Radio de los 60s

domingo, 17 de mayo de 2015

Caminitos

 No se me ocurre qué hacer para promocionar mi obra escrita. Solamente me queda esperar los resultados, si los hubiera y buscar otros recursos si fueran insatisfactorios. Por el contrario, la escritura de mi quinta novela, depende de mí, de saber lamerme las heridas y de comprometerme a escribir, como hago con mis artículos de opinión, al menos un capítulo por semana, en mi blog. Quizá este paso sirva para animar a mis fieles visitantes, insisto en mi sincero agradecimiento y a otros. Obviamente me gustaría que funcionara, pero, en cualquier caso, es un paso más.

La novela se titula “Caminitos”; es una historia narrada por personajes que la han vivido. Es un borrador.  A continuación el primer capítulo:


 Antonio



He tenido que esperar tres días para que me permitan ver a Martirio. El nuevo arresto domiciliario ya no es como el de antes; han cambiado las cerraduras y solamente los “agentes de la autoridad” tienen llaves. He necesitado tramitar un “vis à vis” y, contento con haberlo logrado, porque “no documento razones de  solicitud”.
Las tengo, pero no les vale el hecho de que en el barrio todo el mundo me ha visto, desde hace años, entrar y salir de sus diferentes domicilios. Se muda frecuentemente porque siempre terminan echándola. Desconozco las razones por las que tiene problemas con sus vecinos, con su familia y con la jueza. No es mi problema  Satisface mis necesidades sexuales y me hace sentir menos solo. También contribuyo un poco a su supervivencia de pensión no contributiva y un mucho  en lo que compartimos.
Nada de eso era argumento para los señores “agentes de la autoridad” hasta que se ha producido el milagro. Ignoro lo que ha pasado, pero hoy la secretaria me ha indicado que la jueza quería verme No he tenido que esperar mucho para que me reciba y para ser informado de que se ha producido un milagro; ya era hora, porque necesito un polvo ya.
-Le acompañará un agente para abrir y cerrar la puerta cuando entre y cuando salga. Puede permanecer una hora.
Se calla y espera, inútilmente, mi reacción, después sigue, como si fuera necesario
-Cuando están juntos nunca nos han dado problemas y usted, por su parte, tampoco. Me pregunto si no podría influir un poco más…
No tengo la menor intención de responder, pero descubro que ya estoy hablando.
-Yo solamente sé lo que ella me cuenta y no soy policía o juez. Nunca he visto en sus domicilios esas tijeras enormes con la que se la acusa de amenazar a algunos miembros de su familia. Tampoco, en los años que nos tratamos he visto el mínimo gesto agresivo que pudiera inducirme a pensar que las acusaciones que pesan sobre ella sean ciertas. No puedo añadir más.
-Usted es un médico jubilado ¿Qué hace con ella?
-¿Cómo que qué hago con ella? ¿Quiere que le cuente  nuestras intimidades?
Es mi forma de provocar, sé perfectamente que su pregunta es ¿qué hace un chico como yo con una chica como Martirio? Y no tengo apetencia de responder. La experiencia es satisfactoria por las dos partes, parece un buen apaño…
Mi interlocutora no dice nada más y toma las disposiciones para que se realice el vis à vis. Nadie se toma la molestia de contactar con la “visavisante”. Pese a todo me sonríe con sus ojos eternamente tristes.
-Te esperaba y desesperaba de que vinieras. ¡Me siento tan sola! Llevo tres días sin ver más que al poli que me trae las comidas y la tele solo habla del accidente de esa compañía alemana…
_... la Germanwings –Tiene la tele encendida- ¿Por qué no la apagas?
- ¡Es terrible! –Se opone como si estuviéramos obligados  a presenciarlo  y a comentar.
Ha comprendido mi mirada, apagado la tele y me ha seguido al dormitorio. No comprendo cómo pueden considerarla un peligro público; no es sino una mansa fiera acorralada que sabe que no soy su príncipe azul, sino un apaño.
Me gusta desahogarme con ella, porque es higiénico y porque cada mochuelo dispone de su nido. Yo pago mi parte del alquiler, pero solamente  paro para esto. Bueno, a veces, antes, dábamos algún paseo. No es que me preocupen mucho las nuevas restricciones…
Ella, aunque no me lo cuenta sí que las lamenta. No hace falta más que verla, por mucho que intenta disimular. Es callejera, no soporta la soledad. Ella se lo ha buscado, tenía que incumplir la orden de alejamiento de su hermana y el arresto domiciliario relajado que se le había impuesto en castigo. ¿Por qué?, porque se le pone en no sé qué.
No soy quién para meterme y soy de los que pienso que cada perro debe rascar sus pulgas y lamer sus heridas, aunque nunca he dejado de ayudarla con la renta y con algo más. No puede quejarse de que le falte lo esencial.
Ya lo hemos hecho hace un buen rato y tengo que esperar a que vengan a abrirme. Martirio devora las torrijas que he traído mientras calienta el chocolate, aunque no le ha dado tiempo para que enfriara mucho. Me lio un petar con la tranquilidad que me da el margen de tiempo. Ella se enjuga, con discreción, lagrimas que se obstinan en reventar.
-Yo no estaba donde se me acusa.  Estaba aquí mismo.
-¿Por qué no respondiste a la llamada del agente  encargado de comprobar tu cumplimiento de arresto domiciliario?
-Porque no funciona el timbre.
-¿Por qué no lo arreglaste con la pasta que te di para hacerlo?
-Los que vivimos de una no contributiva no podemos permitírnoslo.
De sobra sé que no hay quien la saque de su terreno, ¡tiene tan poco la pobre! Come con  glotonería de niña malcriada.
-¡Que se coman ellos la mierda que me traen!
Es feliz a su manera y me deja disfrutar el porro.
-¿No te molesta si enciendo la tele?
Pregunta por las formas, siquiera me da tiempo a responder. Hablan de las ex novias del copiloto. No tardarán mucho en venir a abrirme. Así lo espero… Odio sentirme encerrado. Hace ya un buen rato que me habría marchado… Ella lo lleva como si nada.
-¿Gasta mucho la tele?
-Yo que sé…
.Tendrás que ayudarme a pagar la factura, la tengo todo el tiempo encendida…
No contesto. Estoy matando el porro y es lo que mejor me sabe.
-¿Sabes lo que me gustaría que me trajeras mañana?
Esta no se entera de nada…Cree en la Providencia y si existe la tiene en su contra, la pobre, desde que vino a este mundo.
-Martirio…
-No hace falta que me pongas esa cara Sé que vienes cuando toca. Siempre ha sido así lo nuestro.
Lo dice como si nada, siquiera recurre a la resignación cristiana. Yo sí que tengo que hacerlo para soportar el encierro  y hasta para aguantar la espera


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