Radio de los 60s

jueves, 11 de octubre de 2018

CARLOS III: EL INESPERADO Y Dios creó las princesas




Y Dios creó las princesas


Nápoles, 1754

No había olvidado el “recado” de Vicenzo. 

Pese a la viveza que imponía en mis recuerdos el hermanamiento de sangre de aquellos niños que necesitábamos liberarnos de las garras de la Farnesio; estoy convencido que aún sigue palpitando ese anhelo, aunque hayan pasado los años y cambiado las situaciones.

El mensaje de Vicenzo llegó, además, en mal momento…

Doña Amalia, pese al descalabro que representaban los partos para ella y al dolor de ver morir a sus hijas sucesivas, logró que su sexto embarazo fuera un barón, pero desde la más tierna infancia de éste fue diagnosticado “incapaz”.

No era cierto que no hubiera herederos cuando me llegó el mensaje por Vicenzo; Carlos ya había nacido el 11 de noviembre de 1748;  poco después lo habían hecho,  Fernando, el 12 de enero de 1751 y estaba en camino Gabriel, nacido el 11 de mayo de 1752.

De las hijas paridas  quedaban en vida: María Josefa Carmela, nacida el 6 de julio de 1744 y  María Luisa nacida el 13 de junio de 1745.

Doña Amalia se sentía peor en cada parto, pero consideraba que Dios la había traído a este mundo para dar herederos y pese al amor que profesaba a su marido y a sus súbditos, se quebró esa amabilidad, tan apreciada que se había traído; se pasó años sufriendo embarazos.

A nadie soportaba y dejó de recurrir al disimulo.

El rey de La Dos Sicilias tenía herederos y hasta incluso se aseguraba la sucesión de su hermanastro el rey católico, pero las tempranas muertes de las primeras hijas, la obligaba a seguir pariendo para asegurarse de que no hubiera una nueva guerra de sucesión.

Al margen de mi falta de voluntad por cumplir el encargo estaba la oportunidad.

Apenas tenía contacto con los reyes. Don Carlos tenía que emplear una gran parte de su tiempo  en reparar las ofensas de doña Amalia y la última reservaba sus esfuerzos para su misión divina.

—Me tienes abandonada…

Se quejó la reina mientras saboreábamos sendos habanos.


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