domingo, 7 de abril de 2019

Mi amigo Maquiavelo XIX


Mi hijo Hércules
Con el parto de éste, el 18  de marzo de 1555, consideré que ya había cumplido con mi obligación de dar herederos a la corona.
Temo que me equivoqué  en todo: fecundé un rival para Enrique III. Heredó el nombre de Francisco de su hermano mayor, el difunto Francisco II; la muerte de Carlos  IX acordaba al último en nacer el título de “Monsieur”, casi de heredero, en ausencia de prole por parte del real hermano.
La envidia que sufría por unos hermanos que gozaban de privilegios de los que él no disfrutaba le hizo más feo, antipático y traidor, la viruela que sufrió en la adolescencia le valió el apodo de “rey de los feos”.
No puedo evitar esas murmuraciones; las hay y, desde luego, es difícil encontrar a alguien más feo.
Enrique III es guapo y su corte escandalizó a los polacos; los encontraban afeminados.
Lamento el rechazo que he podido mostrar al niño Hércules que tomó el nombre de Francisco a la muerte de su hermano.
Una buena madre ayuda a sus hijos feos, sobre todo cuando éstos están marginados por un protocolo que yo misma defiendo con uñas y dientes.
Cierto que siempre ha pesado mucho mi papel de reina.
Tengo excusas válidas, pero, tengo que reconocer que la conducta traidora de este hijo mío me ha inspirado siempre rechazo y desconfianza.
No supe prever las intrigas de “Monsieur” y del rey de Navarra, que, unidos a los innumerables agraviados por el fardo de los impuestos; organizaron la conspiración de los “Malcontentos”, que pretendía que puesto que Enrique era rey de Polonia, el sucesor de un rey Carlos de salud tan quebrantada debía ser “Monsieur”.
Conseguí derrotar este intento de golpe de Estado y que mi hijo Enrique III perdonara la vida a su rebelde hermano.
Guillermo de Orange supo aprovechar nuestro apuro: propuso a “Monsieur” el trono de las protestantes Provincias Unidas de los Países Bajos.
En realidad se ofrecía un reino en el que el papel del monarca se limitaba a legitimar con su firma las decisiones tomadas en  los Estados Generales: una forma de mantener el poder de los Orange  y de provocar a Felipe II de España.
También era conveniente para mi hijo Enrique III alejar a un hermano conflictivo.
El 19 de septiembre de 1580 Francia firmaba con la entonces República protestante el tratado de Plessis les Tours que acordaba la corona a mi hijo Francisco.
Bien poco le duró el gozo al último; llegó a su reino en febrero de 1582, se le concedió el título de duque de Brabante, empezó su “cruzada”, la resistencia de Amberess en enero de 1583 puso fin a sus ambiciones.
Lo peor es que esta aventura costó dineros, ejércitos y vidas a una Francia arruinada y sumergida en cruel guerra civil.
La muerte de este rebelde, el 10 de junio de 1584 dio la paz a un Enrique III desprovisto de prole y dejaba a nuestra dinastía sin herederos.

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sábado, 6 de abril de 2019

Mi amigo Maquavelo XVIII


El rey de Polonia
Dicen que Enrique es mi hijo preferido.
¡Mal me conocen!
Desde las matanzas desactivadas por  el atentado contra Coligny tenía la certeza de mi deber de alejar a un hijo intrigante del reino que tanto me esforzaba en pacificar.
¡No era tarea fácil!
Conseguí que fuera elegido rey de Polonia;  Segismundo II Augusto de Polonia murió unos meses después de la trágica noche de San Bartolomé, concentré todas mis fuerzas en lograr que mi hijo fuera elegido como sucesor.
Me ocupé de que los electores valoraran la candidatura francesa: nuestras buenas relaciones con el imperio otomano eran una excelente  carta para disipar temores de ataques rusos; el candidato francés no solamente ofrecía una alianza militar.
Tuve que ofrecer dineros y para conseguirlos tuve que hacer dolorosas concesiones a unos prestamistas muy desconfiados, como es lógico, en las graves circunstancias que sufría el reino.
Enrique fue elegido rey de Polonia el 16 de mayo de 1573.
El 13 de septiembre organicé en París un fastuoso ceremonial con ocasión de la entrega a mi hijo de la credencial de su elección como rey de Polonia-Lituania.
En esta ocasión mi hija, la reina consorte de Navarra, me fue de gran ayuda con un magnífico discurso, pese a que sufría del rechazo de las cortes francesa y navarra, y por supuesto, de su propio marido.
Margot une belleza, elegancia, diplomacia e intriga.
La delegación polaca fue seducida y ayudó en la pacificación del reino, pese a la obstinación de la consorte en proclamar su catolicismo, había apoyado y auxiliado al rey de Navarra, su marido.
Acusada de protestantismo por los católicos y de catolicismo por los protestantes, en esta ceremonia era una princesa de Francia.
El nuevo rey de Polonia fue coronado el 21 de febrero de 1574.
El reinado duró hasta mediados de junio, cuando el soberano se enteró de la muerte de su hermano, Carlos IX, acaecida el 30 de mayo.
¡Tenía prisa el rey de Polonia para subir al trono francés y quitarme la regencia!

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viernes, 5 de abril de 2019

Mi amigo Maquiavelo XVII



Mi hija Margot

Fue la séptima de mis hijos; me doy tal embarazo que pensé en no tener más. Recordaré toda mi vida aquel 14 de marzo de 1553, día en que nació esta niña cuya visión me asustaba por los síntomas de debilidad que ofrecía la criatura.

Fue reponiéndose su salud, pero la niña no me quería. Todos mis esfuerzos para atraerme su afecto encontraban rechazo.
Tiempos muy duros, creo que para ambas.

La naturaleza humana es fuerte y, a medida que crecía, una niña fea por la fragilidad se transformó en una belleza.
Pese a las circunstancias vigilé muy de cerca la educación y me aseguré, como hacía con todos mis hijos de que estuviera preparada para reinar.

La reputación de la hermosura, elegancia y sabiduría de la princesa atrajo propuestas matrimoniales que examinamos con cuidado; Felipe II, que había enviudado de mi hija Isabel el 3 de octubre de 1568.

También el rey de Portugal deseaba casarla con su hijo.
Yo prefería el matrimonio con Enrique, príncipe de Francia y rey de Navarra.

Consideraba que era una alternativa de apaciguamiento en las Guerras de Religión y una alianza frente a las ambiciones de los Guisa. Esta alianza tardó más tiempo de lo que yo hubiera deseado en concertarse; era un peligro y mi vigilancia no estaba a la altura de las circunstancias; en la primavera de 1569 se conjugó la traición del cardenal de Lorena, la irresponsabilidad de una hija que escucha más sus apetencias sexuales que los deberes que le impone su nacimiento y por supuesto, la ambición de  unos Guisa disfrazada por la defensa del tierno amor contraído entre su vástago Enrique y la casquivana hermana del rey.
Tanto yo como el soberano infringimos severos castigos a la descarriada; no fueron suficientes para apagar la pasión amorosa. Tuvimos que recurrir a extrema vigilancia.
Margot enfermó en diciembre. Nos asustamos y el rey y yo nos turnábamos a la cabecera de su cama, en claro desafío a la epidemia de fiebre púrpura que se nos había metido en la corte.

Desde que la enferma empezó su recuperación nos trasladamos a Angers.

Reforcé mi correspondencia con la reina de Navarra.
Era cuestión de reforzar, puesto  que éramos viejas conocidas, habíamos compartido excelentes relaciones con mi suegro, Francisco I, con la hermana y la tía de este, respectivamente Margarita de Navarra y Margarita de   , lecturas de Maquiavelo…

Pero ambas estábamos atrapadas en los gobiernos de territorios salpicados por esta condenada guerra de religión  y de poder dentro y fuera de nuestras fronteras. Tanto la una como la otra lo sufríamos en nuestras carnes.

La reina de Navarra y yo no necesitamos preámbulos para concertar la boda de nuestros hijos. La reina Juana murió el 19 de junio de 1572; a algo más de un mes de la boda.

¡Una lástima!, me dejó sola frente a los dinamiteros que causaron el derramamiento de sangre que se produjo en aquellas trágicas bodas que comenzaron con muy malos presagios el 18 de agosto de 1872.

Las malas lenguas pretenden que yo hubiera envenenado a mi futura consuegra o que de mí hubiera surgido la orden de matar a los protestantes asistentes a unas nupcias  en las que tantas esperanzas de paz habían puesto.

Las grandiosas fiestas de tres días  que con tanto celo había organizado para el evento solamente gozaron de un día de esplendor, si omitimos los intentos de los contrayentes para aguarnos el gozo desde el principio. Margot se obstinaba en proclamar su catolicismo y su hermano el rey tuvo que obligarla para que pronunciara el “sí quiero”. Enrique se negó a asistir a la misa.

Nada de extrañar que, al día siguiente el almirante Coligny fuera víctima de un intento de atentado.
Después todo se torció y se produjo la terrible masacre de la noche de San Bartolomé.

¡No quiero recordar aquella cruel matanza en que las sañas me metieron!

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jueves, 4 de abril de 2019

Mi amigo Maquiavelo XVI


Gaspar de Coligny
Los hijos de la gran nobleza francesa tienen y deben tener el privilegio de compartir juegos y educación con los hijos que tuviera el soberano de su edad.
Así ocurrió con Gaspar de Coligni y con los hijos de Francisco I: el delfín Francisco y mi difunto esposo.
Durante su reinado, mi marido Enrique II, no olvidó a un amigo de la infancia que valoraba tanto como mostraban los nombramientos del mismo de ministro principal y de almirante de Francia.
En 1560, a sus 41 años, un hombre tan encumbrado y en un momento en que comenzaban a estallar esas guerras de religión que ensangrientan a Francia aún, oficializó su protestantismo.
Yo recurrí a él en 1561, al objeto de asegurar el éxito el coloquio de Poissy, que se proponía debatir sobre los encuentros y desencuentros en las divergencias de las interpretaciones bíblicas entre los franceses.
La cruel beligerancia de Guisa sembró la guerra donde nosotros plantábamos paz.
Fue el principio de las Guerras de Religión: Coligny encabezaba el bando protestante junto con Condé.
Tuve que castigarle, pero, en 1570 aprecié su capacidad de negociar la paz de Saint-Germain y concedí gustosa la libertad de culto y el perdón al castigado. Coligny  fue admitido entre los consejeros de mi real hijo.
Pensaba tener todo bajo mi control. No fui capaz de ver que el rey iba creciendo y que así ocurría con la influencia que tenía sobre él un consejero que le había puesto de buen grado.
Estas amistades peligrosas decidieron apoyar a Guillermo de Orange en las luchas que mantenían los protestantes  en Flandes contra Felipe II de España.
Incendiaron otra guerra en Francia con la consiguiente amenaza de alianza de los católicos franceses con Felipe II de España.

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miércoles, 3 de abril de 2019

Mi amigo Maquiavelo XV


Michel de l’Hospital

Este era el hombre del cardenal de Lorena, y así me lo dio a entender cuando las cosas se estaban poniendo tan feas. También era el mío, aunque esperé hasta que el enemigo me hiciera la sugerencia.
Un personaje muy conocido en la corte desde 1536, tres años después de su regreso de Italia, donde se había trasladado en seguimiento de su padre, que, a su vez, había seguido al condestable de Borbón, tras la alianza de éste con el emperador Carlos V.
El joven que ya había comenzado sus estudios de Derecho en la Universidad de Tolosa, los concluyó brillantemente en las de Padua y de Bolonia. Con esa carta de presentación y valedores legados por un padre tan próximo al poder, logró con tanta premura entrar en el parlamento de París.
Fue enviado como embajador de Francia al concilio de Trento por mi difunto esposo; a su regreso entró al servicio de los Guisa, volvió a la corona como canciller de mi cuñada, la duquesa de Berry. Era alguien que sabía navegar en las tempestades, así, por mediación del cardenal de Lorena llegó a la presidencia de la Cámara de cuentas en 1555, pese a que su esposa era abiertamente protestante.
Este hombre me fue de gran ayuda. No creo que hubiera podido encontrar un mejor Canciller en los Estados Generales de Orleans, que habían sido convocados por el difunto monarca y que se reunieron durante mes y medio  a finales de 1560 y a principios de 1561.
Los monarcas franceses han evitado esta convocatoria desde que Etienne Marcel, el representante de los mercaderes parisienses, pretendiera controlar a su soberano, en los Estados Generales de 1356 y de 1357.
Eran otros tiempos; las Guerras de los Cien Años y un rey prisionero de los ingleses.
El cariz que estaba tomando el problema francés requería la implicación de los tres estados: nobleza, clero y “pagadores de impuestos.
El conflicto religioso era un problema, y grave, el descontento por las cargas que teníamos que imponer echaba más leña al fuego.
El Canciller y yo aprovechamos hasta la última gota de nuestros recursos para apaciguar. Hicimos que se recordara que el rey Felipe el Hermoso fue el iniciador de esta convocatoria en 1302. El monarca pidió y logró el apoyo de sus súbditos a su respuesta al papa Bonifacio VIII, quien pretendía imponer su poder espiritual frente al temporal que ejercía el soberano.
También en Orleans conseguimos ayuda con dineros y con tolerancia.
Estas cualidades dieron sus frutos: el Edicto del 17 de enero de 1562 que concedió a los protestantes, en condiciones estipuladas, la libertad de creencia y de culto, una provocación para quienes consideraban que debíamos respetar los acuerdos que Francia había firmado con España en lo referente a la lucha contra la herejía.
Tampoco la decisión  satisfizo a la alta  nobleza que tenía la ambición de ocupar el trono y que dirigían los partidos de una y de otra visión religiosa.
Logramos grandes avances hasta el 1 de marzo de 1562 , fecha en que francisco de Guisa dirigió la matanza de los protestantes de Wassy-sur-Blaise.
El 31 de marzo de 1562, el duque de Guisa se atrevió a tomarnos a toda la familia real bajo su protección, cuando estábamos en Fontainebleau.
Era su guerra y no estaba dispuesta a permitir que arrastrara a su bando a un soberano capaz de apaciguar.

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martes, 2 de abril de 2019

Mi amigo Mauiavelo XIV


La conjura de Amboise

María Estuardo era ya reina de Escocia cuando vino a la  corte francesa para ser educada como futura esposa del delfín, en 1450. Tenía 8 años; una niña encantadora y cultivada que enamoró a mi marido y a mis dos hijos mayores. Dejó su reino bajo la tutela de su madre, hermana del duque de Guisa y del cardenal de Lorena.
Cuando accedió al trono su marido llevaba ya un año de casada y su empeño en concebir sucesores al trono ponía en peligro la frágil salud  de Francisco II.
Este hijo mío estaba afectado, desde su más tierna infancia, de infecciones que hacían salir pestilencias de nariz y de orejas.
La consorte había sido bien instruida para un papel de defensora del catolicismo, puesto en peligro en su reino y, según ella,  en Francia. Desde luego, sus aliados naturales eran los ya poderosos, por decisión de mi difunto marido, los Guisa.
Yo no tenía escucha. Apenas se me escuchaba cuando trataba de defender la salud de mi hijo frente a un exceso de pasión amorosa que le estaba matando a gritos.
La lectura de la obra de mi amigo Maquiavelo me fue muy útil en circunstancias tan difíciles.
Leí mil veces los párrafos en los que en  El príncipe, el autor describe las enseñanzas de Catalina Sforza, “mi dama de Forli”, en la obra
Hija ilegítima del duque de Milán, esta dama logró contraer matrimonio  con el señor de Forti y capitán general de la Iglesia, por la gracia de su tío, el papa Sixto IV.
Este caballero participó en la Revolución de los Pazzi, dirigida, en 1478 , contra los Médicis. Fracasó el intento y los culpables perseguidos, el marido de la Sforza fue asesinado y los 6 hijos del matrimonio, tomados como rehenes para influir sobre una madre huida que se había refugiado en su castillo. Las amenazas de matar a su prole si no cedía eran respondidas por la muestra de unos genitales que podían aún dar más fruto.
Catalina logró con su osadía salvar a sus hijos y las posesiones de la familia.
No fue tan bien a la rebelde en su lucha contra Alejandro VI, cayó prisionera del hijo de éste, César Borgia.
Catalina se salvó de las vejaciones que se le imponían gracias a la intervención de Luis XII de Francia.
El ejemplo del tesón de esta dama me fue de gran ayuda en tiempos tan difíciles.
Hay que saber aprovechar esos momentos en que nos tienen atrapados para buscar alternativas.
Francia había sido protectora de Escocia desde, al menos, la época de Carlomagno, esta era una de las enemistades que mantenemos con Inglaterra. El hecho que la reina de Escocia fuera la consorte de Francia no arreglaba las cosas, sobre todo cuando este matrimonio levantaba fundados temores en unos súbditos que veían claros síntomas de anexión al reino “protector”.
El conflicto religioso atizado por Lutero, el Concilio de Trento, en 1545, y todas las políticas de la Iglesia para combatir la “herejía” se adueñaron de Escocia.
Francia tenía frentes abiertos dentro y fuera del reino de María Estuardo y lo que es peor, en la propia Francia, que mi marido había, imprudentemente, dejado en manos de los Guisa, quienes, claramente, se disponían a heredar dos coronas.
El catolicismo de esta familia era insensible a los miles de cadáveres que sepultarían sus tronos.
Invertimos unos dineros que no teníamos en el conflicto escocés. La cólera del pueblo era ya evidente para cualquiera que no estuviera cegado por la ambición.
Bajo tales influencias, mi hijo, Francisco II no cesaba de firmar edictos contra los protestantes.
Yo siempre he creído, y sigo haciéndolo, que en Francia no hay conflicto religioso. El monarca, mi hijo, activó el protestantismo con el descontento que generaba su reinado.
Así llegamos al fatídico 17 de marzo de 1560 en el que sufrimos una tentativa de asalto, en este mismo castillo de Amboise.
Los Guisa pretendieron erigirse en nuestros protectores; gracias a un traidor se enteraron del intento de atacarnos de los rebeldes reunidos en los bosques del castillo de Renault, en las proximidades de Amboise. El jefe visible era Barré de la Renaudie; representaba a los descontentos.
Estos estaban apoyados por una alta nobleza que se consideraba ninguneada por los Guisa y, por supuesto por el rey de Navarra.
No bastó a los Guisa los laureles de una victoria regalada por la traición  Tuvieron que mostrar su estúpida vileza con el cadáver de Barré de la Renaudie, que colgado  en el puente de Amboise hasta que se procedió a su decapitación.
La sangre llama a la sangre. Una centena de conjurados encontraron un refugio del que se negaban a salir hasta que se les concediera un indulto. Fueron engañados y ejecutados con la misma viveza.
El pueblo estaba asqueado, pero los Guisa estaban tan envalentonados que pasaron semanas de mortífera represión y de vejaciones.
Mis enemigos me dieron el trabajo hecho. La situación requería una calma que ellos no eran capaces de dar. No tuvieron otro remedio que el de aceptar mi propuesta de nombrar ministro de Justicia a Michel de l’Hospital.
Lo logré el 20 de mayo de 1560.
El acierto de mi propuesta y la muerte de Francois II, el 5 de diciembre, me devolvió la regencia, puesto que el nuevo rey, mi hijo Carlos IX tenía solamente 10 años.

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lunes, 1 de abril de 2019

Mi amigo Maquiavelo XIII


El torneo de Tournelles
El 10 de julio de 1559 me quedé viuda.
Tenía un amargo presagio y así le hice llegar a mi real esposo mi súplica de que se abstuviera de participar en el torneo que había organizado para celebrar las bodas concertadas en el tratado de paz.
“Su majestad Católica no se ha dignado presentarse”, le recordaba en la primera nota. No hubiera necesario que lo hiciera: Felipe II, quien contraía matrimonio con nuestra hija Isabel, no se había dignado presentarse, el rey de Francia, padre de la contrayente, carece de razones de tirar la casa por la ventana en un torneo cervantino.
“Todo el mundo se está yendo”, fue mi último mensaje.
Hacía falta estar ciego para no ver que el sofocante calor y el aburrimiento espantaban por tropelías.
Es más difícil de comprender que un monarca  de 40 años, en las circunstancias que atravesaba su reino, tonteara con su amante, Diana de Poitiers y solamente tuviera en mente impresionar a su amada con el lance que dedicó a ésta.
El único, porque fue derribado del caballo a la primera envestida de su rival.
Mi primera labor fue la de castigar a los responsables del atavío de su majestad; ¡murió por la herida que le produjo una astilla de lanza!

Mi marido tardó unos días en morir, pero yo empecé a ejercer mi regencia; mi hijo, Francisco II tenía la edad suficiente para gobernar, 16 años, pero carecía de las capacidades físicas y mentales.
Mi único problema era mi nuera, María Estuardo. Bueno…, más bien la influencia de sus tíos, los Guisa.

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