sábado, 16 de julio de 2016

Mi artículo de hoy

En Madrid como en Estambul


Turquía no es España;  lo sé. También sé que en el “Tejerazo” no hubo derramamiento de sangre y que en la tentativa de golpe de Estado turca de este sábado ha habido una sangría. ¿Por qué será que ésta última  me ha evocado el 23 F? Te lo cuento.

En primer lugar porque la forma de contarnos ambas es una chapuza;  nadie en su sano juicio piensa en meterse en un golpe de Estado con tan poca chicha como para caer como las hojas de otoño, al primer soplo de viento. Por el contrario podemos afirmar sin ser tratados de locos, que el fracaso de estas intentonas tan chapuzas refuerza  la representación del Estado que ostentan los que los golpistas proclamaban combatir.
Así ha sido para Juan Carlos I y así ha sido para Erdogan, ambos han ganado  legitimidad democrática en un momento en que la necesitaban ellos y otras instituciones internacionales.
No digo que en cualquiera de los casos hubiera habido conspiración alguna. ¡Dios me libre! Sí afirmo que hay muchas coincidencias entre ambas tentativas de golpe de Estado.
Eso sí, ha subido el dramatismo con las centenas de víctimas de la noche del viernes, pero, teniendo en cuenta la sangría de Niza de la noche del  jueves, el espectáculo pedía más sangre.


Nuestra cita coticiana

La Gran Delfina
María Ana de Baviera fue otra desgraciada en el Versalles que me tocó vivir. Hija del elector de Baviera, en 1668, con ocho años cumplidos, fue prometida al Gran Delfín que tenía seis. La pobre chica se sintió ilusionada, su institutriz francesa había sabido encender y mantener el ardor por una corte francesa mucho más excitante que la que le tocaba.
Me lo contó ella, que no hablaba más que con la doncella que se había traído desde aquella corte que tanto echaba de menos desde que llegó a Versalles, tras la boda, en marzo de 1680, cuando el diamante en bruto que había encontrado la Palatina estaba aún en el vientre de mi madre. No sé, creo que las circunstancias pudieron intervenir, la cuestión es que surgió una simpatía desde el primer día en que nos encontramos en Versalles.
Lo recuerdo muy bien, fue el 20 de enero de 1685. Me sentía muy triste aquel día y trataba de perderme en el parque, vi a la Gran Delfina acompañada de su fiel alemana Bessola. Cuchicheaban en alemán.
-Es la Saloppe –dijo la, no sé si esbirra, cómplice o ama.
-¡Es muy guapa!-dijo la Gran Delfina.
Ignoro de donde me salió la voz, pero  sentí que ella comprendió que apreciaba su belleza. Quizá por mi apellido, quizá mi raza… En todo caso yo la encontraba guapa y no lo hacía por espíritu de contradicción a la fealdad que la corte le había atribuido.
Tampoco la sonrisa de la primera dama en rango me pareció fría, indiferente o acusadora.
Eso sí. Nos hablábamos en alemán desde aquel día hasta que ella murió, el veinte de abril de 1690. También mantengo vivo el recuerdo de aquel día. Perdí una amiga, pero me consolé con la alegría de saber que el sufrimiento había terminado con ella y para ella. Siempre estaba enferma y agobiada por dar herederos y no lo  logró hasta 1682, con el parto de Luis, duque de Borgoña, que ha muerto recientemente. Aseguró la descendencia con dos hijos más, Felipe, nacido  en 1683, actual rey de España y Charles, duque de Berry, fallecido recientemente.
La finada no se había encerrado en un convento para purgar sus pecados, había sacrificado su frágil vida para cumplir el papel que se había atribuido en sus sueños. No lo consiguió, puesto que hubo que esperar a su nieto para asegurar la sucesión del trono francés, aunque sí lo hizo en el caso del español.
Sí, hubo amistad entre María Ana Cistina de Baviera e Isabel Carlota Saloppe, pese al papel que me tocaba jugar de diamante en proceso de pulido para defender los intereses de la Palatina, que incluía ridiculizar a los nietos del rey, Luis y Felipe, porque Carlos era ya 6 años más joven que yo y había roto el estigma de fealdad que pesaba sobre  su madre, aunque no estaba libre de pecado. ¿El pecado original que cae sobre todos nosotros?
La Palatina no puso obstáculos a la amistad pese al odio de la Delfina por la princesa de Conti, protegida de Madame. Ésta sabía que tenía la batalla ganada, puesto que Luis XIV escuchaba más a su hija preferida, por muy bastarda que ésta fuera que a su hijo legítimo y primero en la línea de sucesión.
Mis paseos con las alemanas formaron pronto parte de mi función. No tuve reparos en ejercer de espía. Era muy fuerte, porque, desde mi primer encuentro se habían encontrado dos almas gemelas y sentía algo así como si profanara el secreto de confesión. Por otra parte, no jugaba limpio: lo que salía de mi no traicionaba mi misión.
Parece difícil la situación, pero no lo era. Ambas conocíamos las reglas del juego. Ana María de Baviera no era una idiota y yo, pese a mi corta edad, tampoco lo era; ambas sabíamos dónde estábamos, lo que había que decir y para qué lo decíamos. Después de eso estaban nuestros sentimientos. Yo encontraba una belleza donde todas las cortes europeas, incluida la de su cuna veían fealdad e insignificancia. Ella veía la belleza de una Saloppe. Raramente he compartido con alguien sentimientos como lo hacía con la finada. Ella lamentaba su impotencia para salir de donde se encontraba. Había soñado con ser francesa porque esperaba salir de una corte que la condenaba a la soledad del que echan. Soñaba con llegar a una de otro “mundo” que sepa apreciarla. Es un mundo. La fantasía del mundo ideal que forja una niña de ocho años.
Yo soy guapa, todo Versalles lo reconoce y la intrigante Palatina ha encontrado en mí su broche de oro. Ambas estamos atrapadas y queremos salir. Hay reglas del juego y hay apuestas. La pasión del juego es algo que compartimos, yo sé que en los salones de la Señora se juegan dineros. Estos no entran en los nuestros, pero estoy convencida de que lo pasamos mejor. Lo veo en su cara, cuando paseamos por el parque no es la misma que la que veo cuando abren las ventanas para airear los juegos de sus salones.
Me entristece pensar en ella. No era hija del pecado, pero lo pagó tan caro como ellos. Ana María había muerto después de sufrir el rechazo, la enfermedad y una misión. Ella no había sido consultada antes de cargarla con eso y con una misión que la llevó a la tumba sin enterarse de la razón por la que tenía que cargarse con eso.
-Le ha tocado y no es capaz siquiera de cumplir su misión. El rey no solamente tiene el problema de su sucesión. Desde la muerte de María Teresa nos hemos quedado sin primera dama protocolaria. No es que la reina María Teresa  fuera un dechado, pero, al menos estaba aquí,  esta tiene la mente en la corte que dejó y aquí nos castiga con sus quejidos de enferma crónica.

Cuando mi madrina escogía estos términos y olvidaba su habitual escatología verbal, me asustaba.   No es que temiera que se interpusiera en mis relaciones con su compatriota, sabía perfectamente que servían para mi misión. 

viernes, 15 de julio de 2016

Nuestra cita cotidiana

Los hijos del pecado

Cuando  Luisa de La Valiére decidió hacerse monja para purgar sus pecados dejó dos hijos, María Ana y Luis,   nacidos respectivamente, en 1666 y 1667. Sus hermanos mayores habían muerto.
Los supervivientes no eran tan fruto del pecado, puesto que, a la muerte de la reina María Teresa, el rey viudo reconoció oficialmente a su madre como favorita y a ellos como los hijos de la unión, aunque la legitimación de ambos se completó en 1669.
Eran, sin embargo hijos de favorita destronada, puesto que en el otoño de 1666 ya el rey lucía, con orgullo, los encantos de su nueva compañera de cama: la Mortemart, madre de los bastardos que tanto odiaba la Palatina. María Ana y Luis no lo eran tanto a sus ojos, de hecho se hizo cargo del último cuando fue abandonado por una madre que había decidido purificarse.
Me consta que había mutuo cariño entre protectora y protegido y que las intenciones de la cuñada del rey eran las mejores. No sé como nadie pensó que un niño de siete años tan guapo era un caramelo para la depravación que reinaba en los aposentos del marido homosexual de Madame.
Ocurrió sí, en el Palacio Real, donde Felipe de Orleans disfrutaba a sus anchas. El escándalo estalló en 1682. Llegó a oídos del rey que el favorito de su hermano, el caballero de Lorena, había tenido relaciones íntimas con su hijo legitimado, conde de Vermandois y Almirante de Francia.
El soberano aceptaba los placeres de su hermano pero se puso furioso cuando se enteró que un hijo suyo había caído en los mismos, Luis y su seductor fueron desterrados a Normandía.
La Palatina se reprochaba el descuido, fui testigo de  su dolor y de los esfuerzos para reparar el mal. Logró que su cuñado permitiera que el descarriado fuera incorporado a las tropas francesas que ocupaban Flandes.
También con esta intervención se equivocó mi madrina, puesto que las condiciones impuestas por el ultrajado padre provocaron la muerte del pobre Luis, quien había puesto tal tesón en logar el perdón que enfermó y murió en 1683, a los dieciséis años.
Su penitente madre se limitó a decir que no lo lamentaba tanto como haberle concebido en adulterio. Mi protectora sacaba su dolor haciéndome trabajar con delirio para imponer a Santa Teresa en una corte que a su juicio estaba enfangada.
Ya lo creo que lo estaba y debo reconocer que yo gozaba en el papel que horrorizaba tanto a algunos. También había hecho mía la causa del desgraciado Luis. Que yo sepa éramos tres a compartirla: la hermana que quería con locura al pobre desgraciado, la Palatina  y yo. Aunque había sido confiada ella también a la custodia de la cuñada de su padre el rey, el último la había casado el 16 de enero de 1680, con el príncipe de Conti, tenía 13 años y unos meses, era la hija predilecta del soberano, pero a éste no le tembló el pulso para destinarla a doblegar a la grandeza que tantos quebraderos de cabeza le había dado.
No importaba que la desposada no sintiera atracción por el marido impuesto, como quedó patente en la misma noche de bodas, pese a los esfuerzos del esposo, quien testimonió su amor, pese al rechazo de una esposa que debía mantenerse aislada por causa de la viruela que sufrió en 1685, regresando al hogar conyugal para cuidar a su esposa.
No parecían servir a gran cosa las plegarias de la madre arrepentida. El cuidador fue contagiado y murió, justo cuando su esposa, conmovida se había enamorado. Ana María sanó y conservó su belleza y su gracia, su desgracia, porque, viuda y rica a los veinte años y con el poder que le daba ser la hija preferida del soberano, no cayó en el fango como su hermano, pero los requerimientos que tuvo, tanto de hombres como de mujeres, la empujaron a cometer imprudencias.
Fueron, sin duda, muy desgraciados los hijos de la penitenta, por mucho que Ana María destacase en la corte y que aún siga viva. La causa es la belleza que heredaron de la primera favorita reconocida del Rey Sol.
Los hijos del monarca con la Mortemart comenzaron a llegar en 1669, pero los que vivieron hasta ser legitimados son  Luis Augusto, nacido en 1670; Luis César, en 1672; Luisa Francisca, en 1673; Luisa María Ana, en 1674; Francisca María, 1677; Luis Alejandro, 1678. Todos ellos fueron confiados a la Maintenon, quien hizo de ellos su causa.
Los pobres no tenían madre reconocida, puesto que esta tenía marido. Ignoro si ésta era la causa del ahínco que puso la cuidadora en sacarlos adelante. Ya lo creo que lo hizo, se instaló con todos ellos en Versalles, desde que el recinto fue sede de la corte. La Palatina estaba ultrajada y por eso me trajo. Si la Maintenon podía traer bastardos, ella podía traerse una plebeya apellidada Saloppe.
Luis César tuvo la suerte de escapar pronto a mi acoso, murió el 10 de enero de 1683. Lo recuerdo muy bien. Me sentí muy culpable por las veces que había provocado su llanto. Era un llorica. Los otros, aunque mayores que yo tuvieron que sufrirme durante mi estancia en Versalles.
¿Sufren? Yo creo que sí lo hacen, pese al encumbramiento. De lo que estoy segura es de la desgracia de Francisca María, casada a los quince años con el hijo de los duques de Orleans y despreciada por su marido y sus suegros.


jueves, 14 de julio de 2016

Nuestra cita cotidiana

La Palatina


La princesa Elisabeth Charlotte del Palatinado encontró su diamante en bruto en el vientre de mi madre cuando ésta no se había dado cuenta aún de que estaba gestándome. No creo que fuera bruja o que tuviera dones divinos.
Sé, que ya había cumplido su papel materno con el tercer parto, el de Elisabeth Charlotte  de Orleans, nacida en 1673 y por tanto con esperanza de vida, como ocurre con Philippe, duque de Chartres, que había venido al mundo en 1676.
Monsieur y Madame compartían amigablemente su espacio. Ya estaba asegurada la estirpe y no tenían que someterse a la tortura. Él prefería su corte de amantes masculinos y ella podía engordar,  vanagloriarse de su fealdad y escatología e intrigar. Eso sí; había que conquistar más poder con la estirpe, en la que estaban incluídas las dos hijas supervivientes del primer matrimonio del duque, con la difunta  Enriqueta de Inglaterra: María Luisa y Ana María, nacidas respectivamente, en 1662 y en 1669.
Y de prole era cuestión desde que el monarca decidió casar a María Luisa con el rey de España, Carlos II; apodado el Hechizado por ser un engendro  de la insistencia de las bodas en familia  de la corona española... Además, no pintaba nada en una corte carcomida por una mojigatería mezquina. Cuando la hijastra de la Palatina supo de su cruel destino se arrojó a los pies de su soberano y tío para implorar que no se le impusiera tal sacrificio. Luis XIV se había alejado, indicando que una reina Católica no podía arrodillarse ante el rey Muy Cristiano. Aludía a las distinciones de la Santa Sede e indicaba que ya estaba todo decidido.
Lo estaba y la boda se celebró en 1679.Mi madrina me hizo leer sus cartas desde que aprendí a leer. Son un mar de lágrimas que leí, con mucha atención, hasta su muerte, sin lograr descendencia, el 12 de febrero de de 1689.
Se ha especuló mucho en Versalles sobre esta muerte. No era extraño; las circunstancias recordaban las que se produjeron en la muerte de Enriqueta de Inglaterra. En ambos casos se habló de envenenamiento…
Desde mi tierna infancia sabía que mi destino era España; no solamente por la atención que tenía que prestar a las cartas de su desdichada reina, quien acabó acomodándose a un destino que le había provocado tanto rechaza, el desdichado rey estaba loco por ella y procuraba satisfacer todos sus caprichos.
La Palatina necesitaba un talismán para defender los intereses de su prole en España. Sus deseos me encontraron en el vientre de mi madre. Su búsqueda duró unos años. España era una razón de Estado para Francia cuando se celebró la boda, también sin descendencia superviviente de Isabel de Borbón quien contrajo matrimonio con el entonces príncipe de Asturias y posteriormente Felipe IV y padre del Hechizado. No logró un heredero al trono, pese a los ocho hijos que parió, aunque fue madre de la reina María Teresa, la esposa de Luis XIV.
Estuvo casi a punto de cumplir la “razón de Estado” impuesta, en 1638 por su padre, el rey Enrique IV de Francia, pero su hijo Baltasar Carlos, murió de viruela mucho antes que su padre, Carlos II es hijo del segundo matrimonio de su padre, con Mariana de Austria..
La Palatina me explicaba todas estas cosas con mucho detalle y muy pronto fui consciente de la importancia y del cacho que podía sacar la estirpe de los duques de Orleans del “asunto de Estado Español.
De hecho, la duquesa me confesó su participación en las intrigas de boda de sus hijastras, las únicas princesas de sangre que Luis XIV podía ofrecer en sus tratados. Cierto que el monarca tenía hijas legitimadas pero éstas no servían para estas cuestiones de Estado, aunque si servían para otras, como la de doblegar a la grandeza por matrimonios muy bien remunerados con bastardas, por muy hijas legitimadas de rey que fueran.
La lucha contra los bastardos que llevaba mi madrina era una de las rozones de mi entrada y permanencia, como protegida de Madame, en Versalles. Yo, una plebeya de apellido infamante, representaba un desafío a la presencia de bastardos reconocidos en la corte. Ya he comentado que yo tenía mucho más de lo que tenían los otros niños de la corte. Además era la misma y la más guapa. La Palatina no se había equivocado cuando escogió su diamante en bruto o el procedimiento de tallado.
Lo de la mística era una múltiple conspiración. Contra la Maintenon, la única mujer que domina a Luis XIV y que aleja al monarca de su cuñada. Antes de la llegada de la intrusa ambos cuñados se tenían gran aprecio y discutían sobre asuntos de Estado. La reina María Teresa no contaba más que para el protocolo y las preferidas se limitaban a sus intereses en la corte. La Maintenon entró como custodia de los hijos de la Montespan, favorita que sustituyó a la infeliz Luisa de Lavaliére, en 1667.
La Palatina distinguía entre los bastardos reconocidos de ambas. Tenía claras preferencias por los de la primera. Se trataba de una pobre infeliz que había sido utilizada para disimular los encuentros de Enriqueta de Inglaterra y su cuñado. Era apenas una niña y fue seducida por el soberano. Lo amaba al punto que cuando el rey mostró predilección por la nueva favorita, se metió carmelita descalza en 1670, para purgar sus pecados, cuando se la necesitaba en la corte al objeto de cubrir los amoríos del monarca con la Montespan.
Era una historia muy triste y acompañé frecuentemente a mi madrina para visitar a la monja. Nada era en balde; tenía que fijarme en ella para evocar su presencia, Santa Teresa era la fundadora de las carmelitas descalzas y la lectura preferida de la difunta reina María Teresa de Austria, fallecida el 30 de julio de 1683.
Pocos meses después ya se hablaba del matrimonio secreto de Luis XIV con la Maintenon. Había razones para explicar el horror que inspiraba mi interpretación del “Vivo sin vivir en mí”.


miércoles, 13 de julio de 2016

Nuestra cita cotidiana

He cummplido, 1300 palabras. Es un borrador, claro.

Vivo sin vivir en mí

En la inmensidad del Atlántico, 26 de noviembre de 1714
Empecé este diario en la noche de mi cuarto cumpleaños, el 21 de julio de 1684. Estaba tan cansada que, pese a mis ilusionados esfuerzos, me quedé dormida tras escribir el título del poema de Santa Teresa de Ávila. Había gastado mis energías en soñar con que llegara el momento de disfrutar del nuevo apartamento que se me había acordado aquella misma mañana como premio a  mi rápido aprendizaje de lectura, escritura, danza, canto y el español. Apenas tuve tiempo de verlo; antes de disfrutarlo tenía que mostrar mis habilidades y lograr captar la admiración de los habitantes de Versalles. Tenía doncella; echaría en falta a mi niñera,  Antoinnette. Mi pena se disipó cuando descubrí el escritorio, el tintero y el papel, mientras Julia, mi nueva doncella, me vestía para la ocasión y me intentaba mostrar el contenido de un guardarropa que ella consideraba espléndido y que yo siquiera miré.
Me moría de ganas de sentarme y ponerme a escribir. Julia hablaba en español y pretendía explicarme mis privilegios como protegida y pupila  de Madame, duquesa de Orleans y cuñada de Luis XIV, la intrigante Palatina para cortesanos y servicio. En efecto, se  me había  asignado  una de las joyas de los alojamientos reservados a la familia del hermano del soberano.
Yo solamente deseaba empezar a escribir mi diario. No podía ser; lo primero era lo primero y las cosas se complicaron desde la mañana. La Palatina pensaba haber previsto todo, pero la nueva esposa secreta del rey, la Maintenon, había hilado muy fino para que todas las miradas del parque se centraran en el paseo en coche del rey acompañado por el Delfín. El primero llevaba las riendas con firmeza. El segundo parecía un pelele.
Ambos eran marionetas cuyos hilos eran tirados hábilmente por la nueva dueña de Versalles, en opinión de la cuñada del rey. A pesar de mi corta edad compartía esa opinión y estoy convencida de que también lo hacían los que miraban la escena, sin apenas fijarse en el espectáculo que protagonizaba.
Estaba acompañada por la actriz española María de Navas y por los marionetistas de los Brioché. Todos ellos habían colaborado en mi enseñanza. Ahora la estrella era yo, pero, pese a nuestros esfuerzos, apenas lográbamos público, más allá de los arrastrados por la Palatina.
Nos pasamos horas y horas repitiendo el poema de la mística española por todos los rincones del palacio, sin descanso, para que nadie quedara sin presenciar las proezas que había logrado la Palatina con mi educación en tan solo dos años
Vivo sin vivir en mí
Y tan alta dicha espero
Que muero porque no muero.
Ya se me habían clavado en las entrañas estas frases desde que comenzó mi aprendizaje. María de Navas lo recitaba, cantaba y bailaba en español. Yo no comprendía la lengua, pero las marionetas de los Brioché eran de gran ayuda. Aún no comprendo a Santa Teresa y se me dio una educación agnóstica, en una corte devota. Me contaron que a mi edad la Santa se había escapado con uno de sus hermanos, a tierra de infieles, para alcanzar el martirio.
No era cierto, lo supe después. Entonces lo creí. Yo no quería irme. Mi madre me había hecho comprender, con su leche, sus besos y sus suspiros,  que había tenido la gran suerte de gozar de la protección de la duquesa de Orleans, que era como ella conocía a mi protectora. Casi nadie utiliza ese título u otros muchos de los que dispone, para designarla. Ella lo hacía porque el Palais Royal había sido atribuido a la rama de Orleans y mi familia, los Saloppe, habitaban un pabellón del mismo desde la época de Richelieu.
Nuestro apellido era infamante: puta, zorra, guarra… basura. No éramos tal. El pabellón fue atribuido a mi antepasado como parte de pago a sus servicios y lo habíamos conservado porque continuábamos prestándolos a los sucesivos usuarios del palacio. Entonces y ahora, los duques de Orleans.
Pese a mi tierna edad había asimilado el orgullo de mi raza;  durante siglos, los Saloppe habían intrigado y logrado defender los intereses de sus señores ¿Cómo? Violando la intimidad de los adversarios. Mi padre, como sus antepasados, tenía una red de espías que le informaban de todo lo que sus señores pensaban que quedaba “en familia”.
Sí, me sentía orgullosa de ser una Saloppe. Asimismo sabía que tendría un porvenir acomodado, pero nadie, en mi familia ha entrado en los apartamentos de sus señores y la Palatina me había instalado, con el rango de su protegida en Versalles, yo vivía con los duques de Orleans, para los que trabajaba mi familia, había sido amadrinada por la duquesa y me habían bautizado con dos de sus nombres: Elisabeth Charlotte, aunque conservaba el apellido infamante.
¿Cómo no estar contenta con mi suerte? Sentía orgullo, sí, y como ya se me había explicado lo que había, no echaba de menos a mis padres. ¿Para qué? Pese a la vigilante atención de Antoinette, me dolía que se pregonara tanto mi apellido. Todo el mundo tenía que saber que no solamente era una plebeya, sino una Saloppe. “Y la cabra tira al monte”, decían, en aquel Versalles preñado de falso beaterío, cuando estaban seguros de que lo oiría.
Todo eso era agridulce. Mi madrina dejó muy claro, desde que me trajo, que era superior a todos los niños de la corte, incluido el hijo del Delfín, Luis, que tenía dos años menos que yo.
Recuerdo que éste había sido privado de los Brioché, porque la Palatina se había adelantado, a sabiendas, en contratarlos para mi educación. No soy mala, pero sentía placer de ser la más mimada de la corte.
El “Vivo sin vivir en mí” era otra historia. Me asustó desde el primer día, fue una extraordinaria representación para conmemorar mi segundo aniversario y mi instalación en Versalles. No podía pasar desapercibida. La Navas vestía el uniforme de las carmelitas descalzas. Su actuación me estremeció, su danza me asustó y su gesto me impactó.
Las marionetas de los Brioché eran ángeles y demonios que querían arrastrarme. No grité. Pese a mi corta edad sabía que tenía que retener mis energías para aplaudir y para reír por las piruetas de algunas de las marionetas. Estas pretendían meter la pata. Yo sabía que no era así.
Sabía mucho para mi corta edad. Había tenido muy buenos maestros antes de que mi madrina se ocupara de mi educación. Desde el principio estaba al corriente de que la elección del “Vivo sin vivir en mí” era una provocación. Nadie me lo había explicado, pero bastaba, para darme cuenta, por los aspavientos que despertaba la representación. También era para mí motivo de regocijo. ¿Por qué se me había quedado clavado en las entrañas el poema?
¿Por qué aún ahora siento que vivo sin vivir en mí y tengo terror en llegar al fin de mis días sin saber por qué he vivido? Ahora lo dejo estar, pero aquella noche necesitaba escribirlo y así empecé mi diario.
Lo seguí haciendo, con gran esfuerzo, tras mis agotadoras jornadas. Me llevé una gran decepción cuando la Palatina confiscó mi diario cuando dejaba Versalles, para empezar mi misión en España.
-Nunca debes dejar ver el mínimo rasgo de tu intimidad-Me dijo.
Me sentí avergonzada, aunque sabía que ella lo leía, pese a mis esfuerzos para esconderlo. Aprendí y no he vuelto a escribir diario alguno hasta hoy, en este carguero que me aleja de las iras de las cortes francesa y española, donde se me trata con deferencia y hasta con mimo, en obediencia de las órdenes de mi hijo Ensio, que me espera en Colonia de Sacramento, puerto del Rio de la Plata, actualmente en manos de los portugueses.

No interesan mis intimidades a estos lobos de mar que han sido muy generosamente pagados por mi pasaje y que esperan suculentos beneficios por el contrabando que transportan. Te interesa a ti y para ti lo escribo, una vez liberada de mis temores y adaptada a la navegación.    .

Nuestra cita de los miércoles

Vuelvo a anunciarte una cita cotidiana. Te necesito, aunque, de momento vea tu presencia en el contador únicamente. Gracias, una vez más. Ayer vi el concurso de Freeditorial: relato entre 10.000 y 40.000 palabras. Histórico o ficción. Fecha tope 31 de julio.

Es lo que me hacía falta: una meta asumible; 1000 palabras diarias. Me comprometo y la novela que tenía atascada es histórica.