EL INESPERDO Las monedas de Cesar





Las monedas de Cesar

 —Así es, mi fiel amigo.
No me atreví a, siquiera a acercarme, aunque era claro que ambos necesitábamos el abrazo reconciliador y nos estábamos agobiados por  el peso de un protocolo que se interponía.

Al rey le pesaba una corona que se le había ceñido sin preguntar.

—Me alegré mucho verte en el séquito que me acompañaba a lo que sentía como mi “Monte de los Olivos”

El silencio se cargó de emociones compartidas.
Recordé aquel día en que el príncipe se había caído, en nuestra infancia en una corte española siempre alborotada. Le levanté con la suficiente rapidez. Nadie pareció  que percibir. sangraba un poco. Yo hice brotar la mía y nos hicimos hermanos de sangre.

El rey me mostró una de las monedas que se habían hecho acuñar en su nombre.

—Disponemos de poco tiempo, La Reina Católica me tiene muy bien controlado.

¿Se arrepentía de la confidencia?
No era el caso. El silencio se debía, probablemente, a la búsqueda de palabras.
—Necesito, con mucha urgencia encontrar respuesta a la ofensa que ha infringido a mis súbditos el acuñe de una moneda que les da por Cesar a su Majestad Católica Felipe V.

—Cierto que no ha sido muy afortunada la inscripción “De socio Princeps” en el reverso. Podría interpretarse que sois un vasallo del reino de España, situación extremadamente humillante  para vuestros súbditos.
Dejé que asimilara mis palabras. Necesitaba que sintiera que para su madre no era sino una pieza de su tablero. Yo hace tiempo que lo había hecho con respecto a la mía.

Él parecía responder a mis deseos. Lo vi en su rostro atormentado y me animé a continuar:
—Hay aciertos en la moneda; está el Vesubio en el mismo reverso y en el anverso dice muy claro: “Carolus Dei Gracia Rex Hispanirium enfants”. Sois rey por la gracia de Dios. Así lo afirmó, con la licuefacción  de su sangre san Jenaro, en presencia vuestra y en la del arzobispo Francesco Pignatelli.
—¿Tuviste algo que ver en el asunto?
¡La pregunta era tan inesperada!
—¡No!

Su mirada me regañaba.
Yo sabía que tenía que hacerme el tonto.

—La ampolla que contiene la sangre seca del tan venerado patrón de Nápoles está cuidadosamente velada por la Iglesia, por la Piazze
—Te hemos visto muy integrado con la última…
Eso ya lo sabía, ¡buenos esfuerzos había hecho para que se notase mi intimidad con los Lazzaroni.
Concentraba mis esfuerzos para hacer comprender al joven monarca que este pueblo despreciado por todas las instituciones con las que estaba dotado el reino y por la “diplomacia” de su real madre era su tabla de salvación.

Aprovechaba  un buen momento para transmitir el mensaje, el rey, una vez más, se había sentido vivamente contrariado por las políticas de la Farnesio.
Sufrimos juntos su primera herida cuando las “razones de Estado” nos habían arrebatado, en la flor de su infancia, a la única alegría que se expresaba en aquel sepulcro de nuestra infancia,  Marianita, como llamábamos, con cariño cómplice a la que fue prometida repudiada de Luis XV y desde el 19 de enero de 1729, princesa de Brasil.

Cuando la pobre niña  fue repudiada por Francia, en 1725, su alegría se había transformado en rencor por una madre que la abandonó en la crianza.

Esos odios hacían retumbar el Alcázar todo.
El último golpe lo acababa de recibir. Las órdenes de su Majestad Católica viraban al son de una diplomacia que cada vez ponía más en duda y que, además, contravenía proyectos de gobierno que tanto esfuerzo le habían costado.

Carlos no era amante de la guerra,le metió su madre en la misma, pero llegado a los ducados de Parma y Plasencia le había tomado gusto al gobierno, supo buscar “ministros” y consenso.

Él era un niño terriblemente asustadizo, enviado, como hicieran antes con la pobre Ana María Victoria, a cumplir una misión para la que no estaban preparados.
Se sentía solo.

No lo estaba porque, su hermano de sangre encontraba la manera de que resultase casual el encuentro del duque con los gobernantes adecuados.
No hacía la búsqueda yo solo.
Me ayudaba la red que heredé de mi madre , el cardenal Fleury y “Marianita”


miércoles, 26 de septiembre de 2018

CARLOS III: EL INESPERADO. Los Lazzaroni



 Los Lazzaroni


Las maniobras italianas de sus Majestades Católicas inquietaban en todas las cortes y también lo hacían en el propio Nápoles.

Habíamos llegado allí porque la muerte del rey de Polonia, Augusto II Wettin, el 1 de febrero de 1733 confrontó, abiertamente a Austria y a Francia.
Al no ser hereditaria esta corona, la elección del sucesor oponía la candidatura del suegro de Luis XV, Estalisnao Leszynski,  y Austria apoyaba al hijo del difunto monarca y elector de Sajonia, Augusto.

La diplomacia española contaba con la alianza francesa para invadir territorios austriacos del sur de Italia y el cardenal Fleury quería alejar el conflicto bélico de los intereses de Holanda y de Inglaterra.

Ese fue el único acierto, lo demás fue una sangría para las ya vacías arcas del reino, por las escaramuzas militares y políticas.

No bastó, ni mucho menos, con los tesoros arrebatados a los ducados de Parma y Plasencia, cuando su duque decidió la orden de abandonarlos para conquistar la corona de las Dos Sicilias.

Había que comprar a La Piazza, a la Iglesia y a San Jenaro, así como a los corifeo que pregonaban la “Santa Doctrina Salvadora” de unos napolitanos atrapados por el despotismo de un imperio austriaco que les había impuesto recientemente a un Virrey, Visconti.

También la Farnesio se ocupó de comprar al último para que hullera antes de la entrada triunfal del infante Carlos en Nápoles.

A nadie importaba que se llevara todo lo que pudo y tampoco se pensó en las dificultades de un gobierno que encontraba las arcas vacías o en la imposibilidad de cumplir las promesas de exoneraciones fiscales que hicieron con tanta generosidad Sus Majestades Católicas para lograr los aplausos al “libertador”.

Nada se hubiera conseguido sin el estruendo del entusiasmo de los Lazzaroni; el “populacho” para los diplomáticos.

Esos hombres y mujeres se hicieron dueños de la calle, desde la Porta Capuana y el Palacio Real. Alababan la belleza de un nuevo rey que consideraban representar a un San Jenaro cuya estatua no hacía justicia a aquella.

La llegada de Carlos a su palacio cimentó su gobierno y la sangre roja de San Jenaro se encarnó en un pueblo de todos olvidado.

martes, 25 de septiembre de 2018

Carlos III:EL INSPERADO. La forja de un rey




La forja de un rey



Palermo, 1734

—¿Por qué me hiciste creer que el cardenal Fleury era tu tutor por correspondencia?

El rey de las Dos Sicilias ya no era el niño asustado al que estaba destinada la leche de los pechos de mi difunta madre.

—Su Majestad vuestra madre recibió confirmación dos semanas después de que yo lo anunciara.
—Pero…

No hacía falta que mi interlocutor continuara.

Se tomó tanto tiempo para contar vaguedades que me dio tiempo y motivo para pensar mi respuesta.
Sabía que la intrigante consorte no le había informado de sus pesquisas, entre otras cosas, porque cuando yo me agarré al Abad, como llamaban cariñosamente al ministro de hecho de Luis XV. Era la única tabla de  salvación que  estaba tramando  con Austria su Majestad Católica, con la firma de los tratados del 30 de abril y del 1 de mayo de 1725. 

Madre me los había hecho memorizar, como ejercicio de mala fe por las dos partes, y para que aprendiera a desmontar entuertos.

El cardenal Fleury, cuyo gobierno se obstinaba en defender la paz, no estaba dispuesto a sacrificar a Francia, perjudicada por las concesiones que había hecho la Farnesio al emperador de Austria, Carlos VI, en materia de comercio con las colonias ultramarinas españolas. Lo mismo ocurrió con su homólogo inglés Walpole.

Ambos no hicieron esperar mucho su respuesta ; el 3 de septiembre, firmaron una alianza militar en Herrenhausen, a la que se unieron los otros perjudicados por las ambiciones de la consorte española: Holanda y Prusia y los aliados de los firmantes.

Las locuras que cometió la Farnesio para obtener coronas para sus hijos estaban arruinando España, aún más que lo hicieran las luchas entre la madre, la esposa y el hermanastro bastardo reconocido   de Carlos II…

Fleury y Wallpole no estaban dispuestos a permitir que la pólvora incendiase, una vez más a  Europa.

La reina, aquel día que ha marcado mi orfandad, necesitaba a Fleury, mi supuesto tutor por correspondencia, y tuvo pronta confirmación de la certeza de mi afirmación.
Así quedó claro cuando la imprudente consorte cambió de bando y firmó el Tratado de Sevilla, el 9 de noviembre de 1729: Francia, Inglaterra y España en nombre de la paz y de la amistad, se comprometían a la defensa mutua.

La Farnesio aprovechó el tratado para minimizar los impedimentos que ponía su precedente aliado a la toma de posesión del príncipe Carlos del ducado de Parma y del archiducado de Toscana.

Para entonces mi correspondencia con el cardenal era lo suficientemente fluida y segura como para que aquél me considerase agente de su confianza y se asegurara  de   mi supervivencia, educación  y cercanía con el infante.

—¿Por qué insistió tanto el cardenal en que me acompañaras a Italia?
La pregunta me pilló de sorpresa. Se diría que mi real interlocutor se acercaba al blanco. ¿Me había descubierto?
—Hace tiempo que vuestra Majestad hubiera estado al corriente de mis relaciones con el primer ministro francés si no hubiera sido alejado, como fui, de vuestra compañía, desde aquel fatídico día en el que perdí a mi madre.

El rey de las Dos Sicilias guardó un silencio que quería ocultar su pesar. Aquel que sentí cuando se llevaron a París a su querida hermanita, Mariana Victoria, a sus cuatro añitos, como prometida de Luis XV, en 1721.

—Gracias, amigo. Yo no te había olvidado. De hecho he seguido muy de cerca tus andaduras…
Su majestad tenía dificultades para callar las presiones a las que estaba sometido.
Reunió fuerzas para preguntar.

—¿Cómo te las has arreglado para que tu correspondencia escape a la censura y para facilitar que mis “guardianes” me hicieran llegar tus mensajes?
—Intuyo que su majestad me ha hecho llamar por otra razón.
Me atreví a insinuar.

lunes, 24 de septiembre de 2018

CARLOS III: EL INESPERADO . Las intrigas del Regente y de la Farnesio



   Las intrigas del Regente y de la Farnesio


Antes veía poco a madre; lo suficiente para dejar bien clarita mi misión. No necesitaba someterme a examen alguno.

Ella sabía lo que yo hacía en cada momento. Era como Dios, que dicen que es todo ojos y oídos.
“Pero carece de corazón”. Me corregía, siempre madre.
Ella sigue estando y yo aprovecho mis ratos libres para mantener el contacto con ella.

—La consorte solamente tuvo que atizar las ascuas de la megalomanía de un rey disminuido para avivar la guerra en una Europa que necesitaba la paz para curar sangrantes heridas.

¡Madre me había insistido tanto y con tanto detalle  sobre las víctimas que produjo el choque entre dos egos  activado por una intrigante!

—El Regente es el más inteligente.
Decía, convencida, y añadía:
—Nada que ver con las facultades de su madre, claro.
Ya me había trasmitido los mensajes provenientes de la Palatina y de la Maintenon,  que había quemado, tras memorizar.
Era la única, manera de burlar la férrea censura que ejercía la Farnesio
Imaginando a mi madre fallecida, aproveché su silencio para indicar que la última no se quedaba manca.
—Así es.
Me dijo, para añadir, con amargura:
—Luis XIV no era Felipe V o la Maintenon la Farnesio. Francia no es España. El REY SOL creó un estado, su nieto empeoró las instituciones españolas y, finalmente, el Regente llegó a poner en peligro el territorio que tenía la misión de custodiar.
— ¿Y la Palatina?
Me atreví a preguntar.
—Debo todo a esa mujer, pero temo que habría tomado las mismas decisiones que su hijo en esta materia. Felipe V era el cabecilla en la sombra del Partido Devoto, en el que estaban los bastardos legitimados de Luis XIV. Montaban la marimorena.
—Te había entendido que el primero que atacó fue el Regente con las Triple (Inglaterra, Francia y Provincias Unidas, contra  España: 1617)  y Quádriple ( las mismas más Austria (1718)  Alianzas.
—Pensaba haberte explicado que eso ocurrió en respuesta a la provocación de la Farnesio, con la toma de Cerdeña y de Sicilia.
—Sí, pero esas alianzas se quedaron en papel mojado hasta la activación de la guerra, por el Regente, en 1719.
—Después del ataque del Partido Devoto, financiado y activado por la embajada de España, la Conspiración de Cellamare (1718), que estuvo a punto de tumbar al Regente y de la activación, por los mismos socios, de una revolución en Bretaña, en 1719.
—Comprendo
Madre sabía que lo había hecho y continuó.
.—Estos pájaros volvieron a anteponer sus intereses con el pacto de alianza de defensa mutua (1721) y el compromiso matrimonial de Luis XV con la infanta María Ana, Victoria (4 años), así como del matrimonio del príncipe de Asturias con la hija del Regente y el del infante Carlos, con Filipa-
De sobra conocía esos hechos. ¿Por qué me lo recordaba madre? Captó mi pregunta.
—Tienes que conservar en tu memoria viva la irresponsabilidad de esa gentuza. Sentencian millones de muertes y deciden sobre las vidas del resto por el atavismo de la ambición de poder que les aplasta a ellos mismos.
Así lo habíamos vivido en nuestras carnes con la consorte hija del Regente, con la entrega de la dulcemente tierna, infanta María Ana Victoria, que nos fue arrebatada a sus tres añitos, y después devuelta por razones de Estado.
Nunca he visto un impacto tan brutal como el que vivieron la niña y un infante prometido a otra hija del infante.
Sentí un escalofrío.

Madre me limpio la frente del frío y pegajoso sudor.
—Esa gente lo lleva en las vísceras desde que empiezan a germinar en el vientre de sus madres…
—¿Y yo?
Me atreví a interrumpir.
—¿Por qué fuiste engendrado para amamantar al infante?
Madre me dejó tiempo de  pensar
Su mirada no pedía respuesta y dejaba claro que ella tenía más cosas que decir.
—No fuiste concebido para acumular poder sino para humanizar el que nos imponen.
—Una especie de “Mesías” sin la intervención del “Espíritu Santo, ya…
Madre no estaba irritada por mi respuesta. Se disculpó
—Tenía que haberte preguntado si querías hacerlo, cierto.
Se interrumpió unos segundos.
—Hice como ellas y ellos, te impuse el papel que necesitaban mis planes.
Me acerqué para besarla. Su cara se alejó, como acostumbraba en mis reiterados intentos.
—Me siento muy orgulloso de que se me haya puesto en el lugar donde puedo llevar a cabo la misión para la que se me ha preparado tan acertadamente.
Madre me hizo una tierna caricia.
—¡Tenemos que hacer de ese chico un buen gobernante!

domingo, 23 de septiembre de 2018

CARLOSIII: EL INESPERADO La revisión del Tratado de Utrecht



La revisión del Tratado de Utrecht.


No era mera pretensión por mi parte invocar al cardenal designado por el regente como tutor  del rey niño Luis XV.

La Palatina se encargó de hilvanar y su hijo, el regente, heredó de los agentes de su madre en la corte española, madre era la protegida de Madame y, como tal tuvo acceso al cardenal.

No era cierto que éste fuera mi tutor por correspondencia, si estaba al corriente de mi existencia y de mis circunstancias.

De hecho, así se lo hizo saber a la reina poco después de aquel fatídico día en que tuve que abandonar a una madre agonizante por orden de Su Majestad Católica.
Madre lo había dejado todo atado y bien atado. Me bastó hacer llegar un mensaje a la persona que Luis XV consideraba como un padre, como  un amigo y como un buen gobernante, de hecho, este hombre, pese a su edad, llevó el timón de Francia hasta su muerte, para que el cardenal corroborara mis mentirijillas en las condolencias por la muerte de madre que me hizo llegar de forma que la misiva fuera interceptada por la censura de la Farnesio.

¡Madre no me había dejado solo en este mundo!
La reina, cegada por la ambición de dejar a sus hijos bien situados, necesitaba lograr la revisión del Tratado de Utrecht, al objeto de recuperar los territorios que destinaba a sus hij@s.

fueron varios, que se sucedieron entre 1713 y 1715 y que ponían fin a la GUERRA DE SUCCESIÓN A LA CORONA ESPAÑOLA.

Madre estaba furiosa .

—Esta pájara —Decía, terriblemente irritada—está prendiendo fuego a la mecha de una pólvora que terminará por explotarnos en las narices.
¡Había costado tanto poner fin a una sangría de vidas y subsistencias que diezmó la población europea!
Así, en noviembre de 1717, el primer ministro, Alberoni, decidió la ocupación de Sicilia y  de Cerdeña, lo consiguió con un recurso a una armada que el reino necesitaba para defender el tráfico marítimo con sus territorios en el nuevo continente.
Las locuras de la Farnesio consiguieron la cuádruple Alianza, y para colmo, el seis de enero de 1719, Francia se mete de lleno por las intrigas de Felipe V y del Regente.

Luis XV era un niño débil; si desapareciera, ambos esperaban ganar.

España perdió la guerra contra una Europa más unida que nunca. Se firmó la paz de La Haya, el 20 de diciembre de 1720, la Farnesio la retasó todo lo que pudo, pese a la acumulación de pérdidas, puesto que las condiciones de retirada de los territorios conquistados y la retirada de su ministro, Alberoni . la incomodaban.

Tuvo que ceder, el 5 de diciembre de 1719 a la desposesión  y expulsión del cardenal, pero resistió hasta que logró que se reconociera el derecho de su primogénito Carlos, al heredar los ducados de Parma y de Plasencia,  y la Toscana,  que le correspondían  a ella en el momento del fallecimiento de titular sin descendencia.