miércoles, 22 de febrero de 2017

Nuestra cita cotidiana

Marie Christine

Entré en un grupo de agitprop. Lo dirigía Brigitte, originaria de Tourcoing, una ciudad burguesa colindante con Lille. En la época había obtenido ya el título de Ciencias Políticas, en París y acababa de llegar de Estados Unidos, donde había pasado unos meses.
Tenía más o menos mi edad. Era de la Liga Comunista Revolucionaria. No teníamos problemas para entendernos en los “grupúsculos”, como nos llamaba de Gaulle. Incluso nos llevábamos bien con los miembros del sindicato CFDT, de tendencia socialista y no así con la CGT, sindicato cercano al Partido Comunista francés.
Al asunto, Brigitte era nuestra maestra de agitprop.
_   Tenemos que despertar conciencias adormecidas por tantos años de gaullismo y sordas a los discursos.  Tenemos nuestros cuerpos y nuestras voces_ usaba ambos sin gran maestría- Estamos en el periodo de aprendizaje _Decía en guisa de disculpa._ Tenemos unos días para adiestrarnos y complementarmos en las escalinatas de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Nada de discursos: contorsiones y gritos.
En poco tiempo reunimos una cincuentena de artistas de la revolución. Brigitte proponía un tema. Debatíamos escenas, nos reuníamos en grupos para trabajar las que compartíamos. Había muchas ideas y voluntad. El espectáculo era una chapuza.
Pero triunfó; los medios de comunicación se fijaron en nosotros, fuimos solicitados para actuar en bodas. No olvidamos la calle, o a los obreros que continuaban en huelga; con la escasa recaudación comprábamos lo que podíamos en Bélgica, algo arreglábamos.
Al grupo se añadió Marie Christine. Nos enamoramos locamente. Primer amor en mi caso.
Sus padres, de la alta burguesía, se habían divorciado con tanto rencor y desavenencia que las dos hijas habían sido colocadas bajo custodia hasta que llegaran a la mayoría de edad. Había que esperar dos años para que se nos permitiera vivir juntos.
_   Es mejor así, repetía ella. Tenemos que terminar la carrera y sacar la cátedra _En la Francia de la época era el primer escalón para quien quisiera llegar alto_ Seremos como Simonne de Bouvoir y Jean-Paul Sartre.
_   Al menos _respondía yo, que no aspiraba a tanto- son objeto de mi admiración_ pero, que yo supiera, no había cátedra de Sociología en la secundaría francesa y aunque la hubiera, tendría que empezar por obtener la nacionalidad francesa.
El catorce de julio hubo una gran manifestación en defensa de los valores quinto republicanos. Asistimos, por supuesto, para denunciarlos. Brigitte había cubierto sus “vergüenzas” en la bandera tricolor y se ayudaba de rápidos movimientos para descubrir y cubrir, con gesto pudibundo, su sexo. Nosotros representábamos los territorios de Ultramar y las colonias y neo colonias. Tratábamos de acallar la Marsellesa con la Internacional.
De pronto, una multitud nos arrastraba para tirarnos al Deüle. Estaban furiosos por la profanación, eran muy brutos y superiores en número. Lo hubieran conseguido si no hubiera intervenido la Guardia Republicana.
Nos fuimos, con el rabo entre las piernas. Brigitte llevaba, en la mochila, un vestido obscenamente ajustado, que sin ropa interior resultaba más obsceno que la desnudez. Esta no era ilegal. Lo otro sí.
El amor entre Christine y yo aumentaba cada día, como los noviazgos a la española, sin uso matrimonial. Las circunstancias no lo permitían, pero estas no podían impedir que pasáramos el día juntos y que progresáramos en la agitprop.
Los sindicatos firmaron los Acuerdos de Grenelle. Empezaron las negociaciones. Los estudiantes no teníamos otra que esperar. Todo el mundo se iba de vacaciones. Marie Christine consiguió una invitación de los padres de su amiga y compañera de clase Dorothée, para pasar el verano en su chalet de Saint-Tropez.
Nos daban un mes para que lo pasáramos en la casa de Riaño de mi familia, a la que ya me he referido. En mi coche, además de Christine y yo irían Dorothée y el Cristo, lo llamábamos así por su parecido. Era estudiante de Arquitectura. En otros coches irían saliendo otros miembros del grupo.
No sabía muy bien dónde meter  a tanta gente, puesto que también estaban invitados, como los años precedentes, los Knocker. Llevábamos, como precaución necesaria, tiendas de campaña.
Mi familia siempre ha sido muy acogedora. Así y todo, me pasaba cinco pueblos. Todo se arregló como por arte de magia. Genín, un amigo de la infancia que estudiaba medicina, como su padre, tras haberse salido de Padre Blanco y haberme dado la paliza con el “omega” de Teilhhard de Chardin, había colgado los hábitos para afiliarse a la Liga Comunista y salvarme de la herejía del Marxismo Leninismo.
Su familia tenía una casona de sillería en Cilleruelo de Bezana, un pueblo cercano a Riaño. Su padre había conseguido plaza en Madrid y la casona estaba libre hasta que disfrutara de sus vacaciones. Allí nos trasladamos solos y dejamos a los Knocker tranquilos en la casa de Riaño.   
Mi padre se instaló con nosotros; creo que se decía, para preservar la virginidad de Marie Christine y de Dorothée. Se nos veía muy acaramelados, a la primera conmigo y a la segunda con Genín. Los padres de la última le habían dirigido una carta en la que rogaban que vigilara. Ambas eran menores y ellos se habían comprometido con los servicios que ejercían la tutoría de Marie Christine. También nos invitaban a toda la familia en su chalet de Saint Tropez.
Las dos parejas aprovechábamos en los campos, cuando pensábamos que no había quien nos viera. Nos veían y murmuraban hasta el punto que el escándalo llegó a oídos de uno de los hermanos de Genín, conocido como “el conde”.
Felizmente que para entonces los Knocker habían terminado sus vacaciones y regresado a Lille; así que pudimos instalarnos en la casa de Riaño. También una casona, construida en piedra y con gruesas vigas de roble, pero todo no era sillería.
Aún no había agua en las casas y hacíamos las necesidades en la cuadra; después se cubrían con paja y el conjunto servía de abono. Genín, por supuesto, se instaló con nosotros y dejó al “conde” que calmara él mismo su berrinche.
Fuimos muy felices y también dimos mucho que hablar por nuestros retozos en los campos en que pensábamos que nadie nos veía. El tiempo pasó muy rápido y nos fuimos a Saint-Tropez. Nos acompañó mi hermana, aprovechando una parte de las vacaciones que le correspondían en su primer trabajo en España.
Al regreso a Lille, los estudiantes teníamos que negociar lo nuestro. Nos ofrecieron un aprobado general, negociar un cambio en el sistema universitario y ya en las barricadas, como se decía, se había acordado crear la Universidad de París 8 Vincennes.
Yo no estaba de acuerdo con aceptar el aprobado general. Me parecía oportunismo y, en todo caso, consideraba prioritario terminar con métodos y profesores, como era el caso de Estadística. Opté por examinarme y por no aceptar el regalo de aprobado general. Fui el único en hacerlo. Baudelot me acusó de conservar la mentalidad pequeño burguesa. Me pidió que presentara mis disculpas a la profesora de Estadística.
_   Con el aprobado general te quitas de en medio esta espina. Con el cambio del plan de estudios mejorarán las cosas por la cuenta que les tiene. Si te pone un cero, aunque tienes muy buenas notas en el resto, no se te puede aplicar la media. Cálmala; con un uno aprobarías, el cero es excluyente.
Ceder me parecía traicionar mis principios. Baudelot formaba parte del mismo partido que yo y me dijo.
_   Los luchadores anteponemos la causa al orgullo. Nos eres más útil como sociólogo que como rebelde sin causa.
La de Estadística me puso un cero, creo que fui el único estudiante de la Francia del 68 que tenía que repetir curso.
Lo peor me esperaba cuando llegué a casa de Marie Christine. No sé cómo había conseguido con qué comprar una botella de champagne y unos canapés.
_   Tenemos que celebrarlo. Ya solamente nos queda un año para terminar la licenciatura y para mi mayoría de edad. Encontraremos trabajo, nos casaremos y mi hermana se vendrá a vivir con nosotros.
_   A mí me han suspendido.
_   ¿Qué?  Traté en vano de explicarme. Ella reía como una loca. Solamente paró para gritarme.
_   San Martín conservaba la mitad de su capa, tú te has desposeído de ella. Vete. Jamás me casaré con un hombre desnudo_ mostró la puerta, me empujo y dijo:
_   Vuelve cuando recuperes tu capa.
Me partió el corazón y la mismidad. Me fui aliviado, pese a todo, por no haber sucumbido a la tentación, aunque resonaban en mi mente las palabras de Baudelot.
Las ursulinas no pudieron renovarme el contrato, pero mére Bernadette Joseph me consiguió un trabajo en Vire, un precioso pueblo de Calvados; con suerte podía continuar mis estudios en la Universidad de Caen.
No fue así. Me matriculé pero apenas pude ir a clase. Tenía jornada completa y el acceso era complicado. Un año académico perdido.
Marie Christine me hizo varias llamadas. Mi orgullo herido colgaba el teléfono. La quería mucho. También me había defraudado mucho. Sufría de amores que pensaba no poder olvidar.
Brigitte me visitó en dos o tres ocasiones para seguir nuestro “agitprop” en Vire. La primera vez se presentó con cuerdas amarradas en las piernas. Había atado en ambas latas de conserva vacías, acción que dio la nota en Vire y en el colegio que me había dado trabajo.
No era necesario. Yo había fundado el club de los gitanos, en honor a García Lorca. Formaban parte del mismo los alumn@s de español, tod@s, puesto que la otra profesora de la asignatura, Martina, adhirió al mismo desde el principio, con entusiasmo, y los profesores y profesoras de la CFDT, mi sindicato, aprovecharon el invento para reivindicar; hicimos un auténtico motín.
A medida que pasaban los meses sufría más de mi amor. Aproveché unos días, que se me acordaron para quitarme de en medio,  para ir a Lille y explicarme con Christine. La encontré en la Facultad. Estaba con los exámenes finales. A punto de obtener su licenciatura de español. Me citó en su casa, a la hora de la cena. Compré un buen vino y saboreaba la reconciliación.
Mi gozo en un pozo. Desde que abrió la puerta vi a su nuevo compañero.

_   Pierre, mi prometido; ya tiene trabajo. Nos casamos el mes próximo.

martes, 21 de febrero de 2017

Nuestra cita cotidiana


Mi sexualidad


En mi infancia nos levantábamos a las seis, todos menos mi madre. Disponíamos de quince minutos para arreglarnos y para reunirnos con mi padre en la huerta de la parte de atrás del chalet. Hacíamos gimnasia y, a veces, algo de tenis. Mi torpeza y mis miedos salían a relucir. Solamente se calmaban cuando mi padre se retiraba a prepararnos el desayuno mientras nosotros limpiábamos el gallinero. Pobres gallinas, en esa casa tenían que levantarse más temprano. Eso sí, cuando lo hacían tenían ya preparado un buen desayuno; maíz, trozos de pan sobrante, mondas de patatas y de fruta, sin contar los deliciosos gusanos que asomaban temprano, despertados por pisadas y saltos. También dejábamos su casa bien limpia y desinfectada con zotal.
Después teníamos que lavarnos bien. A prisa, muy aprisa. En el baño no se podía permitir más de unos minutos.
¡Ah la tentación de la carne! En aquella casa era como si no tuviéramos cuerpo. No era por religión, aunque todos cumplíamos con las normas de la “Santa Madre Iglesia”,  para no levantar sospechas. Mi madre rezaba por todos, rosarios diarios, mientras planchaba y preparaba la cena, por la tarde. Los domingos en la iglesia.
Lo del cuerpo era otra cosa. Siempre nos veíamos vestidos y arreglados. No se podía permanecer en el váter más de los minutos necesarios. Tampoco nos tocábamos. Imposible imaginar a mis padres haciendo el amor. Temo que no lo hacían desde mi nacimiento.
Un día mi padre nos condujo  a mi hermano y a mí, al monte Serantes. Empezaba frases que le costaba concluir. Dudaba; a mí me daba más miedo.
_         Ya sé que no es vuestro caso. Seguramente habréis escuchado comentar a vuestros compañeros sobre tocamientos en sus partes íntimas. Tenéis que convencerlos de parar o de cortarse la mano con la que los practican. El líquido que sale es de los huesos y los que abusan se quedan idiotas. Es mejor seguir viviendo, aunque sea manco.
Le costó mucho sacar semejante patraña, pero creo que estaba orgulloso del escenario y seguro de parar nuestras masturbaciones. Las practicábamos y yo, al menos, continué haciéndolo, pero con el sentimiento de la culpa, que fue agravado por mi confesor, unos años después.
Se negó a darme la absolución.
_         Si cada semana te aviso de que ese pecado hace llorar a la Santísima Virgen y vuelves a hacerlo, es porque no tienes arrepentimiento. No te absuelvo.
Continué masturbándome a escondidas. No me sentía digno de comulgar. Una vez por semana, antes de las clases, teníamos que asistir a misa, estaba en el colegio de Santa María, de la orden fundada por Jean-Marie de Lamennais.  Mi tutor se dio cuenta de que no iba a comulgar. Me convocó en su despacho.
_         Es porque en mi casa se desayuna temprano_ fue todo lo que se me ocurrió responder.
_         ¡Paparruchas! Te traes un bocadillo, como todo los demás y así estás en ayunas cuando recibas la carne de Cristo.
A partir de ese día comulgaba, aún a sabiendas de que estaba en pecado mortal.
Tenía una doble vida, bueno, más de doble; tenía que cantar el “Cara al sol”, gritar “Viva Franco” y besar la bandera española cada día. No me gustaba hacerlo. Carecía de ideas políticas. En casa no se tocaba el tema, se respiraba el miedo.
Había visto golpear, arrestar e incluso matar, por hablar euskera, negarse a levantar la mano derecha para cantar el “Cara al Sol”, o a  gritar vivas a Franco o a la unidad de España, o a besar su bandera.
No me gustaba hacerlo o formar filas, que yo siempre encabezaba por mi corta talla. En la familia todos eran altos, excepto mi hermana y yo, me sentía ninguneado.
Bueno, todo esto para explicar los problemas que tenía con mi cuerpo.
La cuestión es que con veinticuatro años era virgen. Estoy convencido de que mis hermanos también lo eran. No es que creyera una palabra del discurso que nos soltó mi padre sobre la masturbación, pero sentía vergüenza al practicarla.
Un día, durante la comida, en el comedor destinado a l@s profesores seglares, una profesora preguntó a otra
_         ¿Sabes lo que desayunan las vírgenes?
La aludida se lo pensó un rato y respondió:
_         No
_         ¡Te creía virgen!- fue la respuesta, seguida de una larga carcajada.
_         Yo soy virgen _Respondí a sabiendas de que provocaría una mayor carcajada.
-         Eso lo arreglamos este mismo fin de semana, te invito a mi apartamento de París- Alexandra me dio su tarjeta y entendí que la invitación era en serio.
Estábamos en un colegio de ursulinas y ella era casada, madame Ispas para todo el mundo.
Alexandra era de origen rumano, consiguió la residencia y la nacionalidad francesa gracias a su amiga desde la infancia, Elisabeth de Brancovan Brivesco, a quien nunca he escuchado mencionar su título de princesa . Alexandra se había separado de uno de los más famosos actores rumanos y se había venido a vivir con Elisabeth. Ambas hablaban correctamente francés, alemán y ruso y, por supuesto su lengua materna. Elisabeth, a quien no se había permitido terminar sus estudios en Bucarest, usaba en Paris sus conocimientos lingüísticos para lograr pequeños trabajos que le permitieran continuar sus estudios en Ciencia Política; ella y su familia eran rojos y amantes de su tierra; razones que molestaran especialmente a Ceausescu.
Claro que fui a Paris dispuesto a perder mi virginidad. Durante la cena tuvimos una conversación como si nos conociéramos durante años y la hora de retirarnos a dormir llegó mucho antes de lo esperado. Se me asignó un cuartito para invitados y nos dimos las buenas noches.
Alexandra no me había invitado a su cama y yo había venido a lo que había venido, sin menosprecio de la excelente velada, tan entrañable como durable.
Esa era la razón por la que tuve una dura lucha para reclamar lo prometido. Reuní fuerzas y lo hice.
Alexandra no mostró sorpresa o inconveniente alguno. Solamente me advirtió:
_   No quiero quedarme embarazada o usar preservativos. Tienes que sacarla antes de empezar a correrte. No te hagas ilusiones, tengo mis amantes que me satisfacen.
Fue así. Lo hice con miedo. Me corrí fuera. Me dio un pañuelo de papel para que me limpiara, me mandó al baño para limpiarme y me dejó claro que no volviera, ya estaba hecho.
La cosa no quedó allí. La profesora de gimnasia había escuchado la conversación en la que confesé mi virginidad. Ya lo era a medias cuando nos encontramos solos.
_   Si no te parece mal, esta noche la pasamos juntos en Lille.
No era mi tipo, me parecía muy bruta. Había, sin embargo, dejado las cosas a medio hacer. Conseguí que un amigo me prestara  su habitación, para no incomodar a los Knocker, compré un par de botellas de vino barato y cigarrillos y me dispuse a completar la labor.
Aquí sí que había preámbulos que me dejaron los labios abultados e interminables post actos que me agotaban, sobre todo cuando teníamos que levantarnos a las cuatro de la mañana para llegar a pie a la estación, la circulación de autobuses empezaba más tarde  de la salida del tren  que nos llevara a Arras, donde teníamos que esperar casi una hora para que abrieran las puertas del colegio. Si cogiéramos el siguiente tren ya había autobuses, pero la llegada era media hora más tarde de que empezaran las clases.

Mayo del 68
Burdieu ya había dejado Lille, en su lugar teníamos a Baudelot. Ha sido uno de mis mejores profesores, y amigo. Me inició en Althusser y consiguió que en Economía Política nos ocupáramos del III tomo de El Capital.
Descubrí un nuevo mundo. Me afilié al Partido Comunista Marxista Leninista y  vivíamos, con sana envidia los acontecimientos de Paris.
En los estudios me iba muy bien. Tenía las mejores notas en Sociología y en Economía Política. Fallaba en Estadística. La profesora era muy desagradable, tomaba el horario de la siesta, de 13,30 a 14, 30 y no nos dejaba usar calculadora. Yo continuaba sin saber hacer raíz cuadrada.
Lo que importaba es que Lille saliera a la calle. Nos pusimos un grupo a las puertas de la Facultad, al objeto de impedir la entrada a la misma. Éramos poc@s y temíamos que nos partieran la cara.
No fue así, compañeros y compañeras se añadieron a nuestro grupo. Ya no éramos cuatro locos y l@s que se ponían a nuestro lado cada vez eran más. No tardó en declararse la huelga de estudiantes y de obreros. Lille se había puesto a la altura de París, incluyendo las barricadas y la ocupación de la universidad, los teatros y lugares apropiados para los debates y espectáculos que se sucedían durante las veinticuatro horas.
Estaba de huelga activa; era de los que ocupaban fábricas y participaba en huelgas de hambre, pese a que de Gaulle hizo pasar ante nuestras narices las fuerzas de su ejército desplegadas en Alemania,  y a que sufríamos de desabastecimiento.
Pasábamos a diario a Bélgica y volvíamos cargados de productos de primera necesidad y de cigarrillos. Todo lo que podíamos, con el dinero que habíamos recaudado y que cupiera en los pequeños vehículos que disponíamos.
Las ursulinas mantenían las clases, como era normal en un colegio tan elitista. Habían justificado mi ausencia por la huelga de trenes. No era mentira, puesto que desde mi accidente no había vuelto a utilizar el coche. No podía borrar de mi mente la imagen del atropello y sentía en mis carnes el  desgarro  que no había sentido el día del atropello.
Era algo peor; veía las víctimas incrustadas en mi parabrisas y sentía el desgarro de carnes que podría causar.
Era muy cómodo. Estaba de huelga y cobraba mis nóminas como si no hubiera desertado a mis obligaciones. Dentro de mí había un griterío que afeaba mi traición. Fui a Arras en autostop, me presenté en la clase que me correspondía y comuniqué a las alumnas que yo también estaba de huelga.
Fui aplaudido. Mére Bernardette Josephe no me impidió hacerlo. Era una mujer que tenía mucho respeto por las decisiones que tomábamos los demás. Se limitó a advertirme:
_   Me pones en un aprieto. La huelga de trenes te salvaba y permitía que hicieras tu huelga. No tengo excusa si lo anuncias y los poderos padres de nuestras alumnas me pedirán tu cabeza. Creo que podré conservarte hasta que termine el curso, otra cosa será renovarte el contrato el próximo. No creo que me lo permitan.
Sentí que ambos nos quedábamos en paz y un cierto orgullo en mi interlocutora, que añadió.

_   Eso sí; es necesario que te vayas cuanto antes. Cuanto más rompas más difícil será la reparación.

lunes, 20 de febrero de 2017

Nuestra cita cotidiana

El Apartamento  98

Ignoro si fue coincidencia que me atribuyeran este número, Sé que la atribución era una pieza para crear mi lugar de catarsis. Mientras escribo, cocino, escucho las olas, siento el viento y el sol. Después me acercaré, con Julen, a la playa.
Eso cocinando lentejas extra de La Armuña. Un poco caras, pero aconsejadas por mis fruteros y sepia en su tinta, aconsejada por mis pescaderos. También he comprado, en el mercado Fontana tres botellas de tinto alicantino Cepas de Baco y una de vino blanco de la misma marca, para cocinar la sepia. Excelentes productos, excelente gancho y  simple acogida.
Eso fue ayer. Aún tenía problemas intestinales y me apetecía cacao para tomar con la leche arroz de mi desayuno. En la Fontana no había uno u otros de estos productos. Los encontré en Más y Más, donde han colocado, a las puertas, barreras para amarrar a los perros que permanecen controlados por emplead@ durante la compra.
No me gustan los supermercados, pero en Más y Más me encontré tan arropado como el  de  La Fontana. Me ayudaron a encontrar leche de arroz y cacao ValorCacao a la taza. Esta mañana mis intestinos me han dado tregua.
¿Por qué pensaba en el 98 cuando me subí al tren en San Juan de Luz? Yo huía de España y la pérdida de Cuba y Filipinas no fueron para mí o mi entorno, una desgracia. Es más, siempre he sido muy feliz en mis visitas a la Cuba fidelista.
Yo creo que el 98 para mí era Unamuno, un Unamuno cargado de la “angustia vital” que encontraba en los libros prohibidos, en la España del Nacional Catolicismo. Yo tenía acceso a ellos por amigos de mi padre, e incluso en Pamplona, por mucho que estuviéramos en una universidad del Opus.
La nausea
Ya la había leído en aquel verano de 1965, pero, en el viaje la sentí: los vagones estaban cargados de viajer@s que habían atravesado España en las carracas de entonces, para encontrar trabajo en Europa. Los que embarcábamos en Francia encontrábamos vagones que olían a cuerpos encerrados durante días. No nos pillaba por sorpresa y tampoco debía pillar a los franceses que estaban en nuestra situación. No era el caso: los aspaviento, gritos e insultos eran la causa de mi nausea. Entonces me enteré de que éramos “pingüinos”. ¿Era esta la democracia que con tantas ansias buscábamos?
Pese a todo y a la cara de asco de los gabachos, todos los españoles del compartimiento sacamos lo que teníamos preparado para el viaje, en todos los casos eran las delicias que tenían nuestros allegados como oro en paño.
Pensé en el 98, por Unamuno y por su “África empieza en los Pirineos” Me preguntaba si la s0lución era africanizar España y Europa. No podía responder porque apenas conocía un trocito de España y porque iba a descubrir Europa.
Cábala
Nos instalamos en un hotel modesto cerca de la estación. No recuerdo el nombre, pero sí el de la hija de los dueños y recepcionista; se llamaba Jacqueline. La familia era judía y estoy seguro que seguirá siéndolo.
A los tres días de nuestra llegada ya no nos quedaba con qué pagar el hotel. Pedimos a Jacqueline que nos guardara el equipaje.
_         ¿Se os acabado el dinero? Podéis tomar el desayuno. Lo pago yo. Dais unas vueltas hasta las cinco. Termino mi turno. Después arreglaremos todo. _ Su expresión era tranquilizadora.
Pese a todo dedicamos el tiempo a buscar. Yo visité los periódicos para encontrar a becarios en prácticas. Encontré a Jacques Mahuas, que estaba libre a las cinco. Él y Jacqueline nos alojaron en la residencia de estudiantes de Medicina, pagaríamos cuando tuviéramos trabajo. A mí me lo consiguieron para el día siguiente, en una vinagrería, con la ventaja que el chofer del camión me llevaría y traería y le consiguieron a mi hermana, para un día después, un puesto en el laboratorio de análisis.
Se habían reunido todos los animismos para abrirnos las puertas, pero yo he sentido siempre que la culpabilidad del Pacto de Múnich desempeñó un gran papel. Pensé en la tía Juani y en el abuelo Leopoldo, aunque, algo también en Unamuno. La nausea se había convertido en el sabor de la esperanza.

Los Knocker
En una semana teníamos trabajo los tres. En dos ya habíamos pagado la residencia y vivíamos con decencia. Al acabar el verano tuvimos que encontrar un apartamento; estábamos ocupando alojamientos destinados a estudiantes de Medicina.
Maite se fue, tenía que cursar el quinto curso para terminar la licenciatura de Químicas. Mi hermana, Jone, había beneficiado de un ascenso en tiempo récord. La jefa del laboratorio había captado su valía y del puesto bajo en que había comenzado fue ascendida al que correspondía por su titulación.
Nuestro francés era la chapuza que se alcanzaba en el bachillerato de la época; comprendíamos muy poco y se nos comprendía con mucho esfuerzo y con la ayuda de la imaginación y del gestual. No faltaba voluntad.
Encontramos un apartamento en un bloque de edificios populares. Los menos pobres, como era el caso de los Knocker, ocupaban el edificio entero, de hecho, unifamiliar. El nuestro estaba dividido en tres apartamentos.
Tenía dos habitaciones, todo muy pequeño. No había baño, calefacción o estufa. Teníamos un grifo que daba agua fría y lo mínimo para cocina sencilla. El váter estaba en la planta baja; era de esos que desaguan en pozo séptico y eran vaciados periódicamente por las mangueras de un camión. La tapa era de madera y al terminar había que mover una palanca, para que callera el contenido al pozo. Era de uso colectivo y cuando tardaban en vaciarlo despedía olor nauseabundo.
Volví a sentir la nausea, el frío y la frialdad de los lilenses.
Difícil comprender que ocurriera así en una Francia en la que tanto había soñado; sueño alimentado por mis vivencias en San Juan de Luz.
Era así para los estudiantes y obreros no cualificados; me evocaba a Van der Meerch.
La tramitación de mi matrícula en la facultad de Lettres et Siences Humanas no fue un mero trámite. Para matricularme necesitaba una “Carte de séjour” y para ello requería permiso de trabajo o estar matriculado.
Me costó muchos esfuerzos y humillaciones de policías que me mandaban que volviera con Franco. Ellos no veían en el Pacto de Múnich una claudicación de la “Europa demócrata” y una traición a los principios del mismo, permitiendo la intervención de Hitler y Mussolini en la guerra española, cuando ellos se aferraban al pacto de no intervención para justificar su bloqueo a la República española.
Siempre hay salida y la encontré. En Francia, en la época, el primer año de las Facultades, se llamaba Propédeutique. Se cursaban solamente tres asignaturas y en todos los casos estaban muy enmarcadas. Por ejemplo, en el caso de Filosofía, teníamos, exclusivamente, la Ética de Kant.
El nivel del bachillerato francés era muy alto en la época; el papel de la Propédeutique era el de pulir y seleccionar. Había en torno a 20% de aprobados entre junio y septiembre y l@s que no lograran superarlo en dos años quedaban excluidos de la Facultad por diez. Una vez dentro, no había límite de tiempo para aprobar los cuatro certificados con los que teníamos que probar que habíamos adquirido las competencias para ejercer la carrera a cuyo título aspirábamos.
Se consideró que los títulos presentados me atribuían la Propédeutique y por tanto, me matriculé en Sociología General y en Economía Política, así me aconsejaron; mal.
Carecía de formación en cualquiera de ellas, mi francés era el que iba aprendiendo desde mi llegada, en Sociología tenía a Bourdieu y en Economía tenía que tomar cursos de los últimos cursos de la Facultad de Económicas.
Jone decidió que con su sueldo no era necesario que yo trabajara y que, por tanto, debía concentrarme en mis estudios.
¿Concentrarme? En las clases de Burdieu, nos agolpábamos, en el anfi, más de cuatrocientas personas. Había que ir con mucha anticipación para lograr un sitio donde oír y ver bien. Recuerdo la primera clase. Era como si Dios se hubiera dignado bajar sobre la tierra.
Me costaba comprender las palabras y los conceptos. Alguien se atrevió a solicitar, muy educadamente, aclaraciones sobre uno de los mismos. Burdieu se limitó a pedir a sus asistentes que distribuyeran diez hojas de bibliografía que teníamos que leer antes de hacer preguntas al profesor Bourdieu.
No había ejemplares para todos en todas las bibliotecas del entorno y el sueldo de mi hermana no llegaba para comprar los libros. Me costó mucho tiempo, pero poco a poco fui haciéndome con una parte de los mismos. Las preguntas me desbordaban, pero no era digno de preguntar hasta que agotara la lista.
Bourdieu es difícil de seguir sin añadir los problemas lingüísticos; para mí no es el caso actualmente. Aprendí mucho y creo que pese a la bestialidad de imponer un discurso de sociólogo a alumnos que nunca habían oído hablar de la Sociología, debo un homenaje a Pierre Burdieu.
En los cursos de Contabilidad Publica tenía el problema de que no se nos permitía el uso de calculadoras; soy malo en cuentas y no sé hacer raíz cuadrada. La teoría me gustaba. No lograba pasar las prácticas.
El único consuelo que me quedaba eran los Knocker; Margarita y Pierre, o Pepére y Memére, como les gustaba que les llamáramos. Ambos estaban orgullosos de pertenecer a la clase obrera. El era chófer de reparto; ella modista y costurera. Tenían baño ya calefacción. También tenían un 2 CV, que usaban los domingos para proveerse en Bélgica de gasolina, charcutería, chocolates y otras cosas.
Nos llevaban siempre, desde que nos conocimos. Nos invitaban frecuentemente a su casa, donde disfrutábamos de la calefacción y de unos deliciosos platos populares. Nos adoptaron.
Después de tantos esfuerzos me anunciaron en la Facultad que se había producido un error en la convalidación que se me había practicado y que tenía que hacer la Propédeutique.

Le Lycée mixte de Talence
Mi hermana tuvo una crisis bronquial. El médico aconsejó que abandonara Lille. Mi padre utilizó sus contactos y me consiguió una plaza de asistente de español muy cerca de Burdeos. Así el curso 196/67, tenía un trabajo no muy remunerado pero que incluía alojamiento y manutención y sobre todo, me permitía asistir a las clases para obtener la Propédeutique.
No me arrepentí de tener que hacerla. Aprendí mucho y la saqué en junio, aunque pienso que los profesores fueron muy generosos con mi francés.
El tipo de contrato que tenía era de un año. Volví a Lille, donde los Knocker me ofrecieron alojamiento y manutención que pagaría cuando lograra un empleo. Me compré un Volkswagen viejo, sin pensar que para conducir un coche francés, a menos que se tratara de un alquiler por tiempo limitado, a un turista, requería un permiso francés. Yo tenía un permiso español, otorgado a mi hermana y a mí, por un amigo de mi padre, bajo la promesa de que éste nos enseñara. No era un buen maestro y como ya he indicado, le tenía miedo. Terminé conduciendo, mal y a base de sangre, sudor y lágrimas.
Intenté tres veces obtener el francés. Aguanté la mofa:
__       Bueno, ahora le toca al español, con su permiso franquista.
Cualquier pretexto era bueno para suspenderme. Mi padre se lo contó a Lezo, uno de sus amigos de San Juan de Luz y en veinticuatro horas tuve el permiso francés.
Volví a Santurzi con mi nuevo vehículo. Me padre comprobó que no era una bicoca pero que mi seguridad carecía de peligro por un tiempo, sobre todo si se tenía en cuenta el contar con la ayuda de Pierre Knocker, matrimonio que ya había empezado a pasar las vacaciones estivales con nosotros.

La institution Jeanne D’arc
No sé si todos los colegios de ursulinas son como éste, pero la directora del último era una joya y sabía hacerlo funcionar. No recuerdo muy bien cómo llegué a la entrevista de trabajo me consta que llegó muy pronto, que me ofrecían catorce horas semanales para hacer en dos días, que me pagaban el viaje a Lille, unos sesenta km y las comidas en mis días de trabajo y que, aunque tuviera que faltar a varias clases, podía continuar mis estudios esta vez opté por los certificados de Sociología General y de Psicología Social.
Estaba ansioso por anunciar la buena nueva a Pierre y Margeritte. Al salir de la autopista vi a una señora abroncada porque su coche se había parado y no podía aparcar. Aparqué el mío y corrí en su auxilia, sin percatarme que atravesaba la autopista y de que se me echaba un coche encima. Me lanzó al aire y, al caer, me atrapó la manilla de la puerta de atrás, me penetró. El coche se dio a la fuga y los testigos trataban de ayudarme, especialmente la señora a quien había intentado ayudar. Me levanté, evité, con mucha suerte, los coches que continuaban circulando, al no estar prevenidos por el conductor que se dio a la fuga. No sentía nada excepto los empujones del aire que despedían los coches que circulaba. Los testigos llamaron una ambulancia.
_         ¿Para qué? No tengo nada _ decía yo convencido, hasta que metí  la mano en el bolsillo de la chaqueta, para encontrar la llave. Estaba desangrándome.
Desperté por los gritos del chófer de la ambulancia que reclamaba mi entrada inmediata en el hospital.
_ Llevo una hora insistiendo que se desangra ha sido desgarrado por la manilla de atrás de un coche. No creo que le quede para esperar un minuto más.
Lo consiguió. Todo quedó en las acunas, el cosido, la transfusión, un par de días de hospitalización, amenizados por las visitas de los Knocker y de la señora a la que había intentado ayudar. Poco después me enviaron una factura cuyo pago hubiera requerido más de un año de salario.

Las ursulinas aún no me habían declarado. ¿Quién iba a prever un accidente el mismo día de la entrevista en que me habían contratado? No tenía cobertura de Seguridad Social. Mére Bernardette Joseph lo arreglo todo y desde que me recuperé inicie mi trabajo. 

domingo, 19 de febrero de 2017

Nuestra cita cotidiana

La tía Juani
Era época de vacas flacas cuando decidimos ir a Lille mi hermana, una amiga de ella llamada Maite y yo. Todo el mundo aportó lo que buenamente podía y en algunos casos lo que tenía. Mis padres lo dieron todo.
_             Hemos salido adelante con menos. ¿Os ha faltado algo?_ Dijo mi padre cuando nos daba todo lo que tenía en el andén de la estación de Hendaya, a donde nos había llevado en su tartana.
Antes nos había hecho reír cuando un aduanero de había empechado en requisar el excedente de reservas que nos había comprado para una buena temporada.
_             Somos emigrantes. Usted no tiene que irse porque tiene trabajo aquí. Ya nos gustaría ya _ guardó unos segundos de silencio para que nuestras caras de pena y sus palabras surtieran efecto _Es el regalo de vecin@s y familiares para que estos chicos aguanten hasta encontrar trabajo…
No necesitó más, el aduanero era un buen hombre y la tartana ayudaba. Yo creo que era uno de esos franceses que se sentían avergonzados del Pacto de Múnich.
Sí es cierto que lo que llevábamos era producto de un esfuerzo colectivo. Mi hermano no pudo intervenir mucho. Estaba terminando las prácticas para ser piloto de Marina Mercante. Mi padre estaba metido en la construcción de un pabellón industrial que había conseguido en los terrenos del puerto, en precario, gracias a la intervención de la condesa de Ruiseñada. Era una buena inversión y el momento de hacerlo. Lo que nos compró y dio era toda la liquidez que tenía.
La tía Juani hizo el resto del “milagro”. Tenía una pequeña mercería con la que sobrevivían ella y sus hijos. Nos proveyó de ropa para una buena temporada. Nos dio lo que pudo e hizo algo más: recogió cosas de valor de personas modestas que apoyaban el proyecto: reunió monedas y hasta un rosario de plata que sus donantes guardaban como oro en paño.
Recuerdo aún los nombres: Encarna, Mercedes la Manca…
Me querían y las quería. Con mi tía Juani era especial. Encontró un novio Martin, que la permitía salir de nuestra casa: no se llevaba bien con mi padre; también le tenía miedo. Aún no había nacido. Sé que tuvo que esperar a la puerta de la iglesia un buen rato para que se presentara su futuro marido.
Dura humillación que muy pocas habrían soportado y las que lo hacían eran mal vistas. El matrimonio parecía ir bien. Tuvieron tres hijos: Martinchu, Fernando y Julita. Todo el mundo sabía que el marido tenía querida, hasta yo, que era un niño.
El primer grave problema surgió pronto. Martin trabajaba para su empresa familiar que se dedicaba al transporte, producción de alquitrán y otras cosas. Vivían bien, recuerdo que tenían una criada con cofia que lucía los nichos por el parque.
Martín murió en accidente de trabajo, el mayor de los hijos tenía seis. No sé si había seguro, sé que no se hizo repartición de bienes, que la familia del difunto se hizo cargo de los gastos del sepelio, que mis padres fueron  ver el cadáver y que la hermana del finado no paraba de ofrecer “vinacha”.
Lo sé, porque le quedó este nombre en mi casa.
Sé que mis primos estaban todo el día con nosotros, porque su madre había puesto una mercería en el portal de su casa, para sobrevivir.
Aquel día Martinchu se quejada de grandes dolores de cabeza. El médico decía que se trataba de excusas para no ir a la escuela. Mi madre decidió que, pese a todo se quedaría en casa.
Al regresar del colegio, estaba en primero de bachillerato, la casa estaba ordenada, pero revuelta. Lo de Martinchu era un derrame cerebral que cundo se descubrió era demasiado tarde.
Todo el ceremonial se desarrolló en casa de “Vinacha” y corrieron con los gastos pero se continúo sin hacer un reparto.
Juan Ángel, un abogado de mi padre, insistía en que había que hacerlo. La tía Juani se negaba; hacerlo le parecía un ultraje a su marido.
Se equivocaba la tía Juani; construyeron cinco edificios. A la tía Juani solamente le quedó un piso y un pequeño local para su mercería. No le importaba, estaba muy atareada por la culpabilización por la muerte de su primogénito. Dedicaba a los que quedaban todo el tiempo libre del que disponía y también estaban en nuestra casa; eran como mis hermanos.
Las desgracias se acumularon sobre la pobre tía Juani: en primer lugar la enfermedad de tiroides que transformó una niña preciosa en fea. Todo se arregló gracias a sinergias y esfuerzos; ahora es guapa.
La culpabilización hizo meya en la tía Juani. Murió muy joven, invadida por un cáncer promovido por un tumor cerebral que los médicos no habían detectado pese a que se manifestaba por bulto y dolores de cabeza que apenas fueron anotados por el especialista.
En San Juan de Luz recordé las cosas que nos había dado y conseguido la tía Juani. Murió unos años después, entonces solamente lamentaba su culpabilización gozaba de  su cariño.
El apartamento 98
Ignoro si fue coincidencia que me atribuyeran este número, Sé que la atribución era una pieza para crear mi lugar de catarsis. Mientras escribo, cocino, escucho las olas, siento el viento y el sol. Después me acercaré, con Julen, a la playa.
Estoy cocinando lentejas extra de La Armucha. Un poco caras, pero aconsejadas por mis fruteros y sepia en su tinta, aconsejada por mis pescaderos. También he comprado, en el mercado Fontana  tres botellas de tinto alicantino Cepas de Baco y una de vino blanco de la misma marca, para cocinar la sepia. Excelentes productos, excelente gancho y simple acogida.
Eso fue ayer. Aún tenía problemas intestinales y me apetecía cacao para tomar con la leche arroz de mi desayuno. En la Fontana no había uno u otros de estos productos. Los encontré en Más y Más, donde han colocado, a las puertas, barreras para amarrar a los perros que permanecen controlados por emplead@ durante la compra.
No me gustan los supermercados, pero en Más y Más me encontré tan arropado como él La Fontana. Me ayudaron a encontrar leche de arroz y cacao ValorCacao a la taza. Esta mañana mis instintivos me han dado tregua.
¿Por qué pensaba en el 98 cuando me subí al tren en San Juan de Luz? Yo huía de España y la pérdida de Cuba y Filipinas no fueron para mí o mi entorno, una desgracia. Es más, siempre he sido muy feliz en mis visitas a la Cuba fidelista.
Yo creo que el 98 para mí era Unamuno, un Unamuno cargado de la “angustia vital” que encontraba en los libros prohibidos, en la España del Nacional Catolicismo. Yo tenía acceso a ellos por amigos de mi padre, e incluso en Pamplona, por mucho que estuviéramos en una universidad del Opus.
La nausea
Ya la había leído en aquel verano de 1965, pero, en el viaje la sentí: los vagones estaban cargados de viajer@s que habían atravesado España en las carracas de entonces, para encontrar trabajo en Europa. Los que embarcábamos en Francia encontrábamos vagones que olían a cuerpos encerrados durante días. No nos pillaba por sorpresa y tampoco debía pillar a los franceses que estaban en nuestra situación. No era el caso: los aspaviento, gritos e insultos eran la causa de mi nausea. Entonces me enteré de que éramos “pingüinos”. ¿Era esta la democracia que con tantas ansias buscábamos?
Pese a todo y a la cara de asco de los gabachos, todos los españoles del compartimiento sacamos lo que teníamos preparado para el viaje, en todos los casos eran las delicias que tenían nuestros allegados como oro en paño.
Pensé en el 98, por Unamuno y por su “África empieza en los Perineos” Me preguntaba si la solución era africanizar España y Europa. No podía responder porque apenas conocía un trocito de España y porque iba a descubrir Europa.
Cábala
Nos instalamos en un hotel modesto cerca de la estación. No recuerdo el nombre, pero sí el de la hija de los dueños y recepcionista; se llamaba Jacqueline. La familia era judía y estoy seguro que seguirá siéndolo.
A los tres días de nuestra llegada ya no nos quedaba con qué pagar el hotel. Pedimos a Jacqueline que nos guardara el equipaje.
_             ¿Se os acabado el dinero? Podéis tomar el desayuno. Lo pago yo. Dais unas vueltas hasta las cinco. Termino mi turno. Después arreglaremos todo. _ Su expresión era tranquilizadora.
Pese a todo dedicamos el tiempo a buscar. Yo visité los periódicos para encontrar a becarios en prácticas. Encontré a Jacques Mahuas, que estaba libre a las cinco. Él y Jacqueline nos alojaron en la residencia de estudiantes de Medicina, pagaríamos cuando tuviéramos trabajo. A mí me lo consiguieron para el día siguiente, en una vinagrería, con la ventaja que el chofer del camión me llevaría y traería y le consiguieron a mi hermana, para un día después, un puesto en el laboratorio de análisis.

Se habían reunido todos los animismos para abrirnos las puertas.

sábado, 18 de febrero de 2017

Nuestra cita cotidiana

Nota: pongo lo de hoy. Para no cansar a l@s que hayáis leído el resto. L@s que no lo hayáis hecho tenéis lo anterior en la entrada precedente.

Baraka

En el  98 de Apartamentos Concorde y en mis recorridos por la playa de San Juan se ha abierto paso a mí  “magara”, que ahora veo como “baraka”, ¿Será por la Taifa Valenciana? Yo creo que es por el Sahara, donde conviven ambos términos, el segundo es deísta el primero no lo es, pero las poblaciones del inmenso desierto viven su unión con el universo inmenso de la misma manera.
Yo lo estoy viviendo. Sobraba un poco de fabada; se la ofrecí a Pedro, el coordinador de los taxistas que aseguran el transporte a la llegada o salida de los clientes. Yo llegué con neuras; me las quitó desde mi llegada, me sentí muy arropado. Me apetecía mostrar mi agradecimiento y pensé que mi oferta era una exquisitez.
Pedro captó mi gesto. Cuando vino a buscar la fabada, me trajo una botella de vino de calidad que no había degustado desde hace muchos años, un crianza Enrique Mendoza, alicantino. Pedro sabe que me gusta consumir productos locales. Una forma de mostrar aprecio a mis anfitriones.
Te lo cuento porque he abierto la botella a mediodía y ahora te dejo para seguir degustando.

Mi madre
Muchas veces la oía llorar. El matrimonio de mis padres se había basado en la belleza; ambos eran muy guapos y eso solamente mi hermano lo heredó. Chari, así se llamaba mi madre y Juani, su hermana y mi tía, tenían prisa por casarse desde que el abuelo Leopoldo decidió contraer segundas nupcias con Sole.
La intención era dar una nueva madre a unas hijas que habían perdido la suya cuando aún no habían alcanzado la adolescencia. Les tocó cuidarla durante años, luego la guerra y  después 3 años en los que su padre, dormía en la cárcel y solamente salía de la celda para cumplir con su trabajo. Le necesitaban para que funcionara el remolcador. No le pagaban, era un preso.
Chari tenía 17 y Juani quince.
Nunca me contaron cómo se las arreglaron, pero lo hicieron. Intuyo que esta circunstancia influyó en la opción por las segundas nupcias de Leopoldo y eligió la persona que le pareció más adecuada, tras escuchar opiniones y, por supuesto, las de sus hijas.
Buscaba una madre para ellas; desde luego la elegida no era la esposa que él necesitaba. Yo conocí a Sole y puedo afirmar que el abuelo no se casó por amor.
Se equivocó Leopoldo y las relaciones entre Sole y sus hijas eran muy malas. Nadie me ha dado detalles, pero sé que las dos necesitaban ardientemente salir de aquel  infierno y  que, en cuanto mi madre se casó, la tía Juani se fue a vivir con el nuevo matrimonio.
Yo creo que el matrimonio fue por amor, pero de la misma manera que mi padre menospreciaba la inteligencia de mi hermano y la mía, así lo hacía con su esposa.
Recuerdo una noche en que la oí llorar más que otras. Habíamos presenciado la bronca. Chari llegó a las diez y pico de la noche. Estaba guapísima. Lo era y se había esmerado para ir a Bilbao, al estreno de “Lo que el viento se llevó”. Había ido con una amiga y no habían previsto que la película era larga. Ella quería irse, pero su amiga se negaba. Eso y el trayecto eran las razones de la tardanza.
Para mi padre no valían y yo creo que los celos cargaron su furia. Era muy celoso y siempre he tenido la certeza de que mi madre le tenía tanto miedo como yo.
Al jubilarse, mi padre, puso la “empresa” a nombre de su esposa y cotizó por ella, como había hecho por él, como autónoma.
Mi madre soñaba con cumplir 65 y tener, por primera vez dinero propio, al cobrar la jubilación. Como ya he indicado nuestra economía era volátil; había liquidez cuando había y todo funcionaba a crédito.
Disfrutó de su independencia económica hasta los 96 y, al final, mi padre dejó una pequeña herencia que ha bastado para que tuviera una vida y una muerte muy dignas y para que heredemos los hijos.
En sus últimos días tenía tendencia a dormir por el día y luego se despertaba varias veces por la noche, angustiada. Intenté hacer turnos con mi hermana para calmarla. Aquella  tiene un oído muy fino y siempre se me adelantaba. A duras penas conseguía que se fuera a la cama y me dejara ocuparme.
Por el día pagábamos un par de personas para cuidarla, por turnos. La dejaban dormirse. Yo pasaba horas tratando de mantenerla despierta. Ella hablaba de su madre, Juliana. Se fue a los 12 años de su pueblo, Castrillo, una aldea cercana a Riaño, donde, ya he mencionado, tenemos una casa, ahora en venta.
No había pan para tantas bocas y Juliana, con otras mozas, se fueron, a través de los montes, a Bilbao, 90 Kilómetros. Allí encontraban trabajo en el servicio doméstico. Mal tratadas, mal pagadas, pero no tenían gastos y resolvían la supervivencia de sus familias.
Se casó. Se hizo planchadora. Enviudó sin descendencia. Conoció a Leopoldo. Se casaron y tuvieron 3 hijas. La gemela de Juani murió poco después del parto. Desde niña Juliana sufrió de asma, las crisis se producían cada vez con más frecuencia y con más saña, hasta que la enfermedad la llevó a la sepultura.
Me extrañó que en aquellos momentos no me hablara de Leopoldo; él también tuvo que irse de casa, como sus hermanas y hermanos. La madre era británica, belga el padre. Se habían instalado en Barruelo de Santullán, donde el bisabuelo explotaba una pequeña mina de carbón. Tuvieron un montón de hijos. Murió él, ella no podía ocuparse de la mina y de la prole. Se casó con el capataz. No había descubierto la tendencia de éste a la bebida o la agresividad de sus borracheras. Se equivocó la bisabuela. Los beneficios de la mina y esta misma se fueron en alcohol. No había qué comer y había muchas palizas. Los hijos estorbaban; la mayoría emigraron a América. Sé que Leopoldo estuvo, entre otros lugares en Baltimore y en Caracas. Ya he comentado que se hablaba muy poco del abuelo Leopoldo y las razones por las que ocurría así.
Sé que no le gustaba mandar o hacer negocios, que era vegetariano. De hecho murió de cirrosis hepática por falta de proteína, sin haber probado una gota de alcohol. Solamente porque invertía el dinero que debía utilizar en enriquecer su dieta lo utilizaba para dárselo a mi madre y cubrir nuestros altibajos.
Yo quería mucho a mi madre y ella a mí. No éramos de besos y de exhibiciones de cariños. Recuerdo que para su último cumpleaños conseguí un par de reos en Cangas de Onís. Es supuestamente un manjar, pero yo no lo supe cocinar; lo puse como la trucha asalmonada, asado envuelto en lonchas de jabugo. Después supe que había que freírlo.
Mi madre dijo con orgullo:
_         ¡Sabía que no vendrías con las manos vacías!

Mis hermanos
Nos llevábamos muy bien; jugábamos juntos con otros niños de nuestra edad de los chalets cercanos.
Habíamos nacido en el número cuatro de la calle de Santa Eulalia, una zona de Santurzi en la que había 3 chalets; el que ocupábamos nosotros tenía gran jardín en la parte delantera y gran huerto con frutales en la trasera. Teníamos gallinas y perros, casi siempre cuatro. Los vecinos eran más adinerados. Tenían criadas con cofia. Nosotros solamente teníamos una interina que ayudaba a mi madre algunas horas, cuando apenas había electrodomésticos y había que dar cera y brillo a mano en aquella madera noble que cubría todo el suelo menos la cocina y el baño.
Tengo recuerdos vivos del excelente jardín de la preciosa forja de la verja de entrada; estaba todo amurallado y sobre todo de la terraza que servía de entrada a la vivienda. Era de estilo árabe, forrada de azulejos de azules y amarillos que no he vuelto a ver.
Teníamos una cocina de hierro que funcionaba con leña y carbón y que calentaba la caldera para el agua y la calefacción.
Tras la huerta se encontraban las “casas baratas”, subiendo por la calle santa Eulalia se encontraba la “casa grande” y bajando, la de Musiquillo. A unos cien metros, “el callejón”, tres o cuatro edificios. Todos los mencionados eran edificios para clase humilde.
Jugábamos con los niñ@s de los chalets, aunque se agregaban algun@s de las “casas baratas” y del “callejón”. Raramente salíamos del entorno. A mí me llamaban “cascarrabias”.
Mis hermanos encontraron unos días antes, los juguetes que se suponía nos traerían Melchor, Gaspar y Baltasar en la noche del cinco de enero. Habían sido bien ocultados y quisimos mostrar que ya sabíamos que eran los padres quienes los ponían para que los descubriéramos, cuando nos despertáramos el seis de enero.
_         Está bien. No volveremos a comprar regalos para la fecha _  Dijo mi padre_
Cumplió su palabra; yo tenía 3 años y mis hermanos cinco y siete respectivamente.
Me dolió; cada seis de enero tod@s sacaban sus regalos y presumían.
Mis hermanos y yo teníamos que matar y pelar los pollos. Matar me resultaba muy duro. Pelar era fastidioso, pero ya estábamos acostumbrados. Nuestro padre era cazador y teníamos muchas codornices, perdices, becadas y liebres.
Algunas eran para nuestro consumo, pero mi padre traía mucho. Mi madre bordaba la cocina de la caza y los suculentos platos servían para comprar voluntades de poderos@s, entre ellos estaba la condesa de Ruiseñada, que había sido amamantada por mi bisabuela y que mantuvo muy buenas relaciones con la familia, hasta el punto que Fidel, el hermano del abuelo Antolín, fue el administrador plenipotenciario de los condes y murió, en el servicio de los mismos, lo mismo que ocurrió con Dioni, el hermano preferido de mi padre.
Desconozco las circunstancias, solamente sé que la condesa nos recibía como amigos  que la caza preparada por mi madre la ponía, y que conseguía todo lo que mi padre solicitaba, como embarcarle de mozo de cubierta en el Magallanes y facilitarle el transporte de chorizos, armas artesanas de caza de Éibar, brandy… y en una ocasión un organillo con su carro y burro, que llevaba de España y legumbres, harina, medias de nylon, cosméticos… que se traía de América.
Mi padre se buscaba la vida y en esta época había entradas regulares de dinero. Pero pronto se cansaba de oficio y siempre los escogía en el contrabando.
Hemos vivido de todo. Me han quedado algunos  recuerdos: cuando vinieron a embargarnos y se sorprendieron de que mis hermanos y yo asistiéramos impertérritos al registro de bienes a expropiar; incluso les señalábamos lo que habían olvidado anotar. Sabíamos que no se iban a llevar nada.
La impresión  fue más fuerte cuando la policía vigilaba la entrada principal. Nuestro padre había comprado un pequeño y viejo barco de pesca que descargaba pescado y a veces contrabando proveniente de Francia. Había habido un chivatazo. Mi padre tenía que destruir las pruebas. Por eso estaba vigilado. Lo arregló todo. Salió, invitó a sus vigilantes a entrar, cenar y dormir.
_         Así estarán más cómodos para vigilarme _ Les dijo.
Lo estuvieron hasta el punto que no se enteraron cuando mi padre saltó por el muro de atrás, destruyó las pruebas y tuvo tiempo de preparar el desayuno para todos.
No pienso que éstos y otros hechos nos impactaran a los hermanos. Solo mi madre se llevaba buenos disgustos.
El primero en terminar los estudios, era una carrera más corta fue mi hermano. Le embarcó la condesa de Ruiseñada, también en el Magallanes y pronto obtuvo el título de capitán y el puesto en los petroleros de la ESSO donde ganaba fortunas para la época.
Mi padre se hizo promotor de viviendas con la ayuda de los ingresos de mi hermano y gracias a eso nos dejó una herencia.
Éramos los tres una piña. Cuando estaba en segundo curso de Periodismo inicié mis prácticas durante las vacaciones de verano en el correo. El Opus y la censura franquista habían roto mis sueños. Intenté suicidarme. Caí con una buena siquiatra nada adicta al Nacional Catolicismo.
_         Hay dos alterativas, que el paciente termine su vida en un siquiátrico o alejarle, desde ya, de una familia y de un régimen autoritario- Sentencio la doctora.
Mi hermana acababa de terminar su licenciatura de Químicas. Nos fuimos a Lille con pocos recursos y la intención de encontrar trabajo y que yo cursara los estudios de Sociología.
Éramos como una piña.


viernes, 17 de febrero de 2017

Nuestra cita cotidiana

Catarsis




Magara
Terraza del 98 de Apartamentos Concorde de la alicantina playa de San Juan, 16 de febrero de 2017
Algo me ha traído aquí para hacer mi catarsis. No soy deísta. Me siento cómodo en el “magara”; esa energía cósmica que nos hizo nacer para algo. Siempre está ahí, pero que perdemos a raudales o, más grave aún; nos metemos en el bunker de nuestra burbuja.
Aquí me trajo mi “magara” y aquí estoy arropado; el encuentro de las olas con la playa ensordece los ruidos. Todo es suave no hay confrontación. Simplemente cada mochuelo ocupa su nido.
Nada me impide salir de la burbuja. Basta con  dar unos pasos para asomarme y ver el encuentro del mar con la arena. No es un romance, es una aceptación y fusión en “magara”. Estoy invitado.
No niego que podría haber muchos sitios para catarsis. El mío es la terraza del 98 de Apartamentos Concorde. Carezco de excusa para blindarme.
Además, desde mi llegada, el 10, he tenido un ritual iniciático. No va al caso dar detalles, pero ese Mr. Hayde al que tengo que reclamar mi nido se me ha plantado a sus anchas con la fuerza que aparece en todas las “biblias”. Me parece, sin ser “bíblico”, que necesitaba prepararme y que los acontecimientos me lo han dado.
No soy ritualista, pero necesitaba algo fuerte, para probarme que era capaz de resistir un Mr. Hayde cargado de metralla.
He pasado la prueba. No ha conseguido parar mi decisión de ocupar mi nido y, desde luego, considero que la prueba no ha sido una pérdida de tiempo. Te lo voy a demostrar. No soy freudiano, pero comparto mucho con él. Tenemos que remontar a la génesis de nuestro Mr. Hyde, a nuestra más tierna infancia. Ahí va mi primera sesión de catarsis.



El abuelo Leopoldo
Era animista en la España del Nacional Catolicismo. Yo no tuve abuela; Antolín y Leopoldo eran, respectivamente, mis abuelos paterno y materno. El primero paseaba bajo palio en las solemnidades. El segundo era excluido por la Iglesia y por el Estado, había sido encarcelado por unos años a la entrada de Franco.
Veía al abuelo Leopoldo como un sabio y como un poeta cargado de vivencias. No podía comprenderle, lo impedía el sistema. Había miedo, mucho miedo. En mi niñez, nací en el 44, comprobé la crueldad del sistema. Mi abuelo era anti sistema tolerado, puesto que toda acusación que podría imputársele es el ser el mecánico del transbordador que sacaba del puerto de Bilbao, un barco cargado de niños, a la entrada de Franco. Obedecía órdenes. Por supuesto que muy gustosamente, pero, anarquista pacífico, no pertenecía a ninguna de las organizaciones condenadas por el régimen.
Me hubiera gustado que viviera para decirle que soy anti sistema, pacifista, escritor y firme convencido de que hay un “magara” que me permitirá decírselo al abuelo Leopoldo.

El Mercado Fontana
18 horas
He tenido que hacer una parada para hacer mis compras. Me pilla a un paso, pero cierran a las dos. Mientras caminaba por calles tranquilas y me encontraba con personas sosegadas que responden a mi saludo sin conocerme y cuando me conocen reconocen mi derecho a ocupar el nido y se interesan por mis vivencias, he comprendido que  mi catarsis requiere de un proceso de apaciguamiento, como ha ocurrido con el iniciático.
Nada más fácil que el Mercado Fontana, incluso cuando se llega cuando están cerrando. No he despistado mi aquí y ahora por preocuparme por el almuerzo o por la falta de liquidez. Hay un cajero del BBVA a las puertas y las mismas me ofrecen un lugar seguro y cómodo donde dejar a Julen mientras compro.
Al entrar, he tomado la decisión de hacerme una paella. Pese a que estaban cerrando, me han atendido mi verdulera, pescateros, carniceros y panadera. No somos anónimos mutuamente y tenemos complicidad. Me han ayudado a escoger los ingredientes: caldo de pescado artesanal de pescado, congelado.
_ Lo hacemos nosotros. Con la mitad tienes para dos días de paella para ti y para Julen. Te preparo la mitad para que la metas en el congelador y la utilices para sopa o paella. Yo siempre añado sofrito.
No les quedaban mejillones, una lástima, he comprado unas pocas almejas. A dos pasos están mis carniceros, bueno solamente venden pollos, conejos y huevos, criados por ellos mismos a la vieja usanza.
_Con medio conejo tienes suficiente.
Mi frutera que vende miel aceite y arroz, ecológicos, me ha propuesta habas y guisantes frescos desgranados y alcachofa. Me quedaba puré de verduras variadas. También me ha proporcionado el arroz.
Tenía naranjas de esas que no han pasado por cámaras y una de ellas me ha permitido poner el boche de oro. Me ha salido una paella exquisita y para postre mi panadera me ha sugerido unas madalenas de fresa, cuya materia grasa es aceite de oliva Ecotravadel, alicantino, el que compro a mi frutera.
Me he echado una buena siesta y ya estoy listo para mi segunda sesión de catarsis.

El abuelo Antolín
Si el miedo me alejaba de la heterodoxia del abuelo Leopoldo, la “ortodoxia” lo hacía del abuelo Antolín. Ejercía de patriarca de la familia y a su vera estábamos todos en las celebraciones. Recuerdo que una vez nos llevó a todos los nietos a presenciar una novillada. Yo no miraba al ruedo, pero tenía que aplaudir para mostrar mi agradecimiento.
También nos llevaba al circo y nos daba muy bien de comer en las celebraciones. Era un sibarita y nos hizo a todos sibaritas.
Me asustaba; sus deseos eran órdenes y él representaba el “orden”, pese a que su biblia eran Los episodios nacionales. Eran los únicos libros que tenía.
Tengo que recuerdos que justificaban mis miedos: el palio, conversaciones que escuche porque mi presencia no recataba a los propietarios de pequeñas minas de Somorrostro; uno de ellos estaba furioso por haber perdido un par de mulos.
_             Saben que su vida no tiene valor para mí, a minero muerto, minero puesto, lástima que no sean capaces de reemplazar a los mulos.
No podía irme. Formaba parte de la familia que recibe la visita.

La fabada
El miércoles, fin de mi proceso iniciático, preparé una fabada con los ingredientes que me había traído de Villaviciosa.
_             Lo bueno sería que llevaras el agua _ Me dijo la carnicera_ Parece una tontería. No lo es. Yo uso la que cojo de un manantial. Si quieres te puedo dar una garrafa.
La hubiera aceptado, pero resultaba un engorro.
_             No uses el agua del grifo, dificulta la cochura de las fabes_ me dijo la camarera de Los charros. Es asturiana.
Todo eran energías para facilitar el paso del proceso iniciático a la catarsis. Era necesario; necesitaba cocinar una fabada que visibilizara mi tierra de adopción, Villaviciosa de Asturias, y que agradara a mis invitados. Era mi primer encuentro con unos compañeros de viaje que conocí en twitter: NoticiasToday. Ellos me encontraron en la red cuando lamentaba la “indiferencia” de Medina Sidonia a la obra que me había inspirado la ciudad.
Yo era acogido y mimado. Me dolía que el modelo, raramente se pronunciara sobre mi obra.
_             Ven a la Comunidad valenciana. El modelo se pronunciará con respecto a la obra que escribirás.
Decidí hacerlo y escribirla en apenas un mes que pasaré en Playa de San Juan. En twitter alguien mencionó que mi escritura era catárquica y “alguienes” metieron caña. Mis entrañas pedían que la hiciera. Necesito una limpieza a fondo y mis intestinos se han puesto a expulsar, de forma agresiva durante el proceso iniciático. Ahora, de forma más apaciguada, pero sigue la limpieza.
La fabada resultó excelente. Ellos trajeron una caja de naranjas, de producción propia, recién cogidas. Un festín, un encuentro y un proyecto. Todo muy tranquilo y esperanzador; me dio fuerzas para seguir mi catarsis. No estoy solo; hay “magara”. Soy capaz de volver a esos recuerdos que han creado mi Mr. Hyde.
El patito feo
Es un cuento que me ha marcado; era un patito feo que soñaba, con débil esperanza, transformarme en cisne. Mi esperanza siempre estaba frustrada porque se me reprochaba constantemente mi falta de pericia.
Recuerdo que en el funeral del abuelo Antolín estaban sentados cerca de mí aquellos mineros que lamentaban tan amargamente la pérdida de los mulos.
_             Ya ves, hace dos días se nos llevó la mejor puta y ahora… _También tenía cerca y escuchaba tan bien como yo, el marido de una prima.
Dijo algo que no pude oír; pero si escuché la respuesta de mi padre:
_             El difunto era muy consciente de la gran diferencia de inteligencia que existe entre mi hija y mis hijos.
Recuerdo los esfuerzos de mi primo político para aliviarme.
Poco antes de su muerte, la tía Aurora, se me quedó mirando y con alegría, me dijo, en guisa de despedida.
_             Pues no eres tan feo como se cree.
También tengo muy buenos recuerdos de la tía Aurora.
La cuestión es que se me había metido en la cabeza que yo no formaba parte de aquella familia, como ocurría al patito feo. Tenía que encontrar la mía.
Pensé en escaparme. Nada fácil. Quería escribir y ser actor; tenía que hacerlo a escondidas y tengo una letra espantosa. Se reían de mí cuando encontraban mis escritos.
Mi padre tomó nuestra educación como una forma redimir o de comprar; así tuvimos como tutor a don Francisco, que había sido su maestro y que, ignoro por qué, estaba sin plaza. Mi hermana era la mayor y las clases eran dirigidas a ella, porque, según nuestro preceptor yo era muy listo y no sé qué razones tenía para no tener en cuenta a mi hermano.
Con respecto a mí, don Francisco llegaba a sus conclusiones por el hecho que repetía como un lorito las frases que él mismo reiteraba como un lorito.
Después, el tal don Francisco obtuvo plaza en un barrio muy alejado de nuestra residencia. Mi hermano y yo teníamos que levantarnos más temprano porque el trayecto tomaba dos horas.
Cuando la tía Aurora quería la concesión del barrido de las escuelas de Cabieces, entonces un barrio marginal de Santurce, mi hermano y yo fuimos inscritos en esas escuelas. El número de alumnos contaba.
Cuando cumplí los 10 años ya no era posible que se legitimaran por trapíchelas  las notas que ponía don Francisco para el ingreso, primero y segundo de bachillerato, en el caso de mi hermano  y de los mismos más 3º, en el caso de mi hermana.
Teníamos que ir al instituto y obtener allí las notas. Fue un choc para los tres y, en el fondo fui el más privilegiado, porque empezaba más de abajo. Pasé el examen de ingreso porque un amigo de mi padre era el presidente del tribunal. Recuerdo que dijo:
_             Aprobado, por supuesto, pero, Luis, este chico nos ha dejado asombrados. Tiene ideas, pero tiene una ortografía que repugna, acompañada de una escritura horrorosa. Plantea los problemas, pero no sabe resolverlos.
Pese a todo, en primero solo suspendí dos, en segundo cuatro y en tercero 6. Repetí y terminé el bachillerato, incluso con alguna matrícula.
Mi hermana, pese a que era quien lo tenía más duro, en cuarto había una reválida, obtuvo su título de bachillerato y de universidad.
Mi hermano se atascó en la reválida de cuarto; le costó mucho sacar el título de bachillerato elemental y así, se optó por una carrera media; ingresó en la escuela de Náutica.
Yo hice mis estudios universitarios. Luché mucho para que se me permitiera inscribirme en Periodismo, pero tenía que ser en el Estudio General de Navarra, porque, decía  un amigo de mi padre:
_             El Opus tiene poder.


Mi padre
Estuvimos muy bien alimentados en una España que se moría de hambre. Era un padre modélico; de niños, a nosotros y a los cachorros, nos daba aceite de bacalao. Aún me dan nauseas cuando pienso. Cada mañana nos traía a la cama zumo de limón con agua de Mondariz; al de un rato, zumo de naranja. Cuando nos levantábamos encontrábamos ya preparado el desayuno.
Traía la leche Mariquita, el pescado, Kuki. Mi padre se ocupaba de la carne, las verduras y frutas, mantequilla, miel queso, pan… La primera la traía de Soncillo; teníamos y tenemos una casa en Riaño, una aldea cercana. El pan lo compraba en una panadería que le tocaba de camino, con un pan amasado y cocido con amor. El resto, en Mercabilbao, donde él sabía que a partir de las siete de la mañana, los precios caen.
¿Cómo lo hacía? El oficio que tenía cuando yo empecé a comprender era el de la compraventa de coches usados. Los compraba en Francia, los vendía en España, nunca he sabido cómo lograba cambiar la matrícula. En España entonces era muy difícil comprar coche, había enormes listas de espera para acceder a un coche nuevo.
Conocí a mi padre con coche. Eran unas tartanas con frecuentes averías, él  siempre las reparaba. Con tal profesión tenía muchos contactos en San Juan de Luz y, a veces nos llevaba.  ¡Que delicia! Se respiraba otra cosa, especialmente porque mi padre se relacionaba con los que habían tenido que huir de España y habían sabido instalarse en Francia.
Mi padre era muy buena gente; no solamente nos cuidaba, sino que me pagó la universidad más cara y en sus oficios, que han sido varios, había un montón de altibajos y largos periodos de bacas flacas.
Eso sí, siempre ha estado convencido de la gran diferencia de inteligencia que existe entre su hija y sus hijos, hasta el punto que consideraba que la cátedra de instituto de ella era superior a mi titularidad de universidad.
Me quería; me apoyó en mis locuras; se venían él y mi madre a pasar las navidades conmigo. Me compró una casa en Teror, la capital mariana de Gran Canaria, para sacarme del barro en que me veía metido, residiendo en la Playa de las Canteras.
Pero eso sí, a él le gustaba mi barro y se escapaba a menudo para pasar una temporada en Canteras. Siempre me ha sorprendido la atracción-rechazo que siente mi familia por mis mundos.