Radio de los 60s

domingo, 15 de julio de 2018

¡Mira como me está quedando!





Una cosita
Se hace muy pesado el trayecto León-Gijón.  Apenas me daba cuenta cuando la razón de mi viaje a Madrid era la de ayudar en los cuidados de mi madre.
Mientras su salud lo permitía, compartía su estancia entre Madrid, domicilio de mi hermana y Villaviciosa de Asturias, el mío.
En el último año de  su vida no podía desplazarse. El alojamiento de mi hermana reúne  mejores condiciones que el mío. La decisión estaba tomada.
Tenía que desplazarme con cada vez mayor frecuencia y alargar mis estancias hasta que el choque entre mi hermana y yo aconsejara que me fuera por un tiempo.
Felizmente, mi finado hermano había propuesto, con unánime aceptación, que la herencia que dejó mi padre quedara en su totalidad en posesión de mi madre.
Así pudimos financiar la contratación de personal de apoyo. Esa circunstancia aliviaba nuestra dedicación, pero yo sentía la necesidad de cumplir mi parte.
El paso del Puerto de Pajares, a través de infraestructuras ferroviarias del siglo XIX, es un anacronismo incómodo.
La visión de nieve mancillada, me hizo, en aquel viaje, sentir más profunda y sucia mi soledad
La inspiradora de esta historia ocupaba el sillón que tenía enfrente. Nos habíamos saludado cuando ocupé mi asiento. Supuse que venía desde Alicante.
Ella estaba enfrascada en la lectura de una novela de Agatha Christie.
Fue necesario que nuestras miradas se encontraran en el paisaje y algo más…
Sus ojos estaban llenos de decepción. Había cerrado Némesis, una de las novelas de la autora aludida que llevaba mi compañera de viaje  como oro en paño.
Comenzó la conversación después de un buen rato de habernos encontrado en el paisaje que ofrecía la ventana que compartíamos. Estaba su gesto y la motivación del mismo. La señorita Marple del libro desechado, en efecto, nada tenía que ver con la de antaño.
Ahí también nos encontramos en nuestros silencios.
Se presentó como Maruja. La conversación le hizo muy pronto comprender que podía quitarse la máscara que la protegía del rechazo.
Se llama Libertad. El Caudillo borró su nombre y en su lugar puso María de la Soledad. La víctima logró soportar el  castigo con el recurso a Maruja y con un cambio de domicilio ya en sí impuesto a una familia estigmatizada por el nuevo régimen.
Prefiere seguir “en el armario”
Se siente Libertad y comparte el personaje oculto en una intimidad cada vez más mermada.
No he tenido el placer de volver a encontrarme, en mis viajes, con esta encantadora señora; parece que los Aves y los Alvias  se llenan de Marujas y dejan fuera a Libertad.
Sin embargo, la excluida, es protagonista del relato que sigue.
El cuidado de mi madre me evocaba la muerte y mi certera entrada en un “asilo”, si puedo pagármelo, cuando sea incapaz de arreglármelas. ¡Son los tiempos que nos toca vivir!
Maruja se acomodaría bien a esa prueba. No lo haría Libertad.
¿No es “Marujear” un morir sin saber para qué hemos vivido?
Así, Maruja   se encarnó en miedos que tenía que superar.
¿Había encontrado mi madre una razón a su vida? Sentía el miedo de que la respuesta que encontrara fuera negativa cuando pululaban los signos de mi próxima orfandad.
En los momentos de vigilia de una enferma con demencia senil, me empeñaba, con cada vez más escasos resultados, en atraerla a los recuerdos de su infancia.
Cuando no podía hacerlo me sumergía en la escritura de la mano de Libertad.
Me ayudó mucho y quiero compartirlo contigo.
Esto no es un infierno aunque todo parece indicar que lo fuera.
Las niñas bonitas no pagan dinero

Libertad es una de esas viejas que se atreven con las canciones de una infancia arrebatada por la guerra del 36. Ya no está muy ágil, pero sus movimientos evocan aquella niña de seis años, con trenzas y calcetines, que saltaba a la cuerda y que se llamaba Libertad. Después…, tuvo que olvidar el nombre para llamarse Maruja.
¾Soy la reina de los mares, y tú no lo puedes ser. ¾La niña se adueña de la vieja, y se proclama la reina de la residencia. Tira el pañuelito al agua, y Antonio, en excesivo alarde de galantería, se lo recoge.
Libertad no ve nada, o probablemente no quiere hacerlo. Se vuelve al sillón donde antes del baile se disponía a leer una de las dos novelas de Agatha Christie que aún no había leído, y que acababa de encontrar en la biblioteca. Había puesto la alegría del hallazgo en boca de la niña de las trenzas, lo hizo sin ansias de reinar o de ofrecerse en espectáculo. Estaba en un rincón. La presencia de espectadores ha roto el sueño, y la vieja se dispone a escoger y saborear el primero de los libros. ¿Cuál? No tiene tiempo de evocar los títulos.
Antonio está dominado por su complejo de Romeo y sigue a la dama hasta que ésta se sienta para escoger su apetitosa lectura; hace demasiado tiempo que no ha encontrado libros a su gusto, y al menos, Christie es un apaño.
Cada uno de los personajes está “a su rollo”, la escena resultaría grotesca si hubiera espectadores, pero no los hay, y Libertad y Antonio, no ven más allá de sus respectivos escenarios.
¾Te traigo el pañuelo que dejaste caer.
¾Muchas gracias, Antonio. Debería haberlo recogido yo misma, pero…
¾…pero estabas divina de la muerte.
¾Me apetece leer.
¾Admiro tu pasión lectora.
¾Muchas gracias. Las acabo de encontrar y estoy ansiosa por empezar la lectura.
¾¿Te gusta Agatha Christie?
¾Me relaja.
¾¿Por qué estás nerviosa, Maruja?
¾¡Tú me pones de los nervios!
Nunca hubieran podido esperar el uno de la otra que se produjera un choque tan frontal, pero tenía que pasar algún día.
Libertad no soporta a Antonio, y está harta de aguantar sus constantes requerimientos.
Tonterías; comparten residencia, tienen que entenderse…
¾Perdona, estoy un poco nerviosa…
¾¡Pues vaya con la reina de los mares…!
Se va con viento fresco a otros ligues, pero el encontronazo ha captado público para ambos personajes, y Libertad no puede escoger su primera lectura.
¾Bien hecho. Le has dado en los puros morros.
Ana Mary se toma un anticipo del goce de quien sabe cosas del maromo, y Libertad tiene que retrasar la elección de su lectura para encontrar la forma de liberarse de la chismosa. Su interés es el de evitar una segunda confrontación, que haría irrespirable la convivencia.
La otra carece de algo que la retenga y se despacha a su gusto, con el volumen de voz suficiente para que todo “pichichi” se entere.
¾Aquí hay suficiente puterío como para dejarnos en paz a las que sabemos envejecer, ¿No te parece?
Una vez más, Libertad se encuentra envuelta en un zafarrancho de los que monta Ana Mary, e intenta, inútilmente,  zafarse.
Julio se ha adelantado, con el decreto que abre la caza de las zorras.
¾Este año el celo de las zorras ha empezado en el Puente de la Constitución y de la Inmaculada Concepción. Los cazadores esperan la llegada de los machos para iniciar la cacería. Nosotros iremos a por las zorras, sin ellas no habrá cachorros. ¡A por ellas!
Dicho y hecho. Ya están acorraladas.
Libertad sufre de agorafobia y retiene sus gritos. Todo queda en nada con la llegada providencial de la directora. ¿Por qué se ha sentido peor cuando ha escuchado  “¿Y si fueran vírgenes?” “Ana Mary parió un hijo”…, y todos los comentarios que surgieron sobre su posible virginidad?
La oportuna llegada no se produce , sin embargo, paraa aliviar a Libertad. NO.
La señora directora viene a invitar al aperitivo que se servirá tras la misa que se celebrará en la capilla, para conmemorar el día de la Inmaculada Concepción y su onomástica, así como el cumpleaños de la anfitriona.
 Todo el mundo se va a la misa y al aperitivo, mientras Libertad se dispone a escoger su lectura….
¾No puedes hacerme el feo, Maruja.
Es la directora, y Libertad sabe que no le conviene hacerlo.
Inmaculada es muy rencorosa y cuadriculada; nunca comprendería lo importante que es para ella preservar el nombre que le dio su padre y Franco le quiso quitar, o quizá su repugnancia a celebrar la Inmaculada Concepción.
¾Ana Mary me lo ha contado. No volverá a pasar, te lo aseguro ¾Las promesas de Inmaculada no tranquilizan a Libertad.
Simplemente; no hay personal o maneras de evitarlo. Libertad no ha sabido, o no ha querido, adaptarse a la residencia a la que fue asignada cuando se partió la cadera y había terminado el periodo de recuperación post-operatorio. Ahora puede andar y hasta incluso intentar bailar las canciones de sus recuerdos infantiles, pero no puede subir las escaleras por las que accede a su hogar, un cuarto piso de un edificio que carece de ascensor.
Eso es lo que piensa Libertad cuando camina junto a Inmaculada para asistir a la misa de la Inmaculada Concepción, en la capilla.


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