viernes, 16 de junio de 2017

Nuestra cita cotidiana

La tía Amalia


La conmovedora historia de Iris ha tenido sus efectos. No es justo que la tía Amalia no apareciera en mi “Catarsis”. Ha sido necesario el empuje de la tía Tecla para que salga. Gracias a la última, y mis sinceras disculpas a la primera.
Pues sí, tuvo una marcada presencia en mi infancia, adolescencia y una parte importante de mi vida adulta.
Tenía su domicilio en Madrid, un modesto piso en Galileo con Cea Bermúdez. Ella y su socia, María del Carmen, tenían un negocio de bordado artesano. Gozaban de amplias redes  de  clientas pudientes por toda la geografía española y de  amas de casa que bordaban en sus ratos libres, cada una su especialidad. Las últimas estaban concentradas en los entornos de Navalmoral de la Mata.
Así, ambas socias pasaban temporadas en la última ciudad, en Madrid y en nuestra casa, puesto que las pudientes de Bilbao eran uno de los gruesos de su clientela. También porque la tía Amalia era muy amante de su familia y de su tierra.
Siempre o casi siempre venía a nuestra casa, porque era donde más se aguantaba su “mangoneo”. Todo tiene un precio, claro y la víctima principal era mi madre y en menor medida, mis hermanos y yo. Sobre todo mi difunto hermano, a quien  tocaba cargar, desde su adolescencia, con las pesadas maletas del muestrario y con la vergüenza de presentarse en casa de esas “señoronas”.
La tía Amalia se empeñó en mejorar mi letra y me hacía rellenar montones de cuadernos de caligrafía, hasta que se le ocurriera encargarme algún recado:
-         Así descansas
Decía, como si fuera la forma ideal de descansar. La tía Amalia necesitaba mantenernos a todos a sus órdenes.
La última vez que vi a mi prima Amalín, la misionera, fue en un viaje que hicimos a Madrid ella, la tía Amalia, mi padre y yo. La monja pidió parar porque se encontraba mareada. Mi padre respondió:
-         Si aguantas un poco…; tenía programada una parada: llegaremos en unos minutos.
Los minutos se alargaron. Los Ortiz de Zárate son de ideas fijas y creo que Amalín tenía más del Ortiz de Zárate materno que del Pereda paterno.
Ya había “morros” cuando llegamos al pueblo decidido por el conductor. Salieron a recibirnos l@s que nos esperaban. La monja se fue a vomitar. Los dos hermanos que me acompañaban empezaron a mandar, al principio cada uno por su lado y después en confrontación. L@s del pueblo se dejaban movilizar para prepararnos un buen almuerzo. Cuando se produjo el “choque de trenes”, esperaron pacientemente hasta que se impuso el mando de mi padre. La tía Amalia se puso de morros, pero para ella era más importante el almuerzo y mandar lo que pudiera.
No sabía dónde meterme y decidí reunirme con Amalín, quien se había alejado lo suficiente para no ver u oír.
-         Si encontrara manera me iría
Cierto que ella estaba en la cincuentena y yo en la treintena y que se supone que a esas edades deberíamos ser capaces de decidir dónde queríamos estar. También era cierto que ambos lo hacíamos, ella en India y yo buscando. Ellos eran así, lo sabíamos perfectamente y la estancia con los mismos era ocasional.

No sé muy bien lo que hablamos. Tampoco recuerdo si comimos o no. Lo único que me costa es que aquella vez fue la última  que vimos a la monja, mi padre, mi tía Amalia y yo, pese a los frecuentes viajes de la última; ya agotada para una profesión dura de cirujana misionera.
No me pareció justo el castigo, incluso lo encontré  injusto, puesto que los mangoneos de los Ortiz de Zárate, la habían dotado lo suficientemente bien como para entrar al convento por la puerta grande y mangonear.

Así, debo hacer a la tía Amalia el homenaje que hubiera debido dedicarle en “Catarsis”.

Nadie me ha hablado de su infancia o de cómo se produjo el viaje a Francia para aprender alta costura. Supongo que la emprendedora abuela Dominga jugó un gran papel. Se metió a constructora, compró un gran rebaño de vacas – de ahí viene nuestro apodo de “Vaqueros”-, se ocupaba de la tienda, de la comida para su prole y para los huéspedes, de la matanza… Era una mujer emprendedora que mimaba a sus hij@s. Para ello tenía que mangonear; con sus dos brazos no podía hacer todo.

La tía Amalia se vino de París con una medalla y puso una elegante casa de modas en Sevilla. Lo sé porque al cerrarla se llevó los muebles que terminaron adornando el hall de nuestra casa.
También me consta su arte. Diseñaba preciosos trajes y sombreros. Movilizaba todo lo que podía, y supervisaba. He visto maravillas y también sufrir a mi madre y a todas las que utilizaba hasta que le creación viera la luz.

A este arte añadía la belleza que conservó hasta casi la vejez y que resaltaba con horas de acertado maquillaje.

María del Carmen, su socia, era extremeña. A su nacimiento se le dio el nombre de Libertad. A la llegada de Franco, sus padres decidieron bautizarla con el nombre que la conocí.

No hizo falta obligarles, suponía yo, aunque era un niño y no se tocaba el tema. Basaba mi suposición en lo bien que les iba; tenían propiedades y servicio que alimentaban con pan viejo y sobras.

En mi casa solamente había una interina que venía a ayudar a mi madre unas horas por semana. Antes de empezar a trabajar se tomaba un buen desayuno, como el nuestro. A veces se quedaba a comer y se sentaba en la misma mesa que nosotros.

Lo que veía en casa de la familia de María del Carmen no era eso, no. Me dolía y, desde luego, nunca nos quedamos más tiempo del necesario. Había historias que nadie me contó, pero yo sabía que los Ortiz de Zárate habían tenido relaciones con Navalmoral de la Mata y con la familia de María del Carmen desde hacía muchos años.

Escuché voces no pronunciadas para ser oídas. Hacían referencia a la muerte del tío Nisio, el hermano preferido  de mi padre. Bueno, no tengo claro si se trataba de muerte o de desaparición. Tengo claro que el difunto trataba de pasar valores de los condes de Ruiseñada, que todo desapareció y que el hermano de su última novia medró más de lo que hubiera podido esperarse.

Lo sé, insisto, por murmullos y por mi imaginación de escritor. Por lo demás, el tema era tabú.

También escuché murmuraciones sobre las relaciones de las dos socias. Me extrañaría lo que se insinuaba: todo lo que tenía la tía Amalia de belleza y de elegancia le faltaba a su socia. Además se complementaban en el negocio, María del Carmen había aprendido con el trato al servicio en su familia a negociar con las bordadoras. Amalia sabía cómo tratar a las compradoras y cómo mangonear para dar satisfacción  a las mismas.

La tía Amalia inició ese negocio cuando rompió su compromiso y sobrevivió con la venta del ajuar de princesa que se había preparado. Como sus noviazgos rotos fueron muchos, había adquirido ya gran práctica en conseguir la elaboración de las exquisiteces que se disponía a aportar al matrimonio. Supongo que los cimientos de la sociedad surgieron entonces.

Yo tengo mucho que agradecer a la tía Amalia, hasta el punto que me dejó en herencia, como al resto de sobrinos, 113.000 pesetas. Pude permitirme pasar ese verano en París. Acababa de morir la abuela de una de las estudiantes de la Universidad de París 8, integrada en el Programa de Intercambio de Estudiantes (PIC) Esasmus Lengua que yo coordinaba. Agradecida la familia, me prestó la casa hasta que lograran venderla.

Me volví con una maleta de fotocopias que me sirvieron para preparar mi oposición. En los 90s apenas teníamos libros en la biblioteca de la universidad y había que esperar meses para que llegaran los encargos de libros.

También en vida, la tía Amalia me echó, en muchas ocasiones una mano. Sin embargo, siquiera fui a sus funerales; estaba demasiado lejos y no hubiera podido llegar. Tampoco podía dormir cuando me enteré de su muerte. Lo que sí tengo claro es que me levantaba bañado en sudores fríos.
Me sentía culpable desde que hubo que ingresarla en una residencia geriátrica cuando sufrió un ictus, unos años antes de su muerte. Había que escoger entre mi madre y ella. La última salió adelante y apenas le quedaron secuelas, pero mi madre empezó a padecer úlcera de estómago.
Estoy convencido que a mi familia nuclear causó dolor tomar la decisión, pero había que escoger.

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