lunes, 20 de febrero de 2017

Nuestra cita cotidiana

El Apartamento  98

Ignoro si fue coincidencia que me atribuyeran este número, Sé que la atribución era una pieza para crear mi lugar de catarsis. Mientras escribo, cocino, escucho las olas, siento el viento y el sol. Después me acercaré, con Julen, a la playa.
Eso cocinando lentejas extra de La Armuña. Un poco caras, pero aconsejadas por mis fruteros y sepia en su tinta, aconsejada por mis pescaderos. También he comprado, en el mercado Fontana tres botellas de tinto alicantino Cepas de Baco y una de vino blanco de la misma marca, para cocinar la sepia. Excelentes productos, excelente gancho y  simple acogida.
Eso fue ayer. Aún tenía problemas intestinales y me apetecía cacao para tomar con la leche arroz de mi desayuno. En la Fontana no había uno u otros de estos productos. Los encontré en Más y Más, donde han colocado, a las puertas, barreras para amarrar a los perros que permanecen controlados por emplead@ durante la compra.
No me gustan los supermercados, pero en Más y Más me encontré tan arropado como el  de  La Fontana. Me ayudaron a encontrar leche de arroz y cacao ValorCacao a la taza. Esta mañana mis intestinos me han dado tregua.
¿Por qué pensaba en el 98 cuando me subí al tren en San Juan de Luz? Yo huía de España y la pérdida de Cuba y Filipinas no fueron para mí o mi entorno, una desgracia. Es más, siempre he sido muy feliz en mis visitas a la Cuba fidelista.
Yo creo que el 98 para mí era Unamuno, un Unamuno cargado de la “angustia vital” que encontraba en los libros prohibidos, en la España del Nacional Catolicismo. Yo tenía acceso a ellos por amigos de mi padre, e incluso en Pamplona, por mucho que estuviéramos en una universidad del Opus.
La nausea
Ya la había leído en aquel verano de 1965, pero, en el viaje la sentí: los vagones estaban cargados de viajer@s que habían atravesado España en las carracas de entonces, para encontrar trabajo en Europa. Los que embarcábamos en Francia encontrábamos vagones que olían a cuerpos encerrados durante días. No nos pillaba por sorpresa y tampoco debía pillar a los franceses que estaban en nuestra situación. No era el caso: los aspaviento, gritos e insultos eran la causa de mi nausea. Entonces me enteré de que éramos “pingüinos”. ¿Era esta la democracia que con tantas ansias buscábamos?
Pese a todo y a la cara de asco de los gabachos, todos los españoles del compartimiento sacamos lo que teníamos preparado para el viaje, en todos los casos eran las delicias que tenían nuestros allegados como oro en paño.
Pensé en el 98, por Unamuno y por su “África empieza en los Pirineos” Me preguntaba si la s0lución era africanizar España y Europa. No podía responder porque apenas conocía un trocito de España y porque iba a descubrir Europa.
Cábala
Nos instalamos en un hotel modesto cerca de la estación. No recuerdo el nombre, pero sí el de la hija de los dueños y recepcionista; se llamaba Jacqueline. La familia era judía y estoy seguro que seguirá siéndolo.
A los tres días de nuestra llegada ya no nos quedaba con qué pagar el hotel. Pedimos a Jacqueline que nos guardara el equipaje.
_         ¿Se os acabado el dinero? Podéis tomar el desayuno. Lo pago yo. Dais unas vueltas hasta las cinco. Termino mi turno. Después arreglaremos todo. _ Su expresión era tranquilizadora.
Pese a todo dedicamos el tiempo a buscar. Yo visité los periódicos para encontrar a becarios en prácticas. Encontré a Jacques Mahuas, que estaba libre a las cinco. Él y Jacqueline nos alojaron en la residencia de estudiantes de Medicina, pagaríamos cuando tuviéramos trabajo. A mí me lo consiguieron para el día siguiente, en una vinagrería, con la ventaja que el chofer del camión me llevaría y traería y le consiguieron a mi hermana, para un día después, un puesto en el laboratorio de análisis.
Se habían reunido todos los animismos para abrirnos las puertas, pero yo he sentido siempre que la culpabilidad del Pacto de Múnich desempeñó un gran papel. Pensé en la tía Juani y en el abuelo Leopoldo, aunque, algo también en Unamuno. La nausea se había convertido en el sabor de la esperanza.

Los Knocker
En una semana teníamos trabajo los tres. En dos ya habíamos pagado la residencia y vivíamos con decencia. Al acabar el verano tuvimos que encontrar un apartamento; estábamos ocupando alojamientos destinados a estudiantes de Medicina.
Maite se fue, tenía que cursar el quinto curso para terminar la licenciatura de Químicas. Mi hermana, Jone, había beneficiado de un ascenso en tiempo récord. La jefa del laboratorio había captado su valía y del puesto bajo en que había comenzado fue ascendida al que correspondía por su titulación.
Nuestro francés era la chapuza que se alcanzaba en el bachillerato de la época; comprendíamos muy poco y se nos comprendía con mucho esfuerzo y con la ayuda de la imaginación y del gestual. No faltaba voluntad.
Encontramos un apartamento en un bloque de edificios populares. Los menos pobres, como era el caso de los Knocker, ocupaban el edificio entero, de hecho, unifamiliar. El nuestro estaba dividido en tres apartamentos.
Tenía dos habitaciones, todo muy pequeño. No había baño, calefacción o estufa. Teníamos un grifo que daba agua fría y lo mínimo para cocina sencilla. El váter estaba en la planta baja; era de esos que desaguan en pozo séptico y eran vaciados periódicamente por las mangueras de un camión. La tapa era de madera y al terminar había que mover una palanca, para que callera el contenido al pozo. Era de uso colectivo y cuando tardaban en vaciarlo despedía olor nauseabundo.
Volví a sentir la nausea, el frío y la frialdad de los lilenses.
Difícil comprender que ocurriera así en una Francia en la que tanto había soñado; sueño alimentado por mis vivencias en San Juan de Luz.
Era así para los estudiantes y obreros no cualificados; me evocaba a Van der Meerch.
La tramitación de mi matrícula en la facultad de Lettres et Siences Humanas no fue un mero trámite. Para matricularme necesitaba una “Carte de séjour” y para ello requería permiso de trabajo o estar matriculado.
Me costó muchos esfuerzos y humillaciones de policías que me mandaban que volviera con Franco. Ellos no veían en el Pacto de Múnich una claudicación de la “Europa demócrata” y una traición a los principios del mismo, permitiendo la intervención de Hitler y Mussolini en la guerra española, cuando ellos se aferraban al pacto de no intervención para justificar su bloqueo a la República española.
Siempre hay salida y la encontré. En Francia, en la época, el primer año de las Facultades, se llamaba Propédeutique. Se cursaban solamente tres asignaturas y en todos los casos estaban muy enmarcadas. Por ejemplo, en el caso de Filosofía, teníamos, exclusivamente, la Ética de Kant.
El nivel del bachillerato francés era muy alto en la época; el papel de la Propédeutique era el de pulir y seleccionar. Había en torno a 20% de aprobados entre junio y septiembre y l@s que no lograran superarlo en dos años quedaban excluidos de la Facultad por diez. Una vez dentro, no había límite de tiempo para aprobar los cuatro certificados con los que teníamos que probar que habíamos adquirido las competencias para ejercer la carrera a cuyo título aspirábamos.
Se consideró que los títulos presentados me atribuían la Propédeutique y por tanto, me matriculé en Sociología General y en Economía Política, así me aconsejaron; mal.
Carecía de formación en cualquiera de ellas, mi francés era el que iba aprendiendo desde mi llegada, en Sociología tenía a Bourdieu y en Economía tenía que tomar cursos de los últimos cursos de la Facultad de Económicas.
Jone decidió que con su sueldo no era necesario que yo trabajara y que, por tanto, debía concentrarme en mis estudios.
¿Concentrarme? En las clases de Burdieu, nos agolpábamos, en el anfi, más de cuatrocientas personas. Había que ir con mucha anticipación para lograr un sitio donde oír y ver bien. Recuerdo la primera clase. Era como si Dios se hubiera dignado bajar sobre la tierra.
Me costaba comprender las palabras y los conceptos. Alguien se atrevió a solicitar, muy educadamente, aclaraciones sobre uno de los mismos. Burdieu se limitó a pedir a sus asistentes que distribuyeran diez hojas de bibliografía que teníamos que leer antes de hacer preguntas al profesor Bourdieu.
No había ejemplares para todos en todas las bibliotecas del entorno y el sueldo de mi hermana no llegaba para comprar los libros. Me costó mucho tiempo, pero poco a poco fui haciéndome con una parte de los mismos. Las preguntas me desbordaban, pero no era digno de preguntar hasta que agotara la lista.
Bourdieu es difícil de seguir sin añadir los problemas lingüísticos; para mí no es el caso actualmente. Aprendí mucho y creo que pese a la bestialidad de imponer un discurso de sociólogo a alumnos que nunca habían oído hablar de la Sociología, debo un homenaje a Pierre Burdieu.
En los cursos de Contabilidad Publica tenía el problema de que no se nos permitía el uso de calculadoras; soy malo en cuentas y no sé hacer raíz cuadrada. La teoría me gustaba. No lograba pasar las prácticas.
El único consuelo que me quedaba eran los Knocker; Margarita y Pierre, o Pepére y Memére, como les gustaba que les llamáramos. Ambos estaban orgullosos de pertenecer a la clase obrera. El era chófer de reparto; ella modista y costurera. Tenían baño ya calefacción. También tenían un 2 CV, que usaban los domingos para proveerse en Bélgica de gasolina, charcutería, chocolates y otras cosas.
Nos llevaban siempre, desde que nos conocimos. Nos invitaban frecuentemente a su casa, donde disfrutábamos de la calefacción y de unos deliciosos platos populares. Nos adoptaron.
Después de tantos esfuerzos me anunciaron en la Facultad que se había producido un error en la convalidación que se me había practicado y que tenía que hacer la Propédeutique.

Le Lycée mixte de Talence
Mi hermana tuvo una crisis bronquial. El médico aconsejó que abandonara Lille. Mi padre utilizó sus contactos y me consiguió una plaza de asistente de español muy cerca de Burdeos. Así el curso 196/67, tenía un trabajo no muy remunerado pero que incluía alojamiento y manutención y sobre todo, me permitía asistir a las clases para obtener la Propédeutique.
No me arrepentí de tener que hacerla. Aprendí mucho y la saqué en junio, aunque pienso que los profesores fueron muy generosos con mi francés.
El tipo de contrato que tenía era de un año. Volví a Lille, donde los Knocker me ofrecieron alojamiento y manutención que pagaría cuando lograra un empleo. Me compré un Volkswagen viejo, sin pensar que para conducir un coche francés, a menos que se tratara de un alquiler por tiempo limitado, a un turista, requería un permiso francés. Yo tenía un permiso español, otorgado a mi hermana y a mí, por un amigo de mi padre, bajo la promesa de que éste nos enseñara. No era un buen maestro y como ya he indicado, le tenía miedo. Terminé conduciendo, mal y a base de sangre, sudor y lágrimas.
Intenté tres veces obtener el francés. Aguanté la mofa:
__       Bueno, ahora le toca al español, con su permiso franquista.
Cualquier pretexto era bueno para suspenderme. Mi padre se lo contó a Lezo, uno de sus amigos de San Juan de Luz y en veinticuatro horas tuve el permiso francés.
Volví a Santurzi con mi nuevo vehículo. Me padre comprobó que no era una bicoca pero que mi seguridad carecía de peligro por un tiempo, sobre todo si se tenía en cuenta el contar con la ayuda de Pierre Knocker, matrimonio que ya había empezado a pasar las vacaciones estivales con nosotros.

La institution Jeanne D’arc
No sé si todos los colegios de ursulinas son como éste, pero la directora del último era una joya y sabía hacerlo funcionar. No recuerdo muy bien cómo llegué a la entrevista de trabajo me consta que llegó muy pronto, que me ofrecían catorce horas semanales para hacer en dos días, que me pagaban el viaje a Lille, unos sesenta km y las comidas en mis días de trabajo y que, aunque tuviera que faltar a varias clases, podía continuar mis estudios esta vez opté por los certificados de Sociología General y de Psicología Social.
Estaba ansioso por anunciar la buena nueva a Pierre y Margeritte. Al salir de la autopista vi a una señora abroncada porque su coche se había parado y no podía aparcar. Aparqué el mío y corrí en su auxilia, sin percatarme que atravesaba la autopista y de que se me echaba un coche encima. Me lanzó al aire y, al caer, me atrapó la manilla de la puerta de atrás, me penetró. El coche se dio a la fuga y los testigos trataban de ayudarme, especialmente la señora a quien había intentado ayudar. Me levanté, evité, con mucha suerte, los coches que continuaban circulando, al no estar prevenidos por el conductor que se dio a la fuga. No sentía nada excepto los empujones del aire que despedían los coches que circulaba. Los testigos llamaron una ambulancia.
_         ¿Para qué? No tengo nada _ decía yo convencido, hasta que metí  la mano en el bolsillo de la chaqueta, para encontrar la llave. Estaba desangrándome.
Desperté por los gritos del chófer de la ambulancia que reclamaba mi entrada inmediata en el hospital.
_ Llevo una hora insistiendo que se desangra ha sido desgarrado por la manilla de atrás de un coche. No creo que le quede para esperar un minuto más.
Lo consiguió. Todo quedó en las acunas, el cosido, la transfusión, un par de días de hospitalización, amenizados por las visitas de los Knocker y de la señora a la que había intentado ayudar. Poco después me enviaron una factura cuyo pago hubiera requerido más de un año de salario.

Las ursulinas aún no me habían declarado. ¿Quién iba a prever un accidente el mismo día de la entrevista en que me habían contratado? No tenía cobertura de Seguridad Social. Mére Bernardette Joseph lo arreglo todo y desde que me recuperé inicie mi trabajo.