domingo, 16 de junio de 2019

Cuento presentado y no ganador al concurso Gabriel Aresti 2019



Las Casas Baratas
¡Cuánto dolor escuchaba durante mi infancia toda!
Julia padecía de cáncer de estómago. Nunca conocí a Eduardo, su marido; éste estaba en la cárcel.
El sufrimiento  se alojaba aquí mismo; ahora horribles bloques,  entonces Casas Baratas.
Mi familia vivía, de alquiler,  en el chalé de Pinillos;  el número cuatro de la calle Santa Eulalia de  la “bonita aldea” que era, entonces, Santurtzi.
Estábamos separados por nuestra huerta de árboles frutales y por un alto muro. No apaciguaban  entre ambos los desgarradores quejidos de la enferma y víctima de cruel represión por el grave delito de expresarse en euskera.
Ahora tengo 74 años .Aquellos edificios fueron derrumbados en los 60s para construir viviendas donde  alojar   a los miles  que llegaban a cubrir los puestos de trabajo que creaba el impulso  de la industria de la margen izquierda de la  ría del  Nervión.
No estaba allí cuando el atropello; mi familia se mudó, a principios de los 50s, a  Santiago del Estero, Argentina.
Las Casas Baratas tenían humanidad. Nada que ver con la exquisitez del chalé  que disfrutaba, por supuesto;  pero tenían, cada una de ellas, un pequeño terreno donde secar sus redes, cosechar sus verduras y, hasta, en algunos casos, criar cerdos o conejos.
Eran seis edificios construidos por una cooperativa de pescadores y, cada uno de ellos albergaba dos familias.
Me llegan los gritos del sufrimiento de Julia y de Eduardo.
Yo era un niño y mis preguntas solamente encontraban evasivas que ahondaban y escondían mis emociones. Comprendí muy bien que de eso no había que hablar.
La Cuquí vivía en Las Casas Baratas, era unos años mayor que yo y venía cada día para ofrecernos en venta  lo que habían pescado su padre y sus hermanos. No era mucho, pero unas cuantas familias estábamos muy bien surtidas. ¡No creo que pueda volver a saborear esas delicias!
Yo la reconozco de inmediato; tiene la misma mirada. Es posible que los años me hayan marcado más; tengo que presentarme para que me identifique.
— ¿Has vuelto desde tan lejos y después de tantos años?
Nos saltamos los preámbulos con agrado mutuo.
Siento mucha prisa por averiguar lo que entonces me estaba vedado. El lugar de encuentro ayuda,  y mi interlocutora comprende el impulso que me ha traído.
 Eduardo era constantemente arrestado por negarse a hablar en castellano. Las Encartaciones y la “Margen izquierda” habían perdido su lengua aborigen y aquel hombre se obstinaba en recuperarla cuando Franco había decidido aniquilarla.
Una locura que me acerca más al personaje, como debió ocurrir con los miembros de la cooperativa de pescadores pobres que le alojaron aunque no era del gremio
Lo de Julia es una historia mucho más complicada. Solamente don Isidoro, ese médico que se desplazaba en bicicleta y que con  lo poco que recibía de quienes pudieran pagar la “iguala” tenía para dejar dinero bajo la almohada de Julia y de otr@s necesitad@s , aliviaba el dolor de esta mujer.
—La pobre vomitaba casi todo lo que comía y se negaba a aceptar alimento alguno hasta comprobar que sus tres hijos  se habían saciado.
Un suspiro nostálgico interrumpe a mi interlocutora. Es intenso y empático. Yo estoy aún conmocionado cuando ella aclara:
—En la barriada nadie entendíamos o hablábamos el “vascuence”, como se llamaba, entonces, a nuestra lengua. Yo solamente la había escuchado en boca de Eduardo o en la de las aldeanas de la Margen Derecha que venían, los miércoles, a vender sus productos a Portugalete.
Mi interlocutora se echa al monte
—A la familia de Eduardo y Julia, pese a los miedos que infunde la represión, no les faltó de nada. Además de la barriada y de las aldeanas, estaba Saloña, que regentaba el hotel de Portugalete, por allí pasaba yo,  los miércoles, tras el mercado, él añadía dinero, morfina…, y conseguía las citas con especialistas que don Isidoro consideraba necesarias.
Ambos guardamos el silencio de los homenajes del alma. Dejo de escuchar aquellos alaridos que tenía enterrados desde mi más tierna infancia. Pienso en Mirentxu, la hija menor de este castigado matrimonio; era de mi edad. A veces jugaba con ella.
— ¿Qué ha sido de los hijos?
Pregunto para disimular un afecto en el que nunca he querido ver algo más.
—Igone, la mayor y Mirentxu, la pequeña,  viven aún. No sé si sabes que el hijo segundo  murió en extrañas circunstancias.
Informa mi interlocutora, muy consciente de que tendrá que responder a mis preguntas.
— ¿Por política?
—Por droga.
Mi expresión debió producir pena: la Cuqui se explaya.
—Algunas generaciones de  Santurtzi  hemos sufrido el latigazo de esa lacra en las carnes de nuestras carnes. Eso fue un rollo, pero, en el caso del hijo de Eduardo, sospecho que el niño se inició con la morfina que robaba a su madre; ya estaba metido en el tráfico antes de que éste nos impactara con tanta saña, El “caballo” y la “coca” eran la medicina contra  las movilizaciones en las “provincias traidoras” al Caudillo de España; ya sabes, Vizcaya y Guipúzcoa.  La droga mató  a nuestros hijos e hijas. Es el caso de tu prima, supongo que te enterarías…
—Claro que me enteré. ¡Era la hija de mi madrina!
—Ya ves…, ¡Se traficaba y mataba a nuestra juventud  en bares de bloques construidos sobre los escombros de lo que fueron las Casas Baratas!
Es una madre que llora a sus dos hijos gemelos. Me lo cuenta entre sollozos la desventurada.
Sin falsos recatos nos dimos un abrazo.
— ¿Tienes hijos tú?
Me pregunta ella.
—No
Respondo como un autómata programado para el olvido; mi hijo murió en loca lucha contra la dictadura de Vileda. La hija que me queda viva me culpa de ello, como lo hace su madre;  ambas estaban muy contentas con un régimen que aumentó su riqueza. Tuve la suerte de encontrar ayuda para mi huida.
—No tienes acento porteño.
Proclama la Cuqui con ánimo de disipar la profunda tristeza que, pese a mis esfuerzos por ocultar, transmito.
No nos damos más abrazos; ella tiene una propuesta mejor.
— ¿Siguen gustándote los jibiones en su tinta?
— ¡Ya lo creo! Los echo de menos desde que murió mi madre. —Silencio de homenaje y lamento—Aunque allí, por mucho que se esmerara la difunta, no sabían igual.
—Compruebo que no te has hecho pijo.
La Cuqui decide muy rápido. Desde luego, mi vestimenta no puede infundir a error; formo parte de la plebe…
—Ayer conseguí unos del Abra. No son como los de antes, claro. Te aseguro que no los encontrarás mejores.
Esta mujer malherida es capaz de volver a la vida a un moribundo. Me ha ofrecido los sabores de entonces en su humilde .hogar.
—Me queda una pensión de mierda y un sueño que pienso que compartimos tú y yo.
Yo ya me había acostumbrado a utilizar el término de calamar para designar el pescado que estaba comiendo. Aquí se dice jibiones y comprendo que se haga la distinción; lo que degusto es específico.
—Ya nada es como antes. Cuando yo era niña la mar llegaba hasta la iglesia.
—Cuando nací ya habían iniciado el “relleno”, pero teníamos la playa del Igarillo, el Rompeolas y un buen puerto pesquero ¡Lo echo mucho en falta!
— ¿Cuánto tiempo llevas sin venir?
—Desde que nos fuimos…
— ¿Cómo has podido tardar tanto? Yo también tuve que irme. Ya no se podía vivir de la pesca aquí y encontré un trabajo en Bélgica. Volví en cuanto gané lo suficiente para comprarme este piso y un local pequeñito en el que puse una tienda de comestibles. Con eso pude criar a mis hijos…
No formulamos preguntas. Está claro que la “diosa fortuna” no se ha dignado, siquiera, mirarnos. Difícil de comprender en su caso; con esos profundos ojazos y con unos pechos que ha sabido conservar tan bien. ¿Qué decir de su arte para preservar sabores?
—    Sí, la cosa andaba mal, la crisis de los setentas fue la espuela. Pasaron miles y miles al paro; eso y la droga que nos habían metido …
Mi anfitriona  no se corta; está en su casa y esos ojos profundos me llevan a contarme  mi triste vida.
Solamente tengo derecho a cobrar la pensión no contributiva; todo lo que encontré cuando llegué a la España de la crisis mencionada por mi anfitriona  fue un puesto como profesor de inglés en una academia; no constaba mi existencia en Hacienda.
¿Por qué me resigne? Rollos de convalidaciones y poca motivación. Yo tenía cuarenta años  y un alma herida cuando regresé a la “madre patria.
La Cuqui sabe sonsacarme:
— ¿Por qué no volviste a casa?
Me cuesta confesar que no tengo “casa”; en su lugar le cuento los hechos. Claro que quería venir a Santurtzi, pero solamente me salió trabajo en Lugo. Buscaban nativos que supieran recurrir al espectáculo para mostrar que se puede enseñar a expresarse en inglés sin torturar con explicaciones gramaticales.
Yo había cursado mi bachillerato  en inglés y  gozaba de buen oído. Tampoco se me da mal lo del espectáculo y, la verdad, vivía el presente…
Hay un presente que se impone: los sabores de la anfitriona.
—Iker, el nieto de Colas ¿recuerdas? El que trabajaba en Altos Hornos y  que vivía en las Casas Baratas porque su mujer, Encarna era familia de pescadores?
Claro que me acuerdo de Encarna y de Colás. Ella sigue con Iker.
—Tiene buena jubilación pero sigue pescando. Aún existe ese espíritu de hermandad que gozábamos en el puerto pesquero.
—¡Cuando a nadie se negaba chicharro o sardina!
No sé muy bien quién lo ha dicho antes. Era norma de la que nos enorgullecíamos En efecto, no se negaba alimento a quien lo solicitara. He visto viejos mineros sin trabajo que venían  desde Encartaciones, los viernes, día de los pobres.
Con la expansión de la industria, en los cincuenta, muchos hombres y mujeres que aún no habían logrado el codiciado trabajo, se abastecían de proteínas en el puerto.
Había gente que los llamaba “coreanos”, despectivo de muy poco gusto, puesto que aludía al impacto de la guerra de Corea sobre una población acorralada por el hambre.
La Cuqui telefonea. Supongo que por respeto a mis “visiones”. Me equivoco.
—En línea tu Mirentxu.
Dice la vieja que morirá con las “botas puestas” ¿Por qué esa especia de rubor me invade cuando me dispongo a atender la llamada?
—Vivo en Romo, ya sabes, la escoria de Areeta, a dos minutos de la estación de Metro, dame una semana para reunir lo que queda de los  de  las Casas Baratas. ¿Dónde te alojas?
Esta chica es tan expeditiva como la niña que conocí en los 40s, pese a que sufría de bronquitis ya entonces. Soporta, estoicamente, mi tardanza en responder:
—En una pensión.
—Tengo habitación para ti en mi humilde casa.
Me pierdo mientras las dos mujeres organizan todo.
—Precisamente mis nietos, que viven en la zona de Neguri necesitan un buen profesor de inglés y de matemáticas.
Dice la voz que habla desde Romo.
Estas mujeres han tenido tiempo de retratarme.
Añado que soy inquilino de un  viejo apartamento dentro de las murallas de Lugo. Soy arquitecto, pero no he tramitado la convalidación; demasiado ocupado con encontrar mi escritura…
Han sido muy hábiles para sonsacarme, aunque carezco de reparo en mostrar mis miserias.
Ellas no ocultan para nada las suyas.
—Yo no quería tener hijos, pero un cabrón de italiano me hizo trampas para dejarme preñada y hacer de mí una esposa sumisa. De poco le valió…
La Cuqui calla cuando suena el teléfono, es Mitentxu.
—He conseguido que podamos reunirnos, esta noche los “cuatro gatos” que quedamos. Estoy preparando la cena y hay todo lo necesario para recordar aquellos maravillosos años.
No vamos en el Metro. Es mucho más agradable hacer el trayecto a pie y recurrir al Puente  Bizkia para pasar a la otra orilla. Somos cuatro: Iker, el pescador de los jibiones que habíamos degustado y Arantxa, su esposa, formaban parte de los invitados a la cena.
Agradable paseo, plagado de piscinas y de polideportivos. Me entristece ver que el puerto pesquero haya sido enclaustrado.

—Antes se podía pasar a la margen derecha, desde Santurtzi, en lancha. ¡Era más barato!
Digo, para sacar mi nostalgia y también para intervenir en una conversación que había dejado a cargo de la compañía.
—Creo que aún se puede hacer.
Dice Arantxa, supongo que sin intención de lanzar la conversación por otros derroteros.
—Yo lo hago.
Responde la Cuqui, muy consciente de introducir desavenencias.
Están las ordenanzas concebidas para proteger la seguridad de los viajeros, la polución, los impuestos…
Toda una retahíla que acumulan mis acompañantes y que agujerean, cual dardos, mis sueños.
—Yo puedo salir a pescar porque compartimos los gastos que pagamos de nuestras jubilaciones los seis socios. Algo vendemos, pero como quien diría, a escondidas. Se forman colas cuando atracamos. Hay demanda; ¡mucha! , pero no nos dan tiempo.
— ¿Tú crees que estos pechos que se alimentan de tu pescado  sufren de enfermedad alguna?
Cierto que esta mujer, pese a su avanzada edad tiene tetas espléndidas. De eso a sacarlas en plena calle…
Parece que soy el único en inmutarme. No me amarga el dulce, pero…
— ¡Las fatigas que he pasado con esa gente! Tenía que entrar por la puerta de servicio, allí arriba, en el Campón y bajar hasta la cocina que se encontraba ahí.
La de los pechos señala un punto que se encuentra en uno de los palacetes que quedan, ahora transformado en hotel, el de Oriol.
Su historia es triste pero está llena de vida. No había cumplido los seis años y fue la labor que se le había asignado. Esa gente regateaba y compraban poco; como bueno, le regalaron unos zapatos que se le habían quedado pequeños a la “señorita” que era dos años mayor que ella. Fue  deseo insistente de su anterior propietaria. La agraciada lo supo por la cocinera, y, pese a las dificultades que habían impuesto para que viera a los “amos”, expió hasta lograr rconocer, aunque de lejos, a su benefactora.
— ¡Siempre estaba muy triste!—Concluye la agraciada, y añade— Al final, nos buscábamos furtivamente.
Recuerdo el Campón, pasaba por allí en mi camino hacia el colegio. Encontraba los muros que protegían el palacio de Oriol en lo alto de la colina. No podía ver el edificio. Carecía de interés en  hacerlo.
Ahora veo  en la obra  sueños de adolescente frustrado que no asimila el medioevo, el romanticismo y la sutil rigidez de la reina Victoria de Inglaterra, pero mezcla.
—Sabía que había magnates que pasaban temporadas en la zona. Nunca los he visto o escuchado.
Digo  mientras trazo los rasgos que necesito  para cimentar un potencial boceto.
Arantxa observa con picardía. Silencio incómodo; ella y yo necesitamos presentarnos; los otros se sienten excluidos.
La Cuquí vuelve a mostrar su capacidad de deshacer entuertos:
— ¿Qué has visto en los garabatos que traza tan disimuladamente el “che”
Se refiere a mí y dirige a Arantxa.
La última me pregunta:
—¿También pintas?
— ¡No!
Mi respuesta tajante delata contrariedad escondida y la compañía reclama una explicación.
—Los sucesivos intentos han terminado en la papelera.
—El planteamiento del boceto me parece interesante; en efecto, aquí se mezcla todo; el niño rico que podía permitirse trabajar para los adinerados: este palacete en 1904, el de Arriluze de Neguri, en 1911 o el de San Jexerén en Getxo. Es la historia de una poderosa  burguesía vasca que pasaba  del carlismo al franquismo.
— ¿Eso ves en los garabatos?
Pregunta un marido sorprendido.
Yo me siento conmovido y solamente pregunto.
— ¿Ves esos bloques de “siete padres” que se interponen?
Sí lo hace y lamenta:
—Faltan las vías y el puente para acceder a la otra dirección, que hace subir y bajar un montón de escaleras. Habría que añadir la generosidad en el gasto en polideportivos.  Yo, a veces, me canso y me gustaría tomar el tren para regresar. ¡No puedo con las interminables escaleras!
Es una anécdota más en el caminar hasta el apartamento de Mirentxu.
Es, sobre todo, un paso más, y certero,   puesto que  ya no somos  los de las Casas Baratas y “el del chalé” que está de paso.
Nos une un sentir que ha entrado  en casa de Mirentxu.
—Os esperaba
Dice la anfitriona y continúa como si todo lo que está pasando nos ocurriera todos los días.
—Nos vamos al txoco
Éste está preparado para que no funcione sino un móvil de emergencias situado lo suficientemente cerca para que lo escuchemos-
Supongo que nadie usa Whatsapp; cierto que las llamadas perdidas quedan registradas. Se pierde una presunta espontaneidad virtual. Se recogen hasta las migajas de la presencial.
La cena exquisita. Lo demás mejor.
Después del gozo del almuerzo mi estómago se muestra  reticente a la ingesta. ¡Han traído sabores y olores de entonces!
No se trata de apetito o gula; surgen vivencias.
— ¿Por qué tiene tanto gancho el peronismo en Argentina?
Sentía la pregunta en el aire, surgió en boca de Josune, la que nos esperaba en el txoco.
—Dio voz y voto a la mujer después de haber participado, activamente, en la revolución de 1943, que puso fin a la Década Infame, tan mimada por la “Madre Patria” y por los poderosos. Unió a sindicatos y a la izquierda. Todos los esfuerzos de la derecha por quitárselo de encima fueron inútiles: consiguieron derrocarle en  1945; la cólera ciudadana  le rsecató de los jueces y le devolvió al poder. Ese mismo año se casó con Evita.
La mención a la última monopoliza la conversación y yo añado:
—Mi familia emigró a Santiago del Estero, en 1952, porque un amigo de mi padre que había hecho fortuna en Buenos Aires, puso un gran rancho que tenía tan lejos, a nombre de mi padre, para evitar una muy probable expropiación; cobró hasta el último céntimo de lo pactado, cuando antes la propiedad le suponía pérdidas…
— ¿Complicidad con los poderosos?
Es Josune. No siento dardo alguno. Todo el mundo sabe aquí que mi padre no estaba con la “Madre Patria”.
—Cumplimiento de palabra. Allí había para todos. No entró la codicia acumuladora hasta…
Me calla la emoción.
Hay un silencio que comprende mi tragedia.
Aclaro:
—Me siento peronista pese a todas las derivas. ¡Necesitamos, a gritos, alguien que nos una para defendernos contra la dictadura de los mercaderes.
 Lloro lo que he escondido durante años y años. Yo conseguí librarme de las garras de la dictadura. Mi hijo…
No paran de usar el teléfono de emergencia.
La Cuqui me empuja con amor a un escenario improvisado.
— ¡Enséñanos a expresar lo que sentimos en inglés!
Me incomoda mostrar mis dolores. Siento la llamada escénica didáctica. Ya han salido mis penas. Ahora necesito aportar mi granito de arena.
Tengo tablas, una exquisitez humana que me agasaja y hay muchas ganas en el txoco.
¿El resto?
Continuamos nuestra velada en inglés y en gestual.
Suena el teléfono de emergencia.
La llamada es para mí.
— ¿Quieres quedarte en nuestra tierra?
La voz se presenta: es Ainhoa, la hija de Mirentxu que vive en Neguri. Ante mi silencio ella continúa:
—No quiero que ama viva sola. Agradecería que aceptases su oferta de habitación. Hemos visto y escuchado esa clase tan divertida. ¿Podrías hacer algo así con el eusquera?
— ¡Es la lengua materna que  me robaron!
Responde mi herida, pero, me aplasta la duda del presente.
— ¿Cómo…?
No me deja terminar. Explica:
—Por el “teléfono árabe” que practicamos con larguísimos años de experiencia, mucho antes de que existieran los móviles o los fijos… Ya sabes a lo que me refiero, y por las nuevas tecnologías que nos han transmitido tu clase.
— ¿A quiénes?
Pregunto sin espanto alguno.
—No te preocupes, lamentablemente somos un grupo pequeño y lo nuestro no es espionaje. Solamente nos cuidamos. La Cuqui ha visto en ti un buen compañero para mi madre y también a alguien que nos buscaba.
Me callo porque lo que escucho me vuelve a ese pasado que sepulto  apenas se insinúa. Julia y Eduardo sonríen.
Es como el viaje en globo que me faltaba. Comprendo por qué nos cuentan que hay que hacerlo antes de morirse uno.


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